Sí, los libros son importantes. Pero a menudo los grandes lectores confunden la función de los libros. Porque los libros no son más interesantes que la realidad sino que nos enseñan a registrar mejor la realidad, como ya esbocé en Los libros que me enseñaron a mirar.
Por ejemplo, nos podemos dejar hipnotizar por los eufónicos y sugerentes nombres de los lugares descritos en las novelas de fantasía, como la Tierra Media de Tolkien. Pero si aprendéis a mirar un atlas sobre nuestro mundo, descubriréis lugares como Wee Waa, Burrumbuttock, Boomahnoomoonah, Mullumbimby, Ewlyamartup, Jiggalong. Unos nombres extrañísimos que, sin embargo, existen en un país tan “normal” como Australia.
Y en Estados Unidos hallé calles con nombres tan fantásticos como Road to Happiness (Camino a la felicidad), None Such Place (No hay Tal Lugar), Hell For Certain (El Infierno para algunos) o Shades of Death Road (Las tonalidades de la Muerte), y en Inglaterra: Whip Ma Whop Ma Gate. Y me dejo muchos en el tintero.
Cuando al fin me di por convencido de que el mundo era más grande y exótico de lo que yo había imaginado (o de lo que las agencias de viajes me sugerían con sus ofertas turísticas) fue justo en el momento en que leí acerca de cómo se forman los tsunamis en el Mediterráneo. En el artículo que consulté se hablaba de diversos proyectos científicos para impulsar una red de perforaciones marinas con objeto de prever los tsunamis. Al final del artículo aparecía un dibujo del Mar Mediterráneo con los puntos de perforación en zonas de posibles corrimientos de tierra. Los nombres de estos puntos me parecieron propios de otro planeta: Llanura abisal iónica, Llanura abisal de heródoto, Talud de Israel. Nombres tan sonoros y sugerentes que podrían figurar en cualquier novela de ciencia ficción.
A partir de entonces, empecé a mirar, en vez de ver. Tal y como lo expresa Patricia Schultz es su libro con hechuras de Biblia 1.000 sitios que ver antes de morir:

Leer textos a través de Internet, mayormente hipertextos, no parece ser lo mismo que leer un texto fuera de Internet, mayormente un texto plano. Sobre todo si nuestra intención es aprender. 
Mola cantiduvi eso de ir a contracorriente, lo de ser diferente, lo de romper el molde, lo de sentirse identificado con Mafalda cuando afirma compungida que en este mundo hay mucha gente pero pocas personas. El aborregamiento que denunciaba Ortega y Gasset es el peor insulto que te pueden dedicar: que si escuchas música demasiado comercial, que si lees libros que están en el Top10 de centro comercial de fin de semana, que si la pintura que decora tu recibidor ya está muy manida, que tu programa de radio favorito es pura radiofórmula…
Uno de nuestros lectores,
Como os adelantaba en la anterior entrega de esta serie de artículos, la televisión también nos hace inteligentes, aunque desarrolle una inteligencia distinta a la que desarrolla la literatura.
Vamos a empezar dinamitando tópicos. Se suele afirmar que ver mucho la tele te atonta o que ver mucho la tele no es bueno en general, pero no suele escucharse lo mismo en referencia a leer demasiado. Si vemos a un tipo embobado delante de una pantalla durante ocho horas enseguida compondremos una imagen estereotipada del tipo: es un zombi, un idiota que no piensa, un vago, lo peor de la nevera, en resumidas cuentas.
Como lo prometido es deuda, aquí os presento un análisis de cómo la tecnología está modificando inadvertidamente la literatura contemporánea. Así que, siguiendo la línea abierta en el tríptico
Como os señalaba en
Seré sincero: lo que pensé cuando supe del lanzamiento de este libro fue algo así como “vaya, otro opúsculo alarmista y ludita sobre los riesgos de la tecnología; otro intelectual apolillado defendiendo su forma de obtener conocimientos, superior y más romántica, sobre cualquier otra que se haya forjado después de su nacimiento; otro autor que se atreve a decir que las nuevas generaciones son menos instruidas cuando 