Cuando escribimos, todos podemos tropezar en la errata. Incluso si somos extremadamente pulcros, incluso si revisamos nuestro texto una y otra vez, incluso si pasamos el corrector del Word, hay erratas que permanecen, recalcitrantes, inasequibles al desaliento, impermeables al escrutinio. Incluso el título de este artículo contiene una errata (deliberada, bueno) que puede haber pasado desapercibida para muchos.
Pero las erratas, sobre todo, pasan desapercibidas para uno mismo. Nuestra mente, habituada a leer lo que ya hemos escrito, desarrolla una suerte de ceguera selectiva al error. Como el que, por rutina, se acaba acostumbrando a la nariz aguileña o la mancha de nacimiento del amante. Como el que deja de ser consciente de lo charlatán que es.
Con todo, hay erratas y erratas. E incluso, en ocasiones, se concentran tal cantidad de erratas que uno se pregunta entonces si el escritor y el editor son algo así como amantes de lo feo y lo incorrecto. Es el caso de la edición del 15 de marzo de 1978 del periódico de The Times, que ostenta el récord de mayor cantidad de erratas. Nada menos que 78. El artículo empezaba así (permitiéndonos cierta licencia al traducir):

Con la visita del Papa a España todavía reciente, la lectura de este libro, Por qué creemos en cosas raras, se vuelve más pertinente que nunca. Sobre todo porque el autor, Michael Shermer, no se limita a hacer un recorrido sobre las creencias humanas y sus posibles raíces psicológicas, sociológicas y antropológicas, sino, ante todo, porque Shermer dedica un capítulo completo a explicar por qué hay personas tan inteligentes que creen en cosas tan estúpidas.
A mi juicio, existen dos clases de críticas literarias. La que se fundan en cuestiones técnicas, en valoraciones más o menos estandarizadas sobre lo que es el ritmo o la belleza de un texto. Y las que se basan en lo que simplemente ha causado en nuestras entrañas la lectura del libro.
En una época en la que el laicismo intenta desplazar a la religión del ámbito público (reconocimiento del matrimonio homosexual, investigación biomédica, Educación para la Ciudadanía) y en la que numerosos libros sobre el ateísmo pueblan las listas de las novedades literarias, la lectura de Romper el hechizo es interesante en sí misma, se mantenga una posición creyente, agnóstica o atea. Porque el libro vindica el ateísmo, sí, pero el apabullante despliegue de teorías presentado por Daniel C. Dennett es capaz de enriquecer a toda clase de lector. 