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Personajes de ficción inspirados en personajes reales

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patrick-bateman-american-psycho-525x393.jpgEn los créditos iniciales de los telefilmes es habitual leer la advertencia de que los hechos narrados están basados en hechos reales o, por el contrario, que cualquier semejanza entre los personajes de ficción y la realidad es pura casualidad. Porque el principal yacimiento del que el autor extrae sus ideas es de la realidad circundante, aunque él no lo pretenda.

Es por ello que, explícita o implícitamente, muchos de los personajes de la literatura son calcos de personajes que existieron de verdad.

Por ejemplo, en Robison Crusoe, novela de 1979 de Daniel Defoe, no hace más que transcribir literalmente lo acaecido realmente en las islas Galápagos al marino Alexander Selkirk, nacido en la ciudad escocesa de Largo:

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Si puedes evitar comerte una chuchería, es posible que tengas mejores aptitudes para ser un gran novelista

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caramelo-nino.jpgUna de las imágenes que más daño han hecho a la profesión de novelista es aquella en la que aparece un tipo bohemio dándole a una Underwood como quien pica piedra. Clas-clas-clas. Como si la literatura fluyera por sus dedos con nervio, empuje e inspiración divina. La idea que subyace a este estereotipo es: el arte surge del interior, lo tienes o no lo tienes; la transpiración es para los obreros.

Y sí, hay inspiración, y también momentos en los que los dedos bailan solos. Pero en la mayor parte del proceso subyace la transpiración, la corrección y la disciplina. Hay autores que pueden pasarse horas sólo para cambiar el punto de una frase. Generalmente, un autor honesto admitirá que invierte más tiempo en corregir su texto que en escribirlo a vuelapluma. Escribir, muchas veces, es como practicar neurocirugía, no como tocar las maracas.

Así pues, hay dos pilares básicos en los que se sustenta la buena literatura: el esfuerzo y la disciplina.

Vayamos primero al esfuerzo. Carol Dweck, psicóloga de Stanford, ha dedicado años a demostrar que uno de los elementos fundamentales de la educación satisfactoria es la capacidad de aprender de los errores. Sin embargo, acostumbramos a enseñar justo lo contrario. Si un niño comete errores, es que no es muy listo. El listo no comete errores, y además le elogiamos precisamente por ello, por ser listo. Pocas personas son las que elogian a los demás por su esfuerzo, y no por su capacidad innata.

La imagen estereotipada del escritor, pues, contribuye justamente a ese tipo de elogios. Se elogia al escritor inspirado, loco, borracho de palabras, pero raramente al artesano, al que lee diccionarios para adquirir vocabulario, al que corrige durante años un manuscrito, a lápiz, minuciosamente, como un ingeniero trajinando en un circuito impreso.

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Os voy a dar 3 consejos para ser escritor... aunque el relleno pueda estar caliente cuando se caliente

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Que existen recetas infalibles para convertirse en escritor es una leyenda urbana a la altura de que en las cloacas de Nueva York viven caimanes gigantes, que la llegada a la Luna es un camelo y fue filmada en un estudio de Hollywood o que el número de estrellas que hay dentro de la “P” del título de la portada de la revista Playboy indica las veces que Hugh Hefner ha tenido relaciones con la muchacha del desplegable.

Bueno, vale, no voy a ser tan injusto. No es como creer una cosa para idiotas. Creer que existen recetas infalibles para ser escritor es como repetir perogrulladas como la que figura en la caja de Pop-Tarts de Kellog´s, que dice: “cuidado: el relleno puede estar caliente cuando se calienta”. Llamativas bengalas que no dicen nada que no sepamos (aunque lo digan de otra forma muy distinta): como que en las pepitas de manzana hay cantidades perceptibles de cianuro, un compuesto de conocida toxicidad para los humanos. O que cualquier cosa que nos rodea atrae a todos los cuerpos del universo con una fuerza igual al producto de sus masas dividido por el cuadrado de sus distancias.

Acongoja, pero en realidad no aporta nada que no sepamos ya.

Sin embargo, de vez en cuando recibo correos de lectores que me preguntan acerca de la receta para convertirse en escritor. O sencillamente me envían algún escrito suyo con la intención de que lo someta a mi escrutinio. Es entonces cuando me veo entre la espada y la pared.

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¿Qué manías tienen los escritores?

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Como toda actividad que depende en parte del azar (que ese día estés inspirado, que ese día encuentres el personaje que necesitabas, que continúes con ánimos para escribir una página más de ese manuscrito que ya alcanza las 400, que el público te dé la espalda, que la editorial no apruebe el manuscrito, etc.), los creadores literarios están llenos de manías, melindres y rituales.

Por ejemplo, Thomas Mann era tan obsesivo con los personajes que creaba para sus novelas que incluso se imaginaba cómo podría ser su firma. Luego también le leía lo escrito a toda su familia y les pedía consejos.

