Tantos tontos tópicos, del catedrático de filosofía Aurelio Arteta, es un libro para disfrutar en pequeñas dosis. Realmente se sacará partido de la lectura si, entre capítulo y capítulo, uno deja aposentar lo leído o enreda con ello hasta que es capaz de imbricarlo con sus opiniones cotidianas.
Algunos de los tópicos desmigajados por Arteta no son tales tópicos (solo lo son si los interpretamos con mala fe) y con otros apenas convence su disección, que en ocasiones se pierde demasiado en la pomposidad filosófica y al didactismo redundante.
Sin embargo, Tantos tontos tópicos vale su lectura aunque sea por el grupo de tópicos que sí merecen ser desterrados de la cultura popular, y que Arteta ridiculiza como se merecen.
Así pues, este libro está dirigido a los trotamundos que se empeñan, quijotescamente, en construir su propio paraíso artificial; a los yonquis nihilistas; a los manifestantes que, durante las famosas revueltas de Seattle en 1999, calzaban unas zapatillas Nike mientras destrozaban los escaparates de tiendas de la marca Nike; a los filósofos punk que son punk porque era el momento de rechazar lo que habían vindicado los hippies; a los que no saben lo que es una falacia lógica; a los que creen que la sabiduría se generó exclusivamente en el pasado; y, en general, a todos los alimentadores de ideas que, aunque inciertas, inexactas o superficiales, no mueren nunca y se repiten cíclicamente sin cesar, como un disco de hip-hop.
Es decir, a las personas que piensan lo que se debe pensar pero ni siquiera se han detenido a pensar lo que están pensando.

Parafernalia habla de las cosas, a modo de enciclopedia. Pero no es una enciclopedia. Steven Connor ha conseguido que un libro enciclopédico se convierta en una obra deliciosa, de lectura pausada. Sí, Connor habla de las cosas que nos rodean, las cosas más insignificantes, pero lo hace con una elegancia, una erudición y una pizca de poesía tan irresistible que, más que una enciclopedia, estamos ante una realidad novelada.
No soy muy amigo de las frases lapidarias, las bengalas aforísticas, de Twitter (aunque
En plena época de cultura
Una gran decepción me ha causado el último libro de Howard Gardner, titulado pretenciosamente como Verdad, belleza y bondad reformuladas: la enseñanza de las virtudes en el siglo XXI. Una decepción, en primer lugar, porque considero que Gardner es un buen intelectual, y aquí parece ir al ralentí. Y en segundo lugar, porque el libro de marras no es más que un puñado de reflexiones hueras, repetitivas y, en general, muy obvias.
Alrededor del asunto del placer humano existen innumerables equívocos. Por ejemplo, que si una persona es más obesa que otra es porque posee menos autocontrol (cuando la realidad parece incluso indicar lo contrario). O que los drogadictos disfrutan enormemente al consumir una droga. O que determinados deseos sexuales son antinaturales (cuando la naturaleza ofrece ejemplos de los mismos, incluso de forma más imaginativa).
Ya sabéis de mi afición de avivar la llama de la polémica para suscitar el intercambio sano de ideas a fin de consolidar lo que ya sabemos, o quizá modificarlo un poco, pulirlo, replantearlo. Y, quién sabe, tal vez haya algún cambio de opinión (aunque el formato adversarial no sea muy propio para ello). En cualquier caso, ahí va la pregunta peliaguda del día: ¿leer a autores demasiados antiguos es una pérdida de tiempo?
Uno de los aspectos que Sócrates temía de la gente que aprendía a leer era que, una vez abierto el libro, el lector estaba sometido a ingentes cantidades de conocimiento descontrolado.
Enésimo volumen que digiero del cada vez más popular filósofo José Antonio Marina (¿a qué velocidad escribe este hombre?). Bien, en realidad, Crónicas de la ultramodernidad, que así se llama el libro, no es un ensayo al uso sino una antología de sus mejores artículos para la prensa. 