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Hitler

Para los que le tienen miedo al contenido de los libros (I)

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Siempre es bienvenida la noticia de alguien o algo que se ríe de lo que parece intocable, ridiculizándolo, reubicándolo en el justo lugar donde deben estar todas, absolutamente todas las cosas: a ras de suelo, lejos de altares, de genuflexiones versallescas, de protocolos, de persignaciones, de viriles antibalas con alarma de seguridad y de etiquetas con los precios hinchados por la especulación, el charm de pacotilla, la inercia y la moda. (Recupero el aire). Nada, absolutamente nada es tan importante para que se deba mantener a salvo de la burla y la ironía.

Es más: todo cuanto se mantiene a salvo de ellas, adquiere un tono afectadamente solemne que deriva en la ausencia de autocrítica; la ausencia, en definitiva, de mejora. (De ahí que lo muy serio, normalmente, también sea erróneo o simplista). Así pues, desde aquí se aplauden comics de Hitler, catárticos, desdramatizadores o simplemente expositivos, como el que mi compañera Magalí reseñó el otro día por aquí.

De algunos comentarios que se escribieron cuestionando la existencia de un cómic como éste, me he sentido en la obligación de insistir de nuevo (como ya hice en No digas ni mu) en la reivindicación de la existencia de cualquier tipo de ficción, aunque haga apología de la cosa más execrable que podamos imaginar.

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