Gabriel García Márquez necesita estar en una habitación con una temperatura determinada. Debe tener en su mesa una flor amarilla, de lo contrario no se sienta a escribir. Y siempre lo hace descalzo. Si no está inspirado, no escribe absolutamente nada.

John Steinbeck trabajaba con lápiz, pero tenían que ser lápices redondos para que las aristas no se le clavaran en los dedos.

Mario Vargas Llosa, que empieza la escritura a las 7 de la mañana, tiene un orden casi obsesivo, los libros de su biblioteca están ordenados por motivos curiosos: por tamaño, por países… y se rodea de figuras de hipopótamos de todas clases.

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El café como sitio idílico para escribir

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Los que me conocen saben que, para mí, el café es algo así como un inductor de ideas y un espoleador de la creatividad. Es meterme en vena una dosis de cafeína, y zas, en menos de dos minutos me salen las palabras solas, incluso superando los bloqueos creativos más peliagudos.

Pero hoy no voy a hablaros del café como droga legal estimuladora para escribir, sino del café como lugar, como cafetería, como locus amoenus para ponerse a escribir (siguiendo un poco la estela de la entrada ¿Qué trucos usan los escritores para llamar a la inspiración?

Años ha, los cafés eran centros de autoeducación, de innovación literaria (en el club Cabaret Voltaire nació el dadaísmo) e incluso de agitación política (la Revolución francesa de 1789 se fraguó literalmente en el Café de Foy). No en vano, Tom Standage, en La historia del mundo en seis tragos, afirma que, colectivamente, los cafés de Europa vinieron a ser el Internet de la Edad de la Razón.

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¿Qué trucos usan los escritores para llamar a la inspiración?

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musas.jpgLo de la inspiración tiene miga. Es cierto que, cuando te sientes arrebatado de inspiración, las palabras, las ideas, las historias parecen fluir por sí mismas, como si ya estuvieran escritas en algún sitio y tú sólo te limitaras a copiarlas, cual amanuense.

Pero en lo de la inspiración también hay mucho de camelo o de impostura. Siempre he creído que el artista que tiene a una musa a su lado, por ejemplo, la tiene más por placer estético (o por echar un casquete de vez en cuando) que por verdadera inspiración. Lo de las musas es una moda que se ha ido perpetuando pero es de todo punto absurda: como si un cirujano tuviera que tener a su lado a coach para hacer bien su trabajo.

La mejor inspiración es la transpiración: 8 horas sentado cada día frente a un escritorio y, hale, con los días, los meses o los años, obtendrás frutos que ni un ejército de musas podría recolectar.

Pero bueno, si nos ponemos un poco románticos, vale, mi truco para inspirarme es ducharme. En la ducha, bajo el agua, es cuando se me ocurren las mejores ideas. Como si la ducha fuera una cámara llena de ecos donde reverberan las ideas, o algo así.

Y los escritores también tienen sus propias técnicas. Vamos a descubrir algunas de ellas:

Hemingway, por ejemplo, escribía a lápiz, sobre papel de cebolla, y controlaba sus progresos anotando escrupulosamente el número de palabras que escribía a diario.

Goethe escribía de pie, con pluma, porque le desconcentraba el sonido del lápiz arañando el papel.

Robert Graves escribía en su casa de Mallorca, en una habitación donde todo estaba hecho a mano (exceptuando los interruptores de la luz). Decía que estar rodeado de cosas construidas de forma artesanal era importante para su actividad creativa.

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¿Cómo se titula un libro?

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Lo de ponerle el título a un libro se parece a lo de ponerle un nombre a un hijo. Pero en el caso del libro es todavía una cuestión más peliaguda. ¿Gustará? ¿Sintetiza el espíritu de la obra? ¿Es original? ¿Demasiado pedante? ¿Escribo la novela sin título y espero que me llegue por inspiración al rematar la última página? ¿Pongo primero el título y, de ahí, intento que surja toda la historia?

Hay autores que, para acotar un poco estos dilemas, siguen a menudo un estilo semejante. Por ejemplo, Vargas Llosa acostumbra a titular sus obras mencionando dos cosas: La tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras, La ciudad y los perrosJuan Carlos Onetti se inspiraba en nombres de óperas o canciones: El caballero de la rosa, La vida breve, La muerte y la doncella… Algunos autores podían llegar hasta límites insospechados, como el escritor argentino Abelardo Arias, que ponía siempre títulos construidos con 13 letras: De tales cuales, Polvo y espanto, Álamos talados

Cada autor puede confeccionarse sus propias normas a la hora de titular. Algunos, como Andrés Trapiello, son más sistemáticos y atesora títulos para posibles libros y artículos en un cuaderno. Tiene tantos que incluso regala títulos a los amigos que le llaman para consultarle.

