Si dijera que Javier Calvo (Barcelona, 1973) no ha sido fuente de inspiración formal para muchos de mis textos, mi nariz probablemente crecería medio metro de golpe. Sigo sus obras desde hace años, las leo y releo con devoción, y frente a una sinopsis como la que sigue, tuve que ignorar mi pila de libros pendientes y ponerme con éste, El jardín colgante, que además ha sido el Premio Biblioteca Breve 2012:
Había una vez un país llamado España que permanecía dormido sin advertir que los servicios secretos trataban de rediseñar el sistema institucional a la nueva era de libertad. Así es como Arístides Lao, un agente con una mente matemática prodigiosa y problemas de sociabilidad, es designado para luchar contra la organización terrorista de extrema izquierda TOD. Lao cuenta con el agente Melitón Muria, un fiel escudero con peculiares principios. La misión de esta pareja esperpéntica y decadente será contactar con Teo Barbosa, un agente infiltrado a punto de pasar al núcleo activo del grupo armado. Pero la operación cambia de rumbo cuando Lao pone en marcha una idea tan loca como genial que traerá consecuencias inimaginables. Estamos en 1977, y en el frío invierno de la Transición el interés de los telediarios se centra en la caída de un meteorito.
Las disecciones de Calvo, tanto de sus personajes como de la cruda realidad, nunca son bienintencionadas: no esperéis encontrar buen rollito o filosofía New Age de spa a lo Coelho: Calvo es especialista en destacar la cara malsana y atornillada de todo cuanto describe, como las fauces llenas de caca rural del borreguito de Norit, o la suerte de bozo de aquella belleza que se ha olvidado depilarse la cornisa labial. Cosas así. De las que, a los lectores blandos, les hace poner cara de acidez gástrica.
Para Calvo todos somos mal nacidos en potencia, o en vigencia. No hay buenas personas, ni sanos mentales: solo personas que sonríen para enmascararlo.

Menudo título, señores. Cosas que hacen bum tiene esa clase de títulos que te empujan a proyectar el brazo hacia la estantería para, como mínimo, leer la sinopsis. Después de leer la sinopsis, os lo garantizo, estaréis tentados de leer al menos la primera página.
Odio Barcelona. No es una opinión personal, es el nuevo título de la iconoclasta 