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Una visita con mi abuela a la biblioteca de mi infancia

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biblioteca1.jpgAbuela –le dije una tarde-, ¿podemos ir a aquel sitio?
-¿Adónde?
-Allí –le señalé con el dedo. –Me han dicho mis amigos que hay muchos libros y revistas.
-Ah, eso. Es la biblioteca del barrio.
-Entonces, ¿qué?
-¿Qué de qué? –Aquel alarde de retórica unió a la impaciencia el desconcierto.
-Que si me llevas.

Cruzamos toda la plazoleta, y luego recorrimos un sendero de grava que nos condujo a la puerta principal de la biblioteca, custodiada por dos altos cipreses. Era un edificio de dos plantas, rectangular, de líneas sobrias y fachada restaurada hacía poco tiempo.

La barahúnda del exterior (sobre todo la monótona cantinela de una anciana que voceaba cupones) fue sofocada como por ensalmo al adentrarnos en el vestíbulo. Resaltamos enseguida, a los pocos segundos de franquear la puerta, ya que el lugar no estaba precisamente concurrido. En realidad no era la primera vez que entraba en una biblioteca, pero sí era la primera vez que entraba con mi abuela, que sinceramente no era muy leída.

Me acometió la imperiosa necesidad de contaminarla del entusiasmo que me embargaba; de explicarle lo fascinante que sería leer aquellos volúmenes; que todas aquellas obras eran una suerte de ruedas Catalinas, pequeñas y sin importancia aparente, pero decisivas para el devenir del tiempo y el movimiento hacia el futuro. Pero cuál fue mi sorpresa al advertir como ella, por sí misma, avanzaba por el vestíbulo, pasando junto a las fotocopiadoras, las vitrinas de exhibición de los recursos de reciente ingreso en el sistema y el mostrador de Circulación y Préstamo, tomaba un diccionario, ubicado en las estanterías que rodeaban la sala de lectura, y lo abría por la primera página.

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Os voy a dar 3 consejos para ser escritor... aunque el relleno pueda estar caliente cuando se caliente

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Que existen recetas infalibles para convertirse en escritor es una leyenda urbana a la altura de que en las cloacas de Nueva York viven caimanes gigantes, que la llegada a la Luna es un camelo y fue filmada en un estudio de Hollywood o que el número de estrellas que hay dentro de la “P” del título de la portada de la revista Playboy indica las veces que Hugh Hefner ha tenido relaciones con la muchacha del desplegable.

Bueno, vale, no voy a ser tan injusto. No es como creer una cosa para idiotas. Creer que existen recetas infalibles para ser escritor es como repetir perogrulladas como la que figura en la caja de Pop-Tarts de Kellog´s, que dice: “cuidado: el relleno puede estar caliente cuando se calienta”. Llamativas bengalas que no dicen nada que no sepamos (aunque lo digan de otra forma muy distinta): como que en las pepitas de manzana hay cantidades perceptibles de cianuro, un compuesto de conocida toxicidad para los humanos. O que cualquier cosa que nos rodea atrae a todos los cuerpos del universo con una fuerza igual al producto de sus masas dividido por el cuadrado de sus distancias.

Acongoja, pero en realidad no aporta nada que no sepamos ya.

Sin embargo, de vez en cuando recibo correos de lectores que me preguntan acerca de la receta para convertirse en escritor. O sencillamente me envían algún escrito suyo con la intención de que lo someta a mi escrutinio. Es entonces cuando me veo entre la espada y la pared.

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¿Perdemos el tiempo leyendo a autores demasiado antiguos?

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aristoteles1.jpgYa sabéis de mi afición de avivar la llama de la polémica para suscitar el intercambio sano de ideas a fin de consolidar lo que ya sabemos, o quizá modificarlo un poco, pulirlo, replantearlo. Y, quién sabe, tal vez haya algún cambio de opinión (aunque el formato adversarial no sea muy propio para ello). En cualquier caso, ahí va la pregunta peliaguda del día: ¿leer a autores demasiados antiguos es una pérdida de tiempo?

Obviamente, primero hay que definir lo que significa “perder el tiempo”. En la literatura, supongo que tal concepto es imposible de definir. Cada uno disfruta de lo que quiere, bucea en los autores que considera y saca frutos según el bagaje que le acompañe en sus lecturas. No hay mucho más que discutir.

Sin embargo, la cosa cambia si hablamos de libros de no ficción: filosofía, divulgación, historia, política, psicología, etc. Entonces sí que podemos afirmar con cierto grado de seguridad que determinadas lecturas son perder el tiempo (si consideramos perder el tiempo obtener conocimientos útiles y no simples elucubraciones sin sentido o datos obsoletos o erróneos). Entonces, estar muerto hace muchos años ya no es garantía de sabiduría. No digo que un pensador antediluviano pueda dar en el clavo o consiga enfocar determinado problema con una brillantez que jamás se alcanzará posteriormente: lo que digo es que tener antigüedad no es garantía de ello.