Pero también hay autores que no le dan demasiadas vueltas al asunto. Se dejan inspirar por los elementos que tengan más a mano o simplemente ponen lo primero que se les viene a la cabeza. Por ejemplo, Jean Cocteau, tras observar la marca de ascensores de su casa, decidió poner el título El ángel de Heurtevise. Witold Gombrowicz tituló Bakalay copiando la palabra de una calle de Buenos Aires. Más poética es la forma en la que Antonio Soler tituló El camino de los ingleses:

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La fe en lo que escribo

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José únicamente tenía que sentarse y abordar los folios en blanco con tal énfasis, con tal nervio, que sus textos semejaban mensajes cifrados por una máquina Enigma que ni el mismo Alan Turing ni una piedra Rosetta, al alimón, descifrarían.

“Escribe, escribe, escribe”, le exhortaba su voz interior. “No importa lo que escribas, sólo escribe”. Y se esforzaba tanto en cumplir ese mandato, tan astronómica era la monumentalidad de aquel proyecto, que una suerte de jurado imaginario había creado unas expectativas demasiado elevadas entorno de su obra y el miedo a no complacerlas le impelía a redoblar el sacrificio, retroalimentando las mismas expectativas en un círculo sin fin que sólo culminaría en la obra perfecta, la obra que desbancaría a clásicos y modernos, a consagrados y noveles.

Tan legendaria y prometedora se le antojaba su ambición que ya era en sí misma era una garantía de éxito fulgurante, o al menos de que iba a ser alguien tocado por un destino singular.

A veces, sin embargo, en un instante de lucidez y parálisis en aquel fragor del bolígrafo rasgando las hojas, se acordaba de que el mundo lo poblaba mucha gente, que los premios literarios recibían demasiados originales y que existían tantos manuscritos por descubrir como seres humanos; que quizá sería más probable que encontrase a su paso un maletín atestado de millones que un reconocimiento a un esfuerzo tal vez baldío.

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Si el arte no existe, puedes inventarlo

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Los días, los años, transcurrían inexorables, y José no cosechaba resultados satisfactorios a pesar de que el tiempo, aquel tirano instalado en su reloj de pulsera, le imprimía un vertiginoso ritmo de trabajo, cual tamtam de un barco de remos.

José escribía mucho. Descripciones, diálogos, metáforas, nombres de personajes, todo en gran abundancia y aderezado por una especie de trama mal hilvanada. Con todo, también asumía que tal vez lo que escribiera fueran palabras anémicas y textos apenas llamados por la inspiración del arte.

Porque en gran medida no escribía con el ánimo de plasmar historias de ficción sino que se limitaba a hacer la pose de escritor, tratando de imbuirse en la personalidad enigmática de un aventurero de las letras que se pierde en la madrugada, fumando en pipa, rodeado de silencio, con la cabeza levemente inclinada esperando la llegada de la inspiración, nimbado por una aureola de bohemia, con los ojos sagaces pero la mente perpetuamente enturbiada por el alcohol y la absenta, con la barba entrecana de veteranía, confinado en la luz de un flexo, creando una obra que conmovería al mundo.

La verdadera imagen que inspiraba en aquellos momentos no era ésa, ni mucho menos, más bien era la de un maniático y obsesivo clérigo amanuense encorvado sobre una actividad frenética de mera reproducción de textos. Porque José no tenía mundología ni experiencias vitales que comunicar. ¿Qué narrar entonces? ¿Sus manías? ¿Sus dificultades en clase? ¿Sus crisis de fe? ¿O debía ahondar en su imaginación?

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¿Cómo escribir una novela cuando hay ruido a tu alrededor?

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Escribir una novela precisa de silencio, concentración y soledad. Requisitos que son difíciles de reunir en una gran ciudad. Por ello hace años que vivo en las afueras, en una pequeña colina frente al mar.

En una gran ciudad, todo el mundo se confabula para interrumpir tu proceso creativo: el runrún de la calle, el tañido de las campanas de una iglesia cercana, el petardeo de las motocicletas de gran cilindrada, el ladrido de los perros, el murmullo gravitatorio de la luna, el rasgar de las hojas de los árboles, los crujidos del maderamen de la casa, la voces de subido diapasón del televisor del vecino. Tantos ruidos que, finalmente, uno ya sólo espera oír el fragor lejano de las bombas y las alarmas antiaéreas de una tercera guerra mundial.

Huérfano de dones artísticos genuinos, yo siempre he tratado de convocarlos con el sacrificio y la repetición, como hacen los fakires, que recurren a la monotonía de las sensaciones, como el sonido de un gong, las danzas o la austeridad, para alcanzar el estado de conciencia alterada idóneo. Pero, a pesar de mi abnegación, a pesar de mi disciplina, a pesar del tiempo que invertía hasta el desmayo, como un condenado a trabajos forzados, siempre arrastrando el sueño, desembarazándose de los placeres mundanos y de la vicisitud, acababa asumiendo que no me esforzaba lo suficiente.

Por eso detestaba el ruido del ambiente, casi maniáticamente, como le ocurría al científico Charles Babbage.

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