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Lectura

Cuando los libros no son tan interesantes como la realidad

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4526172814_7b1c10a8d5.jpgSí, los libros son importantes. Pero a menudo los grandes lectores confunden la función de los libros. Porque los libros no son más interesantes que la realidad sino que nos enseñan a registrar mejor la realidad, como ya esbocé en Los libros que me enseñaron a mirar.

Por ejemplo, nos podemos dejar hipnotizar por los eufónicos y sugerentes nombres de los lugares descritos en las novelas de fantasía, como la Tierra Media de Tolkien. Pero si aprendéis a mirar un atlas sobre nuestro mundo, descubriréis lugares como Wee Waa, Burrumbuttock, Boomahnoomoonah, Mullumbimby, Ewlyamartup, Jiggalong. Unos nombres extrañísimos que, sin embargo, existen en un país tan “normal” como Australia.

Y en Estados Unidos hallé calles con nombres tan fantásticos como Road to Happiness (Camino a la felicidad), None Such Place (No hay Tal Lugar), Hell For Certain (El Infierno para algunos) o Shades of Death Road (Las tonalidades de la Muerte), y en Inglaterra: Whip Ma Whop Ma Gate. Y me dejo muchos en el tintero.

Cuando al fin me di por convencido de que el mundo era más grande y exótico de lo que yo había imaginado (o de lo que las agencias de viajes me sugerían con sus ofertas turísticas) fue justo en el momento en que leí acerca de cómo se forman los tsunamis en el Mediterráneo. En el artículo que consulté se hablaba de diversos proyectos científicos para impulsar una red de perforaciones marinas con objeto de prever los tsunamis. Al final del artículo aparecía un dibujo del Mar Mediterráneo con los puntos de perforación en zonas de posibles corrimientos de tierra. Los nombres de estos puntos me parecieron propios de otro planeta: Llanura abisal iónica, Llanura abisal de heródoto, Talud de Israel. Nombres tan sonoros y sugerentes que podrían figurar en cualquier novela de ciencia ficción.

A partir de entonces, empecé a mirar, en vez de ver. Tal y como lo expresa Patricia Schultz es su libro con hechuras de Biblia 1.000 sitios que ver antes de morir:

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¿Por qué leer a través de Internet no es lo mismo que leer un libro?

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hipertexto_realista.jpgLeer textos a través de Internet, mayormente hipertextos, no parece ser lo mismo que leer un texto fuera de Internet, mayormente un texto plano. Sobre todo si nuestra intención es aprender.

La intuición parece decirnos lo contrario: si la cuestión es aprender, lo mejor parecer ser que el texto esté jalonado de vínculos que enlacen con otras páginas, así se conseguirá una suerte de conocimiento interconectado, global, orgánico, de perspectiva múltiple, etc.

Pero la investigación sugiere, en base a los efectos cognoscitivos del hipertexto, que éste no es ninguna panacea para la educación del futuro. El mayor handicap es que el la propia estructura del hipertexto dificulta la lectura: implica la realización de tareas muy exigentes ajenos al acto de leer en sí mismo, tal y como señala Nicholas Carr en Superficiales:

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Leo eso porque tú lo lees o por qué ser una oveja no es tan malo (y II)

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opera_corazon1.jpgComo decíamos en la primera entrega de este artículo, por ejemplo, veamos un ejemplo de mercado en el que no hay demasiada presión de la mercadotecnia: la música clásica. A pesar de que en la música parece que el factor determinante parece ser el talento, lo cierto es que también hay otros factores muy familiares, como argumenta el economista Sherwin Rosen:

El mercado de la música clásica nunca ha sido tan amplio como hoy; sin embargo, el número de instrumentistas profesionales sólo ronda el centenar (y mucho menos si el instrumento es la voz, el violín o el piano). Los músicos de primera fila constituyen un grupo diminuto dentro de estas cifras ya de por sí pequeñas y, por supuesto, ganan mucho dinero. Hay diferencias tremendas entre sus ingresos y los ingresos de los músicos de segunda fila, aunque la mayoría de los consumidores serían incapaces de detectar la más mínima diferencia en una prueba con los ojos vendados.

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Leo eso porque tú lo lees o por qué ser una oveja no es tan malo (I)

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gran-hermano-13_casting_telecinco_zeppelin-tv_logo.jpgMola cantiduvi eso de ir a contracorriente, lo de ser diferente, lo de romper el molde, lo de sentirse identificado con Mafalda cuando afirma compungida que en este mundo hay mucha gente pero pocas personas. El aborregamiento que denunciaba Ortega y Gasset es el peor insulto que te pueden dedicar: que si escuchas música demasiado comercial, que si lees libros que están en el Top10 de centro comercial de fin de semana, que si la pintura que decora tu recibidor ya está muy manida, que tu programa de radio favorito es pura radiofórmula…

En el arte, ser original suele ser un plus (aún cuando la originalidad, admitámoslo, tiene algo de entelequia).

Bien, como de costumbre, voy a tocar varias narices: no, no y no. Y además voy a explicarme sin que esto se parezca a la conversación de dos invitados del extinto programa de Sánchez Dragó hasta arriba de marihuana (o de alcohol, ¿recordáis al tipo de “el milenarismo ha llegado”?).

