Lazarus Long es uno de mis personajes indispensables. No en vano firmo como si perteneciera a su extensa familia. Lo que, si termináis este texto, entenderéis que puede ser verdad. Y, aunque no lo creais, os hará conocerlo a él y conocerme a mi.
Lazarus es pelirrojo, enérgico, valiente, brillante y carece completamente de los prejuicios morales que nos impiden vivir con intensidad. Es un individualista, desprecia las religiones y odia la autoridad y las normas. Nadie puede decirle que debe vivir de determinada manera porque entonces se revela y sigue su camino quemando las naves.
La aventuras de Lazarus comienzan en ‘Las 100 vidas de Lazarus Long’. Un caballero que murió de viejo demasiado joven decidió dedicar su fortuna a conseguir que hubiera humanos que fueran los más longevos posible. A través de una Fundación anima, mediante incentivos económicos, a los hijos de personas naturalmente longevas a casarse entre si, lográndose un grupo de humanos que viven el doble que los demás. Para ocultarse inventan trucos variados. Temen una caza de brujas. Y en el contexto de estas familias, las Familias Howard, nace Woody Wilson, un niño díscolo y libertario, que se convierte, cuando el secreto es descubierto, en el Moisés que saca de la Tierra a sus compañeros. Ese niño, que por entonces ya es el humano más viejo aunque no se le note ni en el cuerpo ni en el corazón, es Lazarus. Roba una nave y saca a sus familiares de la Tierra para salvarlos llevándolos al espacio. En sus aventuras topan con civilizaciones en las que la inmortalidad cuesta la libertad o la individualidad, convirtiendo la novela de aventuras en una metáfora sobre la esencia del Hombre.

