Para los aficionados a los cálculos cabalísticos y a los enemigos de las casualidades, el 11 de enero de 2008 ya ocupa un lugar en la historia de la infamia. Supersticiones aparte, lo cierto es que tenemos que añadir un nuevo nombre a la lista de escritores fallecidos en las últimas horas, uno que me produce especial pesar: el del poeta y académico Ángel González, muerto esta noche en una clínica de Madrid a los 82 años.
Ángel González fue una de las voces poéticas más firmes y duraderas de la posguerra española, la llamada Generación de los 50. La poesía fue para él vehículo de la expresión de la conciencia existencial, magistralmente plasmada en uno de sus poemas juveniles, Para que yo me llame Ángel González. El carácter “realista” de su poesía (adjetivo que siempre recibió con algo de estupor) también le hizo practicar la denuncia con un punto de sátira de los mores sociales, evolucionando en un radical compromiso por la democracia en los años finales del franquismo.
Debutó en 1955 con el libro Áspero mundo, que recibió un accésit en el Premio Adonai. Otros trabajos suyos son Sin esperanza, con convencimiento (1961), Grado elemental (1961), Tratado de urbanismo (1967), Breves acotaciones para una biografía (1971), Prosemas o menos (1983), Deixis de un fantasma (1992) y Otoño y otras luces, su último libro publicado en 2001. Recomiendo su Antología poética de Alianza (2003), un magnífico recorrido por su trayectoria con poemas seleccionados por él mismo.

Con todo el revuelo del Nobel ha pasado de puntillas la concesión del Premio Lorca de Poesía, el segundo más importante después del 