Charles Lutwidge Dodgson, Lewis Carroll para todos, no fue sólo el genial autor de Alicia en el País de las Maravillas y su continuación, Alicia a través del espejo, sino que junto a la literatura cultivó otra rama artística en la que fue reconocido póstumamente: la fotografía.
Su afición comenzó en 1856, primero por influencias de su tío, más tarde por las del fotógrafo Oscar Gustav Rejlander, uno de los pioneros en la fotografía artística del momento. En poco tiempo, Carroll dominó la técnica e hizo de la fotografía un medio de expresión de su filosofía interior; a través de ella trató de combinar los ideales de belleza y libertad con la inocencia edénica, en donde el cuerpo humano podía ser disfrutado sin sentimiento de culpa. El pecado original fue sustituido por la divinidad innata, como afirma su biógrafo, Morton Cohen. Para él la belleza era el culmen de la perfección moral, estética y física. Por supuesto, estas teorías no fueron vistas con buenos ojos por la sociedad victoriana ni por los principios anglicanos que él mismo representaba como sacerdote.

