Me declaro a favor de Susan Sontag y de su influyente manifiesto de 1966, Contra la interpretación. El estudio académico profesionalizado de los textos literarios me agota hasta límites siderales. Tuve que soportarlo durante mis años de instituto y universidad, e incluso ahora debo esquivarlo de determinadas personas que me rodean: la mayoría gafapastas que sientan cátedra artística sobre tal o cual obra, y si no la entiendes así (o no eres suficientemente onanista para entenderlo así) es que te faltan neuronas.
Tamaña impostura sobre los textos literarios me parece un buen ejercicio mental, como hacer gimnasia o resolver crucigramas. Pero ir más allá, creando cánones estéticos o interpretaciones unívocas (o exageradamente alambicadas) a fin de que se instalen catequísticamente en todo aquel que pretenda llamarse culto, no, por ahí no paso.
Leer es, sobre todo, disfrutar. Y luego viene la empatía, la sensibilidad, el entendimiento profundo, llamadlo como querías, pero todo ello lo considero idiosincrático, personalísimo, incluso muy íntimo. Quizás sirva para plasmarlo en un examen sobre comprensión lectora, pero en ningún caso debe usarse como paradigma de que se ha entendido la obra.

La única semblanza que tenemos de Shakespeare como persona procede de John Aubrey. Pero fue escrita 65 años después de su muerte. Sus palabras fueron: “era un hombre apuesto y de buena constitución; agradable como compañía y de un ágil ingenio dispuesto y cordial”.