No debe ser fácil llevar el peso de ser considerado el mejor autor de cómics de la historia. Alan Moore ha gozado oficiosamente de ese título por casi tres décadas, y méritos no le han faltado. Fue el primero en darle dimensión de profundidad a los personajes planos de la historieta y convertir el lenguaje del cómic en expresión literaria. Sus superhéroes autoconscientes y existenciales de Watchmen fueron suficientes como para transformar el género para siempre jamás. Y sin embargo cabe preguntarse veinte años después lo que jamás pensé que diría, que la fórmula se ha agotado. O que el mago Moore está perdiendo la chispa.
En el mundillo irregular del cómic Alan Moore es uno de esos nombres incompatibles con el fracaso. Podrán hacerlo mejor o peor, más conseguido o no, pero son simplemente incapaces de hacer un mal cómic. Un problema con Moore es que quizás nos tiene acostumbrados a la excelencia, a verle producir una obra maestra una tras otra. Pero el síntoma que aparece en dos de sus últimas obras, The Forty-Niners y Albion, no es sólo una calidad aceptable sino una falta de creatividad al borde del autoplagio.
Vamos por partes, como dijo el protagonista de From Hell. The Forty-Niners es una suerte de ‘precuela’ a la serie en doce tomos del propio Moore Top Ten, que nos sitúa en una ciudad habitada enteramente por superhéroes y personajes de historieta en la que el cuerpo de policía se enfrenta a casos disparatados, desde infracciones de tráfico causadas por teleportadores a redes de pederastia camufladas bajo ‘ligas de la justicia’. En The Forty-Niners asisitimos a la fundación de la ciudad justo después de la segunda Guerra Mundial y conocemos el trasfondo de alguno de los personajes más veteranos.

