El acto de leer un libro tiene algo de mágico, incluso de antinatural. La evolución darwiniana de nuestros ojos ha servido a nuestros antepasados para localizar a presas, distinguir frutos comestibles, trazar rutas a través de montañas y bosques. Pero nadie hubiera podido imaginar que acabara también sirviendo para permanecer durante horas fijando la vista en pulpa de árbol prensada y manchada por miles de insectos de tinta.
Pero ¿qué ocurre exactamente cuando estamos leyendo, lejos de asimilar información o transportarnos a mundos imaginarios? Aunque no os deis cuenta mientras estáis leyendo este artículo, al leer asimiláis una palabra clave en cada instante, más cuatro caracteres a la izquierda y quince caracteres a la derecha.