Más bien es un handicap.

Si leemos, por ejemplo, a un pensador de hace seis siglos a fin de aplicar sus lucubraciones a los problemas que nos atañen, estaremos obligados a desbrozar ideas muertas y ello precisa de un trabajo cognitivo superior que si leemos a un pensador contemporáneo, cuyas ideas sintonizan mejor con los nuevos conocimientos (hablo, por supuesto, en general: seguro que hay pensadores contemporáneos que sólo tienen ideas muertas).

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¿Cómo cambia tu cerebro cuando lees o escribes?

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bc522_aprenderaleer.jpgTodos tenemos la intuición de que, al leer un libro, salimos un poco cambiados de la experiencia. Más sabios (o más resabiados), con mayor perspectiva, más empáticos, con mayor ojo crítico, más soñadores, con mayores ansias por conocer, más viajados, con más amigos, menos solos, en definitiva. Algo parecido sucede con la escritura, aunque de un modo ligeramente distinto.

Pero tener la intuición, creer, sospechar, sentir… no es lo mismo que saber. Para saber si realmente la lectura o la escritura nos cambia, deberíamos detectar cambios físicos medibles en nosotros. Y como nosotros, el Yo, estamos contenidos en nuestros cerebros, habría que buscar esos cambios en los cerebros de los lectores.

Y la verdad es que las pruebas neurológicas al respecto son abrumadoras. Aunque, en apariencia, un lector tiene la misma pinta que un no lector, incluso que un analfabeto, se podría decir que un lector es, respecto a una persona que nunca ha aprendido a leer, una criatura perteneciente a otra especie.

No sólo hay diferencias estructurales en el cerebro, sino que los cerebros lectores entienden de otra manera el lenguaje, procesan de manera diferente las señales visuales; incluso razonan y forman los recuerdos de otra manera, tal y como señala la psicóloga mexicana Feggy Ostrosky-Solís:

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Leer es antinatural

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Sí, aunque suene contraintuitivo es así. Leer es antinatural. Sin embargo, nos puede parecer una afirmación extravagante si todavía arrastramos en nuestro bagaje cultural la idea de que lo natural es lo bueno y lo artificial es lo malo. Que lo bueno es lo que la naturaleza nos entrega espontáneamente y que lo malo es todo lo creado por el ser humano, todo lo manipulado, modificado o sobrealimentado.

Por ejemplo, la gente pierde horas de su tiempo discutiendo la legitimidad de la homosexualidad en base a si es natural o en antinatural.

Esta idea beatífica del mundo (la naturaleza es buena, el buen salvaje) se concentra en el ámbito de la alimentación en los llamados alimentos ecológicos. Pero se olvida con frecuencia que los vegetales (los comestibles, entre ellos) acumulan en su organismo sistemas y moléculas de defensa que directa o indirectamente son tóxicos para el organismo humano. Puede parecer una anécdota, pero una berenjena, por ejemplo, contiene casi tanta nicotina como un cigarrillo light. El tabaco, las setas venenosas o la cocaína se obtienen de forma natural y, evidentemente, todos sabemos que no representan un beneficio sobre la salud.

Lo mismo sucede con la lectura. Es antinatural, pero no por ello el adjetivo debe arrastrar connotaciones peyorativas. Precisamente leer es tan bueno porque es antinatural.

El estado natural del cerebro humano, así como el de la mayoría de los primates, tiende a la distracción. Basta con que aparezca cualquier estímulo interesante, y nuestro cerebro sentirás interés por él, olvidándose de lo que estaba haciendo. Sin embargo, leer un libro requiere de una capacidad de concentración intensa durante un largo periodo de tiempo.

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¿Realmente leer en papel es lo mismo que leer en pantalla? (y III)

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Además de los hipervínculos, la lectura digital está lastrada por otros factores que sólo se dan en ésta y no en la tradicional, es decir, en la versión impresa.

Eso sucede porque la Red promueve la lectura fragmentada y selectiva. Es decir: que cada vez leemos menos textos completos (y si lo hacemos, nos saltamos párrafos con más facilidad). Si aspiro a que el lector se lea todo lo que escribo por aquí, deberé reducir a la mínima expresión el artículo: jamás pasarme de determinado número de páginas, jamás entrar en disquisiciones demasiado densas. La Red no permite la lectura sostenida.

