Tenía pendiente la lectura del Premio Nadal 2007 desde hace tiempo y sólo ahora me he puesto al día. Con grata sensación, además, ya que Lo que sé de los vampiros del barcelonés Francisco Casavella es una buena demostración de porqué el Nadal sigue siendo el premio de novela por excelencia de España a pesar del transcurso los años. Porque premia lo bueno, y Casavella tiene uno de los mejores estilos que haya tenido ocasión de leer en un escritor contemporáneo. Sin embargo la novela que tenemos entre manos quizás no esté a la misma altura en el fondo como en cuánto a la forma, y es que se echa de menos un espinazo argumental más sólido en el que amarre la arquitectura del lenguaje del autor.
La historia nos sitúa en el siglo XVIII en la persona de Martín de Viloalle, hijo menor de un noble gallego y destinado desde la cuna a entrar en la Compañía de Jesús. De carácter introvertido y esquivo, Martín desarrolla una manía por la pintura que se convierte en venganza, mediante la caricatura, de la humillación y el desdén que le provoca su entorno. La expulsión de los jesuitas de España le sorprenderá siendo novicio, y tomará la inexplicable decisión de seguirles en el exilio. Esta será la primera de sus muchas partidas y varias afiliaciones, que le llevarán a vivir una vida precaria y transitoria de la Roma papal a los principados alemanes hasta abocar en el París de la Revolución.
Como novela histórica, Lo que sé de los vampiros es atípica. Hay un mínimo de descripciones, tanto de ambientes como de acontecimientos históricos o de personajes ligados a ellos. Quién espere encontrar una reconstrucción minuciosa de una época quedará decepcionado desde el primer momento. El siglo XVIII por el que se mueve Martín es más una reconstrucción ideológica que historiográfica, un mundo de ideas por encima del de los hombres, lo que imprime una sensación de vaguedad a las coordenadas espacio-temporales. Un marasmo de tiempos y lugares que es reflejo de la propia existencia de Martín, dominada por la indeterminación.