
Parece que aquéllos que no quieren hacer de la escritura su profesión estén exentos no sólo de evitar las faltas de ortografía más elementales, sino incluso de mostrar unos mínimos de claridad y coherencia en su expresión escrita.
Esto viene a cuento porque a veces recibo algunos correos o comentarios vía blog que, literalmente, no entiendo qué significan. Que uno tenga más o menos faltas ortográficas pudiera parecer poco importante, aunque en absoluto lo es: una única falta ortográfica puede llegar a cambiar por completo en sentido de una frase. Pero que, encima, uno no sepa expresar sus ideas con un mínimo de claridad y orden, deja de manifiesto que nuestro sistema educativo padece graves deficiencias.
Entiendo que escribir es difícil, e incluso antinatural. Estamos acostumbrados a pronunciar las palabras casi a continuación de que se nos ocurran en la cabeza. Estamos acostumbrados a divagar, a caer en nudos gordianos, en contradicciones, en titubeos, en continuas matizaciones… siempre apoyados por el elocuente lenguaje no verbal. Nos encanta hablar aunque no digamos nada, porque hablar tiene más de concordia social que de comunicación real.
Por tanto, muchos abordan la expresión escrita con el mismo espíritu cutre e improvisador. Cuando al escribir podríamos ser mejor de lo que somos, pues no, decidimos muchos seguir siendo iguales, echando a perder las fabulosas capacidades que tiene la palabra escrita, meditada, corregida, verificada y supervisada.

