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George R. R. Martin

‘El nombre del viento’ de Patrick Rothfuss

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Os voy a ser muy sincero. Doblemente sincero.

El nombre del viento, del debutante Patrick Rothfuss, llegó a mis manos porque la editorial me lo envió a casa. Si hubiera visto El libro del viento en cualquier librería, no le habría dedicado ni un segundo: su formato aparente, el de “fantasía épica”, sencillamente hace tiempo que me agotó.

Pero… cuando llevaba apenas 10 páginas leídas, me di cuenta de que estaba delante de algo diferente.

Cuando llevaba 300 me acordé de la razón por la que leo tantos libros: en parte por placer, pero fundamentalmente leo tanto para encontrar libros como éste.

Cuando llevaba 500 páginas, a pesar de que había consumido la historia de Kvothe a una velocidad endiablada, empecé a reducir el ritmo de lectura. Aunque no os lo creáis, no quería que el libro se acabara. Así que, luchando contra la intriga, he ido paladeando las últimas páginas de El nombre del viento de la misma forma que los enólogos calibran un caldo único.

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George R.R. Martin sobre la fantasía

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Aprovechando que George R.R. Martin, el celebrado autor de la serie de fantasía épica Juego de Tronos ha estado de visita en España con ocasión de la Asturcon (que se celebra simultáneamente a la Semana Negra de Gijón), recuperamos este pasaje en el que define su concepto poético de la fantasía. El vídeo está en inglés pero si sus copiosas imágenes nos fueran suficientes como para entederlo hay una transcripción completa en su página de Youtube.

Leemos fantasía para volver a encontrar los colores, creo. Para saborear especias fuertes y escuchar los cánticos que cantaron las sirenas. Hay algo antiguo y verdadero en la fantasía que habla a algo profundo en nuestro interior, al niño que soñaba con cazar algún día en los bosques de la noche, y atiborrárse bajo la colina hueca, y encontrar un amor que durara para siempre al sur de Oz y al norte de Shangri-La. Pueden quedarse con su Cielo. Cuando muera, me iría antes a la Tierra Media.

En Papel en Blanco | Semana Negra de Gijón

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'Juego de tronos', de George R. R. Martin

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juegodetronos.jpgDespués de un siglo sirviendo de entretenimiento de masas, el género de la fantasía heroica de aventuras ha llegado a un punto sin retorno. Algo parecido a los cómics de superhéroes, que salvaron su crisis reinventándose en los ochenta y nuevamente a principios de siglo. A la fantasía heroica le ocurrió algo mucho peor: Harry Potter. No cómo producto, en sí de lo mejor que ha dado el género, sino como fenómeno.

Vivimos una carrera desenfrenada por dar el nuevo pelotazo en donde los tópicos ya resecos (niño + profecía + elfo + hechizo fireball de nivel seis + nombres rimbombates que suenan a gaélico) se ordeñan sin el menor respeto intelectual hacia el lector, no digamos ya literario. Así estamos que a este género ya ni le pido calidad, sólo un poco de originalidad. En este sentido la nueva obra de moda entre los fans, Juego de Tronos, ha supuesto una agradable sorpresa. No sólo reiventa, no sólo sorprende, sino que se desprende de las fanfarrias para acudir al nervio del asunto: contar una buena historia.

Cómo sugiere el título, se trata de una intriga dinástica en un mundo distópico que, pese a ser el clásico de inspiración medieval, no deja de recordar a la saga Dune de Frank Herbert sin sus elevadas proyecciones místicas. Comparte este mundo con Dune la peculiaridad de su clima: si allí se trataba de un planeta desértico, aquí es un mundo con dos únicas estaciones, verano e invierno, las cuales duran varios años. Y la cosa tiene más enjundia de lo que parece.

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