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Eureka

Eureka(s) o cómo los libros los escribimos entre todos (III)

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Como se prometía en la anterior entrega de esta serie de artículos, transcribiremos ahora El mundo de las palabras, del psicólogo cognitivo Steven Pinker:

Los historiadores convienen en que existió un hombre llamado William Shakespeare que vivió en Stratford-on-Avon y en Londres a finales del siglo XVI y principios del siglo XVII. Pero durante siglos se ha dudado de que ese hombre compusiera las obras que se le atribuyen. Quizá suene esto igual que la teoría de que la CIA hizo estallar el World Trade Center, pero así lo creyeron seriamente Walt Whitman, Mark Twain, Henry James y muchos estudiosos contemporáneos, y esta idea se basa en toda una serie de hechos condenatorios. Las obras de Shakespeare no se publicaron mientras vivió, y en aquella época la autoría no se registraba tan minuciosamente como ahora. El propio hombre no tenía estudios, nunca viajó, tuvo hijos analfabetos, en su ciudad se le conocía como hombre de negocios, no se le hizo panegírico alguno cuando falleció, y en su testamento no dejó libro ni manuscrito alguno. Incluso los famosos retratos no se pintaron mientras vivió, y no hay razón para pensar que se parecieran al hombre en cuestión. En aquellos tiempos, escribir obras de teatro era un trabajo de dudosa reputación, de manera que es posible que el verdadero autor, que, según diversas teorías, puso ser Francis Bacon, Edgard de Vere, Christopher Marlowe y hasta la reina Isabel, quisiera mantener en secreto su identidad.

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