Camilo José Cela siempre ha sido una figura muy controvertida, de esas que suman tantos adeptos como detractores y, normalmente, de un modo muy extremo. El problema aparece cuando el que lo juzga no separa al hombre del narrador. Como escritor no cabe duda de que Cela es uno de los grandes novelistas del siglo XX: novelas como La Colmena o La familia de Pascual Duarte (las más reconocidas) dan fe de ello; aunque es cierto que es un autor que fue de más a menos, de la genialidad a la normalidad, rozando la mediocridad.
Su personaje público ha funcionado al contrario, habiendo crecido su leyenda a lo largo de los años. A la hora de pensar en Cela no es raro que se nos venga a la cabeza algunos de sus momentos más extravagantes: cuando se tiró un sonoro pedo en el Senado mientras hablaba mosén Lluís Maria Xirinacs, o en aquella otra ocasión en que el mismo senador le preguntó si estaba quedándose dormido y Don Camilo le contestó: “Monseñor, no estoy dormido, estoy durmiendo”. El mosén le replicó: “¿Es lo mismo, ¿no?”. “No, monseñor, son cosas distintas, no es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, de la misma manera que no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo“.

El domingo pasado, 22 de febrero, se cumplieron 70 años de la muerte de uno de los grandes de las letras españolas: 