Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948), trabajó de muy joven en toda clase de oficios para pagarse los estudios, en especial como profesor de guitarra clásica desde los dieciséis hasta los diecinueve años (experiencia que trasladaría de algún modo a su novela El guitarrista). Fue profesor de Lengua y Literatura españolas en un instituto de bachillerato de Madrid y actualmente imparte clases en la Escuela de Arte Dramático de esta misma ciudad. Con su ópera prima, Juegos de la edad tardía, que fue rechazada en principio por todas las editoriales a las que presentó el manuscrito, fue Premio de la Crítica y Nacional de Narrativa en 1990.
Como sucede siempre con Luis Landero, la que es su última novela no me ha decepcionado en absoluto. Más al contrario: parece que con los años, Landero ha conseguido perfilar todavía más su estilo. Lástima que sea un escritor poco prolífico, pero, teniendo en cuenta que sus textos destilan una perfección estilística y una capacidad evocadora que roza la hiperestesia, comprendo la demora entre libro y libro. A Landero no puedo evitar imaginármelo dedicándose en cuerpo y alma a cada página, a cada frase, a cada palabra, con una minuciosidad de cirujano.
La historia es aparentemente sencilla y hierática, como la mayoría de historias de Landero, pero no importa, resulta tan apasionante y adictiva como el mejor folletín: de hecho, tuve que leerme dos veces el libro, uno para resolver la trama, que me tenía en vilo; otra para paladear la musicalidad de las palabras.

Juegos de la edad tardía fue la primera novela que publicó, en 1989, 