Escribir para que tus palabras queden cinceladas en mármol. Escribir para que te adulen. Escribir para alcanzar el reconocimiento que, en justicia, consideras que te mereces. Escribir para que las enciclopedias inmortalicen tu nombre, para cimentar tu crédito intelectual. Escribir para escamotear la angustia, la inseguridad y la desesperación, la del individuo aislado, arrancado del útero materno y lanzado a un mundo hostil.
Tanta grandilocuencia viene a cuento de que, en el fondo, en las fibras más íntimas de nuestro ser, escribimos, pintamos, cantamos para satisfacer un anhelo infinito de fama.
Por ello (entre otras razones biológicas que hoy no toca sacar a colación) existen las pirámides egipcias o Hamlet. Para elevar la propia vida individual, quebradiza y limitada, hasta el plano de lo indestructible.