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¿Por qué las series de TV son lo más parecido a la literatura? (y III)

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figura-lab-coat-zombie.jpgUno de nuestros lectores, nuriacd, cuando reseñé el libro Teleshakespeare, me sugirió la lectura de 4 buenas razones para eliminar la televisión de Jerry Mander. Libro que en su día ya consulté. Pero aquí debemos aplicar, como en todo, lo que dijo Clovis Andersen: “Uno no sabe nada hasta que no sabe por qué lo sabe.”

El libro afirma que la TV nos vuelve tontos, elimina el espíritu crítico, favorece el gregarismo, etc. Son sentencias muy serias, pero ¿dónde está la evidencia experimental de que eso es así? ¿Dónde están los ensayos controlados? ¿Qué imágenes de resonancia magnética u otras del cerebro de los televidentes parangonados con el cerebro de los no televidentes nos ofrece el autor? ¿Cómo sabe que ahora somos más zombis que antes precisamente por la televisión? ¿Qué clase de destrezas intelectuales concretas está midiendo el autor?

Por ejemplo, existe estudios para determinar los cambios que ocurren en nuestro cerebro cuando leemos un libro, como el siguiente, publicado en la revista Science (una de las más prestigiosas del mundo) y llevado a cabo por Laurent Cohen, investigador del Instituto Nacional de la Salud y de la Investigación Médica de Francia (INSERM):

No hay un sistema cerebral innato especializado en la lectura, tenemos que hacer bricolaje, utilizar sistemas que ya existen.

Para realizar el estudio, Cohen usó la resonancia Magnética, midiendo la actividad cerebral de 63 adultos voluntarios con diferentes índices de alfabetización: 10 analfabetos, 22 personas alfabetizadas en edad adulta y 31 personas escolarizadas desde la infancia. La investigación se realizó en Portugal y Brasil, países en los que hasta hace unas décadas, era relativamente frecuente que los niños no fueran escolarizados.

¿Algo equivalente para afirmar que ver la televisión nos cambia tanto a peor?

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¿Por qué las series de TV son lo más parecido a la literatura? (II)

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20090421140727-television.jpgComo os adelantaba en la anterior entrega de esta serie de artículos, la televisión también nos hace inteligentes, aunque desarrolle una inteligencia distinta a la que desarrolla la literatura.

Es lo que se ha llamado Efecto Flynn, por su descubridor, el filósofo americano James Flynn. Este efecto reza lo siguiente: independientemente de la etnia, la clase social o el nivel educativo, los americanos se están volviendo más inteligentes a medida que transcurren los años. Flynn cuantificó este cambio: en 40 años, la población americana había ganado 13,8 puntos de media de coeficiente intelectual.

Uno de los motivos es precisamente la televisión. En palabras del psicólogo social Carmi Schooler, el efecto Flynn refleja claramente que el entorno se está volviendo cada vez más complejo. Hasta el punto de que este entorno acaba recompensando el esfuerzo cognitivo. En este entorno, los individuos deberían estar motivados para desarrollar su capacidad intelectual y extrapolar los procesos cognitivos resultantes a otras situaciones.

La complejidad ambiental se debe a muchos motivos, pero, según Steven Johnson, uno de los motivos principales es la aparición de los medios de masas, de acceso universal y barato, y también de la densidad narrativa y complejidad psicoemocional crecientes: los videojuegos, la televisión, Internet, el cine y otras formas de entretenimiento interactivo que te obligan a tomar decisiones en todo momento.

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¿Por qué las series de TV son lo más parecido a la literatura? (I)

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arma_de_distraci_n_masiva.jpgVamos a empezar dinamitando tópicos. Se suele afirmar que ver mucho la tele te atonta o que ver mucho la tele no es bueno en general, pero no suele escucharse lo mismo en referencia a leer demasiado. Si vemos a un tipo embobado delante de una pantalla durante ocho horas enseguida compondremos una imagen estereotipada del tipo: es un zombi, un idiota que no piensa, un vago, lo peor de la nevera, en resumidas cuentas.

Si vemos a un tipo embobado leyendo un libro durante ocho horas, nunca nos formaremos esa imagen. Incluso es muy posible que nos formemos una imagen diametralmente opuesta. Leer mucho es la metonimia de pensar mucho. Ver mucho la tele es hacer el gilipollas.

Esto es sólo un síntoma de una idea tan generalizada que ya no se sustenta en razones o evidencias científicas sino en simples dogmas.

Otro tópico irracional: afirmar que la TV es mala pero que los libros son buenos o malos según lo que se lea. Es como afirmar que las drogas son malas mientras te bebes una copa de vino durante la cena, o mientras te compras una pastilla en una farmacia. Todo es cuestión de medidas, todo puede complementarlo todo… pero en el tema de la TV, no. La TV es una droga. Mala, mala, mala. Y los televidentes, toxicómanos. ¿Existen televidentes intelectuales? NO. Y punto pelota.

