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‘Tantos tontos tópicos’ de Aurelio Arteta

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Tantos tontos tópicos, del catedrático de filosofía Aurelio Arteta, es un libro para disfrutar en pequeñas dosis. Realmente se sacará partido de la lectura si, entre capítulo y capítulo, uno deja aposentar lo leído o enreda con ello hasta que es capaz de imbricarlo con sus opiniones cotidianas.

Algunos de los tópicos desmigajados por Arteta no son tales tópicos (solo lo son si los interpretamos con mala fe) y con otros apenas convence su disección, que en ocasiones se pierde demasiado en la pomposidad filosófica y al didactismo redundante.

Sin embargo, Tantos tontos tópicos vale su lectura aunque sea por el grupo de tópicos que sí merecen ser desterrados de la cultura popular, y que Arteta ridiculiza como se merecen.

Así pues, este libro está dirigido a los trotamundos que se empeñan, quijotescamente, en construir su propio paraíso artificial; a los yonquis nihilistas; a los manifestantes que, durante las famosas revueltas de Seattle en 1999, calzaban unas zapatillas Nike mientras destrozaban los escaparates de tiendas de la marca Nike; a los filósofos punk que son punk porque era el momento de rechazar lo que habían vindicado los hippies; a los que no saben lo que es una falacia lógica; a los que creen que la sabiduría se generó exclusivamente en el pasado; y, en general, a todos los alimentadores de ideas que, aunque inciertas, inexactas o superficiales, no mueren nunca y se repiten cíclicamente sin cesar, como un disco de hip-hop.

Es decir, a las personas que piensan lo que se debe pensar pero ni siquiera se han detenido a pensar lo que están pensando.

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‘Parafernalia’ de Steven Connor: la curiosa historia de nuestros objetos cotidianos

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parafernalia_9788434400283.jpgParafernalia habla de las cosas, a modo de enciclopedia. Pero no es una enciclopedia. Steven Connor ha conseguido que un libro enciclopédico se convierta en una obra deliciosa, de lectura pausada. Sí, Connor habla de las cosas que nos rodean, las cosas más insignificantes, pero lo hace con una elegancia, una erudición y una pizca de poesía tan irresistible que, más que una enciclopedia, estamos ante una realidad novelada.

A veces, Parafernalia recuerda más a El primer trago de cerveza de Philippe Delern que a un catálogo de curiosidades sobre los objetos cotidianos. Connor no ha querido dejarse en la aduana los signos distintivos del talento, o los ha degradado hasta hacerlos neutros, como suele ocurrir en los manuales o en las colecciones de explicaciones históricas acerca de objetos cotidianos.

Connor no pretende ser un escriba dócil, o un notario de la realidad. Connor se implica casi emocionalmente con cada objeto y le saca brillo a base de frotarlos como si fueran lámparas mágicas que ocultan un genio en su interior. Y os lo aseguro: tras la lectura de Parafernalia, empezaréis a contemplar objetos tan anodinos como un botón o un alfiler como artefactos mágicos.

De algún modo, Connor cultiva la actividad de observar frente a la de mirar, un poco en la línea de Patricia Schultz en su libro 1.000 sitios que ver antes de morir:

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'Más árboles que ramas' de Jorge Wagensberg

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No soy muy amigo de las frases lapidarias, las bengalas aforísticas, de Twitter (aunque haga uso de él) y de otros formatos comprimidos en los que resalta más la anécdota que la sustancia.

De un tiempo a esta parte, consciente de que navego a contracorriente con un salmón, prefiero un buen argumento sostenido en veinte páginas con una bibliografía que consultar antes que un ripio que suena bien pero que deposita en el receptor la tarea de llenar de contenido el continente. Tal y como sucede con un mantra, con un todos a una o con una canción.

Y sobre todo repudio la repetición de estas cápsulas micronarrativas cuando proceden de tiempos pretéritos, como si la verdad esencial de las cosas no solo se hubiese alcanzado ya, sino que ya no merece la pena reflexionar más sobre ello. En ese sentido, os recomiendo un libro de Aurelio Arteta de reciente edición, Tantos tontos tópicos, que se dedica, uno a uno, a rebatir dichos populares que llevamos repitiendo desde hace décadas. Del tipo: Todas las opiniones son respetables, y cosas así.

