Si un español entabla conversación con un extranjero y éste le saca a colación el Quijote, el español no tardará en hablar con orgullo de la insigne obra de Cervantes, la haya leído o no. El Quijote es un símbolo de la cultura española, sea cual sea el origen que tengamos o el idioma que hablemos (hay, claro está, excepciones en las filas de nacionalistas trasnochados), que ha traspasado el papel y se ha quedado a vivir entre nosotros.
Prueba de ello es las veces que lo citamos (conscientes o no) en nuestro habla cotidiano o la cantidad de iconos que han surgido de él: cuando uno ve un molino, piensa antes en gigantes que en cereales; cuando alguien levanta un objeto alargado en paralelo al suelo y a la altura del tronco, en seguida se nos viene a la cabeza la figura del Caballero de la Triste Figura; o cuando vemos un caballo flaco y mal cuidado, lo hermanamos ipso facto con su ilustre antepasado Rocinante.

La génesis de ‘El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha’ (me refiero al primer libro, publicado en 1605) es incierta, las circunstancias de su composición son desconocidas y los datos que conocemos sólo nos llevan a elucubraciones más o menos acertadas y profundas. La fecha de composición de algunos episodios se remonta al menos hasta 1589 (tal es el caso de los capítulos 39-41, que cuentan los ‘sucesos del cautivo’, historia redactada por Cervantes años antes que el Quijote).
Si en el primer post empezamos por el (aparente) final, en este continuamos por el supuesto comienzo. Y es que el
Comienzo lo que pretende ser un humilde estudio de algunos de los aspectos que más me interesan del Quijote y su autor, unos más universales y otros más particulares. Quede claro desde un principio que no pretendo sentar cátedra en una obra que ha sido estudiada por los más grandes hispanistas y de la que se ha dicho mucho, casi todo lo que se puede decir. Poco puedo añadir yo que no sea mi personal visión de un mundo cuyos molinos de viento son en verdad gigantes.