El escritor británico Harold Pinter, Premio Nobel de Literatura en 2005, murió ayer en Londres, a los 78 años. Pinter sufría de un cáncer de hígado que hace unas semanas le impidió acudir a su investidura como doctor honoris causa en la Central Schoold of Speech and Drama de Londres.
En el momento de concederle el Nobel, la Academia sueca lo calificó como el representante más destacado del teatro británico de la segunda mitad del siglo XX, que merecía ser galardonado porque
devolvió el teatro a sus elementos básicos: un espacio cerrado y un diálogo impredecible, donde la gente está a merced de cada uno y las pretensiones se desmoronan […] descubre el precipicio que subyace en las diarias cuestiones cotidianas y fuerza la entrada a los cuartos cerrados de la opresión

Dice Jamie Andrews, uno de los responsables de los manuscritos de literatura moderna de la Biblioteca Británica, que Harold Pinter es el dramaturgo vivo más importante que tienen. Quizá no sea más que un poco de peloteo o quizá realmente el tal Andrews lo crea de verdad, pero es un sentimiento que comparten muchos británicos (y no sólo ellos).