Y sin embargo, a pesar de todo lo dicho, he paladeado a sorbos cortos extremadamente placenteros esta colección de aforismos de Jorge Wagensberg, titulado brillantemente Más árboles que ramas. Disfrutando intelectual y emocionalmente de cada página.

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'El libro de la filosofía'

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En plena época de cultura ADSL, aviñetada, con hashtags, de lecturas de spa y toda la pesca, un libro como el presente tiene mucho sentido. Cuidado, con ello no estoy minusvalorándolo: al contrario, El libro de la filosofía es un libro que puede conectar con las mentes con déficit de atención (incluso con las que la MTV les parece un muermo). Y eso es bueno: también la filosofía debe llegar a esas mentes, aunque sea en forma de introducción somera (luego ya habrá tiempo para profundizar; pero sin gancho, sin anzuelo, no hay quien mueva nuestros intereses hacia las abisales profundidades del saber).

En ese sentido, El libro de la filosofía pudiera parecer, en una primer vistazo, la obra muerta de un barco (la que emerge sobre la línea de flotación, la más vistosa, según la jerga náutica), pero indudablemente funciona para acceder a la obra viva de la filosofía (lo que está bajo el agua, lo que hace posible la navegación, lo invisible pero sustancial).

El paso previo para la filosofía slow es la filosofía fast.

Y es lo que consigue El libro de la filosofía: un recorrido fast, vistoso como una bengala de colores, por toda la historia de la filosofía, jalonando la historia con anécdotas y charcarrillos, todo presentado con el apoyo gráfico de un semanario de domingo. Incluye gráficos que ayudan a comprender los conceptos filosóficos clave (más de 100), así como cronologías, biografías de los autores, relaciones de sus obras y frases célebres.

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'Verdad, belleza y bondad reformuladas' de Howard Gardner

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Una gran decepción me ha causado el último libro de Howard Gardner, titulado pretenciosamente como Verdad, belleza y bondad reformuladas: la enseñanza de las virtudes en el siglo XXI. Una decepción, en primer lugar, porque considero que Gardner es un buen intelectual, y aquí parece ir al ralentí. Y en segundo lugar, porque el libro de marras no es más que un puñado de reflexiones hueras, repetitivas y, en general, muy obvias.

Esto es especialmente preocupante en el sentido de que Gardner es un psicólogo y profesor de la Universidad de Harvard, conocido en el ámbito científico por sus investigaciones en el análisis de las capacidades cognitivas y por haber formulado la teoría de las inteligencias múltiples, la que lo hizo merecedor del Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2011. Aquí parece haber contratado a un negro, o haber rescatado algún texto antiguo sin apenas revisar.

A poco que uno sea un ávido lector de ensayos científicos, encontrará que aquí no se dice nada nuevo, y además se dice de una forma tan tentativa y prudente que en realidad todos nosotros podríamos haberlo dicho (o incluso ya lo hemos dicho). Que sí, que tanto la verdad, como la belleza, como la bondad han ido evolucionando, pero son necesarios algunos apuntalamientos generales (sobre todo desde el punto de vista de las ciencias naturales) a fin de cierto consenso que ayude a la convivencia. Poco más.

Sorprende, pues, que alguien con la trayectoria de Gardner deje un broche tan banal y premeditadamente fungible en este libro, que parece salido de un despacho de escribanos dóciles antes que de una mente brillante.

Por si fuera poco, no solo hay carencia de sustancia sino que el autor parece haber hecho un pacto fáustico con el tedio. Un pacto que ha salido muy mal: porque el tedio se ha apoderado totalmente de libro. Un libro denso (por estilo, no por apiñamiento ideológico) que puede provocar que quien no se durmiera con La conquista del pan de Kropotkin lo haga con éste.

Editorial Paidós
Colección Biblioteca Howard Gardner
304 páginas
ISBN: 978-84-493-2604-2

'La brújula del placer' de David J. Linden: un libro para saber por qué nos gusta lo que nos gusta

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Alrededor del asunto del placer humano existen innumerables equívocos. Por ejemplo, que si una persona es más obesa que otra es porque posee menos autocontrol (cuando la realidad parece incluso indicar lo contrario). O que los drogadictos disfrutan enormemente al consumir una droga. O que determinados deseos sexuales son antinaturales (cuando la naturaleza ofrece ejemplos de los mismos, incluso de forma más imaginativa).