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¿Cómo la tecnología está cambiando la literatura y nuestra forma de leer… a peor?

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111.jpgComo lo prometido es deuda, aquí os presento un análisis de cómo la tecnología está modificando inadvertidamente la literatura contemporánea. Así que, siguiendo la línea abierta en el tríptico ¿Realmente leer en papel es lo mismo que leer en pantalla? (I), (II) y (y III), vamos allá.

Aunque nadie cree que los libros impresos vayan a desaparecer en un futuro cercano, lo cierto es que los libros electrónicos son cada vez más cómodos y útiles: sólo consumen energía cuando pasamos la página, no hay retroiluminación que canse la vista, la definición es equivalente a la de un papel impreso, podemos transportar miles de libros es sólo unos gramos de peso, etc.

Es decir: los libros electrónicos están introduciéndose en nuestros hábitos lectores de una forma tan rápida que ni siquiera nos percatamos de los efectos colaterales que producen. Pero como ya profetizó Mcluhan: un cambio en el medio implica un cambio en el contenido.

El principal problema de los libros electrónicos es que inevitablemente cada vez se parecen más a los ordenadores: tienen conexión a Internet, posibilidad de incluir hipervínculos, sonido, animaciones, vídeos, redes sociales, bloc de notas, diccionario. Finalmente, leer en un libro electrónico, salvo por la comodidad, se parece bastante a leer en una pantalla de ordenador con conexión a Internet. Y, como ya os expliqué en el tríptico ¿Realmente leer en papel es lo mismo que leer en pantalla? (I), (II) y (y III), ello influye en nuestra capacidad de leer textos profundos con una cuota de atención sostenida.

En pocas palabras, y tal y como señala el psicólogo Steven Johnson, la inmersión absoluta en otro mundo creado por el autor podría verse comprometido. El e-book nos aboca a terminar leyendo libros tal y como leemos revistas y periódicos: picoteando de aquí y de allá. Incluso leyendo a la inversa: yo mismo empiezo a leer siempre el periódico por la última página.

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¿Realmente leer en papel es lo mismo que leer en pantalla? (II)

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Como os señalaba en la anterior entrega de este artículo, cada vez dedicamos más tiempo a navegar por Internet. Sin embargo, ello no repercute en que cada vez veamos menos la televisión, por ejemplo.

Lo que sí parece estar disminuyendo es el tiempo que pasamos leyendo. Sí, es cierto que en Internet no dejamos de leer webs, pero lo que dejamos de hacer a cambio de ese tiempo de lectura es leer publicaciones impresas como periódicos, revistas y libros.

Pero lo importante es leer, ¿no es así? ¿Qué importa el medio? Las editoriales acabaran por adaptarse al medio online. Los periodistas se convertirán en bloggers. Y asunto arreglado.

Pero la situación no son tan intuitiva como parece. Tal y como están las cosas en lo tecnológico, cuando la Red absorbe un medio y lo digitaliza (ya sea un periódico, un libro o una revista), no acostumbra a dejar el medio tal cual era sino que lo modifica, adaptándolo a las leyes de la propia Red. Esto es: le añade hipervínculos, los fragmenta para secciones aptas para la búsqueda, le añade videos y animaciones, etc.

El problema estriba en que estas modificaciones en el contenido también alteran la manera en que usamos, experimentamos e incluso comprendemos el contenido.

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‘Superficiales: ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes?’ de Nicholas Carr

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superficiales_que_esta_haciendo_internet_con_nuestras_mentes_portada_completa.jpgSeré sincero: lo que pensé cuando supe del lanzamiento de este libro fue algo así como “vaya, otro opúsculo alarmista y ludita sobre los riesgos de la tecnología; otro intelectual apolillado defendiendo su forma de obtener conocimientos, superior y más romántica, sobre cualquier otra que se haya forjado después de su nacimiento; otro autor que se atreve a decir que las nuevas generaciones son menos instruidas cuando diversos estudios demuestran lo contrario; otro defensor de lo clásico simplemente por clásico; otro ignorante de cómo funciona Internet, que no sabe que Wikipedia adolece de menos fallos que la Enciclopedia Británica“.

Sin embargo, a las pocas páginas de Superficiales, tuve que tragarme mis prejuicios. Y al terminar la obra de Nicholas Carr, admití que había cambiado de opinión: Internet nos está volviendo imbéciles (aunque esto lo matizaré más adelante).

Y Carr no ha usado devaneos románticos o miedos de perder el statuo quo para armar su idea, ni siquiera da lugar para opiniones personales: se limita a presentar las decenas de investigaciones científicas que se han hecho al respecto en el campo de las neurociencias o la historia.

Por si fuera poco, la prosa de Carr es increíblemente precisa, capaz de mezclar temas de la forma más amena, introduciéndote poco a poco por los vericuetos de su tesis, haciendo hablar tanto a filósofos muertos como a expertos actuales en neurociencias o psicología cognitiva. Salvando las distancias, esta capacidad de hilvanar temas y presentarlos de forma atractiva, con diversas capas de lectura, sólo la poseen autores como Malcolm Gladwell o Bill Bryson.

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