Atención, señoras y señores, prepárense para averiguar cuál es la mejor novela de todos los tiempos, la novela que uno debería leer si se considerara un buen lector, la novela que es la suma de todas las novelas, la novela que te impelerá a dar un salto cuántico en la literatura, la novela con marchamo, glamour y profundidad por antonomasia.
El nombre de la novela es …
En los puntos suspensivos podéis poner la obra que vosotros consideréis oportuna. ¿Tal vez la que recibió el premio Booker? ¿La del premio Pulitzer? ¿El Goncourt? ¿El Nobel (aunque esté dirigido más bien a la trayectoria del autor y no tanto a un libro concreto?). ¿El premio de algún ayuntamiento perdido?
Pero ¿los premios son una forma eficaz de escoger un buen libro, algo así como un atajo? No es mi caso: creo que nunca he leído una novela premiada con algún galardón con solera que me haya gustado lo suficiente. En diciembre de 2009, el periódico The Guardian publicó una encuesta realizada a 892 blogueros acerca del que creían que era el peor libro publicado en los últimos diez años. El resultado fue muy significativo: los encuestados escogieron como peores libros a “los ganadores más valorados de los premios Booker”. (Recordaros que el premio Booker se estableció para identificar y premiar a la “mejor novela del año”, y en la actualidad está considerado como el premio literario más importante de este tipo en Inglaterra).

Lo de tener un gusto u otro en el ámbito de la literatura siempre me ha parecido, salvando las distancias, ser acólito de una determinada marca de ropa u otra. Es decir, que lejos de consideraciones verdaderamente estéticas o exegéticas, lo que subyace en una u otra preferencia libresca es adscribirnos a determinado grupo o directamente sentirnos por encima de la plebe.
Nuestros hijos pueden ser sensibles a la estética incluso en el interior del claustro materno. Así que no es tan descabellado leerle cuentos antes de que nazca, tal y como sugieren dos psicólogos.
Sobre educación y niños hay quintales de mitos populares sustentados en hipótesis endebles que, además, contradicen los últimos descubrimientos acerca de cómo funciona la naturaleza humana.
En las tradiciones orientales el equilibrio es la base de toda la filosofía de vida. No en balde el ying-yan es el símbolo que sintetiza la conjunción de los opuestos. De acuerdo a este balance necesario, la belleza no existiría sin la fealdad y visceversa. 