Los causantes de todos estos equívocos son, por un lado, la cultura popular. Y, por el otro, irónicamente, la cultura intelectual. Ésta última se ha atrevido a pontificar desde hace siglos sobre el placer y sus consecuencias sin haber examinado antes un cerebro en funcionamiento, por ejemplo. Ignorando lo que era la herencia genética. Pasando por alto determinadas sustancias químicas. Vadeando por desidia o simple rechazo intelectual las más elementales cuestiones biológicas.

Todavía hoy nos debemos declarar grandes ignorantes en todas estas cuestiones, pero, a pesar de todo, en los últimos cincuenta años hemos dando pasos de gigantes en áreas como la química, la neurología o la genética. Así pues, podemos afirmar categóricamente que hoy en día sabemos mucho más acerca del placer que todos los intelectuales que nos precedieron (o que los intelectuales que actualmente tienen voz pero que nunca se han molestado en profundizar en estas disciplinas). Una prueba de ello es el libro presente: La brújula del placer, del profesor de Neurociencia en la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins David J. Linden, una guía sucinta, sin grandes pretensiones, pero eficaz para no perdernos entre tanta palabrería altisonante sobre por qué nos gusta lo que nos gusta.

No en vano, el subtítulo del libro nos señala explícitamente lo que vamos a leer: Por qué los alimentos grasos, el orgasmo, el ejercicio, la marihuana, la generosidad, el alcohol, aprender y los juegos de azar nos sientan tan bien.

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¿Perdemos el tiempo leyendo a autores demasiado antiguos?

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aristoteles1.jpgYa sabéis de mi afición de avivar la llama de la polémica para suscitar el intercambio sano de ideas a fin de consolidar lo que ya sabemos, o quizá modificarlo un poco, pulirlo, replantearlo. Y, quién sabe, tal vez haya algún cambio de opinión (aunque el formato adversarial no sea muy propio para ello). En cualquier caso, ahí va la pregunta peliaguda del día: ¿leer a autores demasiados antiguos es una pérdida de tiempo?

Obviamente, primero hay que definir lo que significa “perder el tiempo”. En la literatura, supongo que tal concepto es imposible de definir. Cada uno disfruta de lo que quiere, bucea en los autores que considera y saca frutos según el bagaje que le acompañe en sus lecturas. No hay mucho más que discutir.

Sin embargo, la cosa cambia si hablamos de libros de no ficción: filosofía, divulgación, historia, política, psicología, etc. Entonces sí que podemos afirmar con cierto grado de seguridad que determinadas lecturas son perder el tiempo (si consideramos perder el tiempo obtener conocimientos útiles y no simples elucubraciones sin sentido o datos obsoletos o erróneos). Entonces, estar muerto hace muchos años ya no es garantía de sabiduría. No digo que un pensador antediluviano pueda dar en el clavo o consiga enfocar determinado problema con una brillantez que jamás se alcanzará posteriormente: lo que digo es que tener antigüedad no es garantía de ello.

Más bien es un handicap.

Si leemos, por ejemplo, a un pensador de hace seis siglos a fin de aplicar sus lucubraciones a los problemas que nos atañen, estaremos obligados a desbrozar ideas muertas y ello precisa de un trabajo cognitivo superior que si leemos a un pensador contemporáneo, cuyas ideas sintonizan mejor con los nuevos conocimientos (hablo, por supuesto, en general: seguro que hay pensadores contemporáneos que sólo tienen ideas muertas).

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Sócrates y el peligro de saber demasiado leyendo

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Uno de los aspectos que Sócrates temía de la gente que aprendía a leer era que, una vez abierto el libro, el lector estaba sometido a ingentes cantidades de conocimiento descontrolado.

Sócrates tenía miedo del exceso de datos, y de la escasez de criterio para separar el grano de la paja. Es decir, lo que antaño pasaba con el invento de la lectura, hogaño pasa con el invento de Internet, San Google o la Wikipedia.

