'Un hombre que duerme', de Georges Perec
A menos de un mes para agotar el 2009 puedo afirmar, sin dudarlo, que Georges Perec ha sido uno de los protagonistas literarios de mi año. De enero a noviembre he leído cuatro obras suyas, de las cinco que conozco. Lo descubrí casi por casualidad (¿cómo pude?, ¿por qué no antes?) y empecé por la cumbre, siguiendo sus instrucciones para manejar la vida. El riesgo que se corre al comenzar por lo más alto es encontrar insulso todo el antes y el después; sin embargo cada línea de Perec me ha sorprendido, me ha vuelto exclamativa, me ha hecho feliz de leer. Así ha ocurrido con mi última lectura perequiana del año que, curiosamente, tiene mucho que ver con la que inició el 2009, Las cosas.
Un hombre que duerme es el relato de un ser anónimo que opta por la acción del título: dormir, entendiendo esta actividad no como mero acto de descansar mente y cuerpo, sino como actitud total ante la vida: pasar por ella sin hacer ruido, sin elegir, sin inmutarse, sencillamente “dejarse vivir”.
Las definiciones varían según las horas, según los días, pero el sentido permanece más o menos claro: te sientes poco hecho para vivir, para actuar; para hacer cosas; no quieres más que durar, no quieres más que la espera y el olvido.
Quien dice Georges Perec dice “juego”, “divertimento”, “travesura literaria” si se quiere. En ningún caso encontraremos en sus libros un estilo, digamos, “tradicional” (si es que éste existe): Perec juega, experimenta con las palabras, con las frases, con la fonética y, por supuesto, con las historias que narra. 

Georges Perec fue un escritor peculiar. Amante de la experimentación, del juego literario, del descubrimiento de nuevas vías estéticas, obtuvo el Premio Renaudot en 1965 con su primera novela, Las cosas. Dos años más tarde se unió al OuLiPo (Taller de Literatura Potencial), creado por Raymond Queneau y François Le Lionnais en 1960, y del que formaban parte escritores (