Y seguimos desde la anterior entrega de este artículo: Todo podría simplificarse todavía más si hablamos de aleatoriedad. La máxima sería: escribe aleatoriamente si aspiras a resultar estético; reduce la aleatoriedad si aspiras a ser riguroso y honesto. (Me ha quedado como un tweet profundo, oye).
Como ejemplo paradigmático de aleatoriedad máxima podríamos usar un poema especialmente hermético. Pero los poemas no hacen daño. Así que tomaré como ejemplo un texto tóxico, es decir, un texto tan aleatorio como un poema (y también tan hermético) que aspira a ser riguroso y sentar cátedra, esto es, un texto de pensamiento filosófico. Ni siquiera recurriré a un autor posmodernista, que sería demasiado fácil. Leamos, pues, a Hegel.
Hegel escribe una jerga que no tiene sentido fuera de un café parisino muy chic, o del departamento de humanidades de una universidad particularmente aislada del mundo real (el fragmento, por cierto, ya fue en su día denunciado por oscuro por parte del filósofo de la ciencia Karl Popper, que sí escribe clarito aunque ofrezca pensamientos más complejos que Hegel):
El sonido es el cambio en la condición específica de la segregación entre las partes materiales y la negación de esta condición; meramente una abstracción o una idealidad ideal, como si dijéramos, de dicha especificación. Pero este cambio, por tanto, es en sí la negación inmediata de la subsistencia específica; que es, por tanto, idealidad real de gravedad y cohesión específicas, es decir, calor. El calentamiento de cuerpos sonoros, al igual que el de los golpeados o frotados, es la aparición de calor, originado conceptualmente junto al sonido.
¿Todavía no os habéis desmayado?

Hace unas pocas semanas que 