Decía Sócrates:

Una vez que algo se escribe, la composición, sea ésta la que fuere, empieza a moverse por todas partes, cayendo en las manos no sólo de aquellos que la comprenden, sino de igual manera en la de aquellos que nada tienen que ver con ellas; el escrito no sabe cómo dirigirse a la gente adecuada y no dirigirse a la equivocada. Y cuando se lo maltrata u se abusa de él injustamente, siempre necesita que sus padres acudan en su auxilio, puesto que es incapaz de defenderse o de ayudarse.

Sócrates no temía a la alfabetización. La alfabetización es buena, permite que la cultura fluya mejor entre personas, que se generen nuevas ideas, que se alcances cotas intelectuales más elevadas. Lo que temía Sócrates es que esta alfabetización permitiera acceder al conocimiento de manera irresponsable, sin la orientación de un maestro, sin suficiente espíritu crítico.

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‘¿Se creen que somos tontos?’ de Julian Baggini

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Supongo que le pasa a todo el mundo, pero a mí me pasa de manera excesiva: tengo una acentuada propensión a recordar ciertos argumentos expuestos de pasada por amigos, profesores o gente que sale por televisión. Los recuerdo y me sorprendo a mí mismo, embobado, dándoles vueltas y más vueltas, persiguiendo algún tipo de verdad esencial en ellos, tratando de impugnarlos, adaptándolos a mis propios argumentos sobre las cosas.

Después de leer ¿Se creen que somos tontos? sencillamente dispongo de una colección de herramientas intelectuales para desestimar con más facilidad los argumentos ajenos. Porque la mayoría de argumentos hacen aguas. La mayoría de personas tropiezan continuamente en falacias, en todo tipo de falacias. Julian Baggini ha recopilado 100 de ellas.

Y no sólo las ha recopilado sino que, mediante algún ejemplo tomado prestado de los medios de comunicación, las explica de forma amena y accesible, e incluso les da un poco la vuelta a fin de que encontremos las propias debilidades del ataque a la falacia.

¿Se creen que somos tontos? permite, pues, afilar nuestros argumentos, y por extensión nos permite pensar mejor. En consecuencia, nos blinda contra frases que en realidad son hueras, como las fundadas en argumentos de autoridad, en pendientes resbaladizas, racionalizaciones post facto, non sequitur, percipi est esse, falcias post hoc, falsas dicotomías, correlaciones presentadas como causaciones, conclusiones irrelevantes y así hasta 100.

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‘Crónicas de la ultramodernidad’ de José Antonio Marina

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Enésimo volumen que digiero del cada vez más popular filósofo José Antonio Marina (¿a qué velocidad escribe este hombre?). Bien, en realidad, Crónicas de la ultramodernidad, que así se llama el libro, no es un ensayo al uso sino una antología de sus mejores artículos para la prensa.

Asegura Marina que no le gustan las antologías de artículos, y que en realidad estos artículos, en su concepción, ya estaban pensados para formar un todo, así que en realidad también estamos frente a un ensayo unificado (los artículos están hilvanados por el autor, de tal manera que, si no fuese por unas pequeñas señales, no seríamos capaces de adivinar dónde empieza un artículo y acaba otro, así como dónde el autor ha incorporado alguna adenda).

Quería comprobar si era posible hacer filosofía sistemática en un periódico, a trozos, en contacto con los problemas diarios, en comunicación con los lectores, interactuando con la realidad.

Crónicas de la ultramodernidad resulta una lectura agradable, asequible, y rebosante de curiosidades, anécdotas y fragmentos de otros libros que tratan de reflexionar sobre el mundo hibridando rigor, poesía, dramatismo y sentido del humor.

El problema de Crónicas de la ultramodernidad es que no profundiza en todos aquellos temas que saca a colación, y en ocasiones ni siquiera remata lo que empieza. Las reflexiones de Marina son lúcidas, sus circuitos de pensamiento son lógicos, pero a menudo da la impresión de que se queda en una fastuosa exposición del problema, en un agudo diagnóstico social, que no se atreve a solventar. O quizá es que no tenía demasiado espacio para hacerlo.

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