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Jean Bricmont

'Imposturas intelectuales', de Alan Sokal y Jean Bricmont

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Existen corrientes de pensamiento que, al igual que si fueran terremotos, ponen en alerta mi sismógrafo intelectual. La religión, el creacionismo, la idea de que el arte es mesurable cualitativamente de forma incontrovertible. Esa clase de cosas.

Pero si hay una tendencia intelectual que de veras me parece nociva (aunque apenas llama la atención a nuestro alrededor) es la del posmodernismo y el relativismo cognitivo. Entonces mi sismógrafo registra una puntuación máxima en la escala Richter. Cuando la gente empieza a usar el caos y lo de la mariposa que agita sus alas para originar un huracán, la mecánica cuántica, los fractales y demás sin tener ni idea y para justificar o explicar cosas que nada tienen que ver con la ciencia.

Imposturas intelectuales es uno de los libros-experimento que sin duda ha hecho más por demostrar lo ridículos que resultan los planteamientos posmodernistas y, de paso, intenta desautorizar a esa caterva de intelectuales (mayormente de las ciencias sociales) que campean a su anchas demostrando un analfabetismo insultante o una simple y llana mala fe.

El origen de este libro es una broma. Debido a que cada vez más sectores pertenecientes al ámbito de las humanidades y de las ciencias sociales han adoptado la filosofía posmodernista de rechazar más o menos explícitamente la tradición racionalista de la Ilustración, arguyendo que la ciencia no es más que una “narración”, un “mito” o una construcción social, los autores quisieron comprobar hasta donde podían llegar si ellos también adoptaban esta postura.

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¿Cuanto más aburrido, más interesante?

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De todos es conocida esa ecuación que postula que cuanto más soporífero y enrevesado es un libro mayor es su grado de profundidad. También ocurre a la inversa: cuanto más entretenida y adictiva es una lectura, mayor es su grado de superficialidad. La mayoría de nosotros estamos en contra de esta idea, sabemos que diversión o frivolidad no son sinónimos de superficialidad, y que ampulosidad tampoco es sinónimo de pensamiento más potente, como ya demostró genialmente Alan Sokal y Jean Bricmont en Imposturas intelectuales. Sin embargo, pese a que todos lo repetimos una y otra vez, seguimos sintiéndonos succionados por la afectación de un libro y no por su contenido. La cáscara es la que sirve para llamar la atención, no el fruto.

Valga esta reflexión como un grano de arena más en esa montaña que todo el mundo conoce pero que, en la práctica, se obstina en no mirar. Un grano de arena, espero, que moleste como un guijarro en el zapato.

A pesar de que escaseen los ejemplos, la sabiduría y la erudición no precisan de un vocabulario o una sintaxis especializados. Todo se puede explicar con palabras llanas y construcciones asequibles, aunque ello necesite de mayor inversión de energía y conocimiento por parte del autor. Energía que no se ve recompensada, pues es más fácil alcanzar la gloria escribiendo raro y difícil que haciéndolo digerible para la mayoría. Luego está el esnobismo de sentir que uno puede entender lo que la mayoría no entiende, claro. Y por último, tampoco debemos olvidarlo, existen personas que disfrutan de lo críptico, se solazan en la búsqueda del sentido, en la confusión, en la poética de lo inexpugnable. Aunque son menos personas de lo que parece.

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