El universo de la tipografía es fascinante. Tiene sus expertos, los defensores a ultranza de unas tipografías frente a otras, existen guerras internas, falsificaciones, plagios, de todo. Como en una película de espías cuyos protagonistas fueran la A y la B. Como si la historia de la tipografía corriera paralela a la historia de un cónclave de brujos que elaboran secretas pócimas.
No en vano, un tipógrafo puede pasarse hasta 10 años perfilando un tipo de letra, hasta que consigue que encaje entre sí y no se desajuste al cambiarla de tamaño, justificarla y demás contorsionismos. Por eso no es extraño que una buena tipografía, que permanece estable hasta el más mínimo detalle después de maquetarla en un texto de 200 páginas, pueda pagarse a un precio elevado.
No hay nada más estimulante que bucear en el origen de las formas de las letras es como analizar nuestro código genómico para averiguar por qué se nos ha quedado esa nariz tan aguileña.
El alfabeto tal y como lo conocemos empezó a forjarse de la mano de los fenicios hace 3.500 años, y cada letra de ese primer alfabeto era la inicial de un objeto ligado a la vida cotidiana. La A, por ejemplo, fue llamada álef, palabra que en fenicio significa “buey”. Si le damos un giro de 180º a la A y, con un poco de imaginación, al triángulo que queda abajo le colocamos ojos y nariz, obtendremos a un buey sus cuernos y todo. Pero eso solo es la punta del iceberg. Porque los tipógrafos han ido moldeando esas formas esenciales para hacerlas más agradables a la vista. O más persuasivas. O más “algo”.

Para algunos son filtros de la excelencia literaria, megáfonos para las voces más interesantes, dispensadores de letras capaces emocionarnos. Para otros sólo son negocios, comerciantes de jamones, aduanas en las que los autores deben dejar los signos distintivos del talento más heterodoxo. Por supuesto, hablo de las editoriales.
El taller de los libros prohibidos, de Eduardo Roca, es una novela histórica. De las que cuentan cosas importantes del pasado para entender cosas importantes sobre el presente.
Quizá pueda parecer aventurado catalogar como el mayor hit de la historia de la técnica la invención de la imprenta. Pero pensadlo por un momento: por primera vez se pudo difundir el conocimiento entre la humanidad. 

Mucho antes de saber lo que era un ex libris ya tenía la costumbre de dejar mi impronta personal sobre cada libro que conseguía. Primero lo hacía del modo más “rústico”, la firma, tan informal, tan poco uniforme; después me regalaron un sello personal, mucho más limpio pero algo insípido (seguía conteniendo sólo mi nombre). Desde hace unos años, y haciendo uso de las fuentes artísticas familiares, confecciono de forma casera ex libris con estampas que renuevo cada tanto. Sin darme cuenta he seguido el camino natural de esta señal de propiedad y ya es una costumbre que he convertido en obligación: ningún libro ocupa mi biblioteca sin recibir antes su ‘marca de fuego’.
Ya hablamos en otra entrada de la exposición que está teniendo lugar en Nueva York de tres versiones distintas de las Biblias impresas por Gutenberg. Pero ahora me entero que no hay que moverse hasta allá para poder hacer una comparativa detallada de al menos dos de ellas, ya que la Biblioteca Británica nos permite explorar y comparar las versiones digitales de un ejemplar en papiro y otro de papel.
En una ocasión inédita se encuentran expuestas actualmente, en un mismo recinto en Nueva York, tres ejemplares de la Biblia impresos por Gutenberg. Los tres volúmenes están acompañados por el libro de plegarias de 