A menudo, como escritor, uno debe tomar múltiples decisiones antes de enfrentarse al folio en blanco (o a la pantalla blanca con un cursor parpadeante). Escoger entre la primera persona o la tercera persona es una de las decisiones más cruciales, pues de ello depende todo el tono de la historia. Pero a otro nivel, podríamos llamarlo estilístico, también resulta decisivo el tipo de vocabulario y las metáforas que uno está dispuesto a emplear.
¿Frases con gran carga lírica o lenguaje sencillo? Entre estos dos extremos, entre la corrección formal y la pura diarrea oral, existen muchos puntos intermedios, por supuesto. Uno no está obligado a trazar frases esbeltas como un Praxíteles, esperando que sean esculpidos en mármol, o, por el contrario, pergeñar fealdades que epaten y escandalicen al público burgués y filisteo. Se pueden hacer ambas cosas a la vez, en un maridaje bello-feo, o simplemente uno puede decantarse hacia uno u otro extremo sin radicalismos, según el efecto que se pretenda conseguir.

