Como os señalaba en la anterior entrega de este artículo, cada vez dedicamos más tiempo a navegar por Internet. Sin embargo, ello no repercute en que cada vez veamos menos la televisión, por ejemplo.
Lo que sí parece estar disminuyendo es el tiempo que pasamos leyendo. Sí, es cierto que en Internet no dejamos de leer webs, pero lo que dejamos de hacer a cambio de ese tiempo de lectura es leer publicaciones impresas como periódicos, revistas y libros.
Pero lo importante es leer, ¿no es así? ¿Qué importa el medio? Las editoriales acabaran por adaptarse al medio online. Los periodistas se convertirán en bloggers. Y asunto arreglado.
Pero la situación no son tan intuitiva como parece. Tal y como están las cosas en lo tecnológico, cuando la Red absorbe un medio y lo digitaliza (ya sea un periódico, un libro o una revista), no acostumbra a dejar el medio tal cual era sino que lo modifica, adaptándolo a las leyes de la propia Red. Esto es: le añade hipervínculos, los fragmenta para secciones aptas para la búsqueda, le añade videos y animaciones, etc.
El problema estriba en que estas modificaciones en el contenido también alteran la manera en que usamos, experimentamos e incluso comprendemos el contenido.

Seré sincero: lo que pensé cuando supe del lanzamiento de este libro fue algo así como “vaya, otro opúsculo alarmista y ludita sobre los riesgos de la tecnología; otro intelectual apolillado defendiendo su forma de obtener conocimientos, superior y más romántica, sobre cualquier otra que se haya forjado después de su nacimiento; otro autor que se atreve a decir que las nuevas generaciones son menos instruidas cuando
De algún modo, Los niños parecen refocilarse escuchando justo lo que esperan escuchar. Por eso no dejan de reclamar que les leamos la misma historia una y otra vez. Y es anatema cambiar algún detalle del cuento: enseguida el niño nos reprimirá nuestra creatividad. Por supuesto, para los padres es un poco agotado leer siempre las mismas aventuras del osito que se fue al parque de atracciones, pero los niños, sin embargo, extraen unas importantes enseñanzas de esta reiteración.
¿Tenéis libros en casa? Pero no digo unos pocos sino unos cuantos, es decir, varios cientos que amenazan con convertirse en miles, creciendo en estanterías, con posibilidades muy altas de transformarse en una avalancha de letras o apilados en el suelo cortándote el paso. Augusto Monterroso ya decía en un pequeño texto de ‘Movimiento perpetuo’, 
Se suele decir que una imagen vale más que mil palabras. A mi juicio, no siempre es así. Depende de la imagen, y también depende de las palabras que escojamos. Mil palabras muy bien escogidas pueden tener un impacto que difícilmente conseguirá una imagen. Pero hay imágenes que transmiten algo a lo que no tiene acceso la palabra.
En el mar puedes hacerlo todo bien, según las reglas, y aun así el mar te matará. Pero si eres buen marinero, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de morir, dijo Arturo Pérez-Reverte.
En muchos de procesadores de textos podéis usar la tipografía helvética, las letras de los titulares de la mayoría de los periódicos del mundo.
Cuando leemos un libro solemos darle más importancia a lo que dice el libro que a las letras en sí mismas. Es obvio: la mayoría de libros que leemos hoy en día usan fuentes tipográficas muy similares, diseñadas específicamente para allanarnos el camino hacia la narración.