
Cuando hace ya casi un mes (¡cómo pasa el tiempo!) os comentaba que Quim Monzó había escrito un microrrelato para la nevera, os decía que precisamente estaba inmerso en la lectura de uno de sus libros de relatos. Y aquí está ya la excelente impresión que me ha dejado Mil cretinos. Como con algún que otro autor, a Quim Monzó lo conocía de sus artículos en los dominicales, que me parecían bastante buenos, tanto los más divertidos como en los que se ponía más serio. Pero curiosamente nunca había leído un libro suyo, lo que me parece aún más extraño teniendo en cuenta su predilección por los relatos, cosas que pasan…
Así, que ahí estaba yo aquella tarde en la librería cuando llegué a la ‘M’ de la estantería y me topé con Monzó. Como era una de las excursiones largas que suelo hacer de vez en cuando, estuve echando un vistazo a todos los libros que allí tenían de él y acabé llevándome este ‘Mil cretinos’, del que llegué a leer no pocos relatos en la misma librería.
Así nos encontramos con diecinueve relatos en los que rebosa el humor negro por todas partes, tiene un sentido del humor que hace que te rías incluso cuando habla de los temas más serios, y en alguna ocasión, te quedas preguntándote cómo puede ser tan buena la frase que acabas de leer. También he de reconocer que la primera comparación que se me vino a la cabeza fue con el gran Saki (que no es poca cosa…), tanto por conseguir sacarte la sonrisa en todo momento, como por lo breve de sus relatos.


Descubrí a este dibujante y guionista francés buceando entre viejos ejemplares de la revista Cimoc, que durante años recopiló cómics de autores de todo el mundo, muchos de ellos de ciencia-ficción y fantasía. Me llamó mucho la atención su dibujo, que plasmaba con gran riqueza de detalles escenas enormemente surrealistas que surgían de la vida cotidiana de sus personajes.
Traducida en España como Los pequeñines macabros, esta obra es el mejor ejemplo del particular sentido del humor de su autor, el escritor y dibujante Edward Gorey. Se trata de un abecedario en el que cada letra corresponde a un niño diferente que sufre una muerte a cual más pintoresca.
Con un título así cuesta resistirse, al menos, a hojear esta obra para tratar de descubrir de qué diablos trata. Bueno, su título no podría ser más transparente: es una pequeña recopilación de cuentos en la que sus protagonistas, motivados por razones diversas y a través de diferentes procedimientos, acaban con la vida de sus progenitores.
Aunque Jonathan Swift es recordado principalmente por su obra Los viajes de Gulliver, este autor irlandés fue también muy prolífico en el campo del periodismo y los ensayos. Entre otras publicaciones, estuvo al frente del Examiner desde 1710, periódico de corte conservador apadrinado por los Tories. Algo curioso, teniendo en cuenta que su mordacidad y sus ideas andaban muy avanzadas para su tiempo.
La literatura infantil es la faceta más recordada de este escritor británico. Niños de todo el mundo han crecido con las historias repletas de humor y fantasía que Roald Dahl extrajo de su pluma. Por su parte, el cine también ha ayudado a inmortalizar varios de sus libros con adaptaciones más o menos afortunadas, entre las que se cuentan Charlie y la fábrica de chocolate o Matilda. La originalidad y frescura de estos textos los ha hecho habituales en las mesillas de los niños que no pueden dormir sin que sus padres les descubran nuevos mundos. 