Además, muchos de los lectores de este artículo llegarán aquí mediante búsquedas en motores como Google. Por ejemplo, alguien andará buscando información sobre lo que son hipervínculos, el buscador le traerá a este artículo, y el lector probablemente leerá sólo el fragmento donde hablo de los hipervínculos. No puede perder demasiado tiempo en el texto completo porque a él le interesan sólo los hipervínculos y, además, Google le ha indicado que hay otras dos millones de páginas en las que también se habla de ello.

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Scriptura continua: cuando no había separaciones entre palabras y leer era como resolver un rompecabezas

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escribano1.jpgHoy le dices a un adolescente que se ponga a leer y se siente como un condenado a las galeras, tam, tam, tam. Pero leer, en la actualidad, es una actividad muy asequible si la comparamos con la scriptura continua, la escritura temprana en la que no se usaban espacios para separar las palabras.

En los libros de los escribas, las palabras se sucedían ininterrumpidamente en toda línea de toda página. Esta falta de separación reflejaba los orígenes orales del lenguaje escrito: cuando hablamos no hacemos pausas entre dos palabras: las sílabas fluyen continuamente de nuestros labios.

Así que leer en aquellos tiempos suponía una carga cognoscitiva que no era moco de pavo, como explica John Saenger en Space Between Words (Espacio entre palabras): los ojos de los lectores, entonces, debían moverse lentamente, minuciosamente, como si observaran una colección de insectos aplastados en el libro, teniendo con frecuencia que detenerse a recapitular al comienzo de cada oración, ya que la mente luchaba por entender dónde acababa una palabra y empezaba otra nueva, así como la función de cada palabra en el sentido de la frase.

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‘Superficiales: ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes?’ de Nicholas Carr

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superficiales_que_esta_haciendo_internet_con_nuestras_mentes_portada_completa.jpgSeré sincero: lo que pensé cuando supe del lanzamiento de este libro fue algo así como “vaya, otro opúsculo alarmista y ludita sobre los riesgos de la tecnología; otro intelectual apolillado defendiendo su forma de obtener conocimientos, superior y más romántica, sobre cualquier otra que se haya forjado después de su nacimiento; otro autor que se atreve a decir que las nuevas generaciones son menos instruidas cuando diversos estudios demuestran lo contrario; otro defensor de lo clásico simplemente por clásico; otro ignorante de cómo funciona Internet, que no sabe que Wikipedia adolece de menos fallos que la Enciclopedia Británica“.

Sin embargo, a las pocas páginas de Superficiales, tuve que tragarme mis prejuicios. Y al terminar la obra de Nicholas Carr, admití que había cambiado de opinión: Internet nos está volviendo imbéciles (aunque esto lo matizaré más adelante).

Y Carr no ha usado devaneos románticos o miedos de perder el statuo quo para armar su idea, ni siquiera da lugar para opiniones personales: se limita a presentar las decenas de investigaciones científicas que se han hecho al respecto en el campo de las neurociencias o la historia.

Por si fuera poco, la prosa de Carr es increíblemente precisa, capaz de mezclar temas de la forma más amena, introduciéndote poco a poco por los vericuetos de su tesis, haciendo hablar tanto a filósofos muertos como a expertos actuales en neurociencias o psicología cognitiva. Salvando las distancias, esta capacidad de hilvanar temas y presentarlos de forma atractiva, con diversas capas de lectura, sólo la poseen autores como Malcolm Gladwell o Bill Bryson.

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Los niños que quieren oír muchas veces el mismo cuento aprenden más deprisa

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pop_7mo.jpgDe algún modo, Los niños parecen refocilarse escuchando justo lo que esperan escuchar. Por eso no dejan de reclamar que les leamos la misma historia una y otra vez. Y es anatema cambiar algún detalle del cuento: enseguida el niño nos reprimirá nuestra creatividad. Por supuesto, para los padres es un poco agotado leer siempre las mismas aventuras del osito que se fue al parque de atracciones, pero los niños, sin embargo, extraen unas importantes enseñanzas de esta reiteración.

Al menos si atendemos a un estudio de la Universidad británica de Sussex, dirigido por la psicóloga Jessica Horst, que fue publicada en la revista Frontiers in Psychology. Según el estudio, es esta repetición lo que acelera la adquisición del vocabulario del niño.

El experimento de la doctora Horst consistió en exponer a dos grupos de niños de 3 años al aprendizaje de dos palabras nuevas. Cada una de ellas era una palabra inventada para designar un objeto desconocido, como por ejemplo “sprock“ para referirse a un artículo manual empleado para mezclar comida.

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Condicionando el gusto literario de nuestros hijos antes de que nazcan (y II)

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Nuestros hijos pueden ser sensibles a la estética incluso en el interior del claustro materno. Así que no es tan descabellado leerle cuentos antes de que nazca, tal y como sugieren dos psicólogos.

Anthony DeCasper y Melanie Spence solicitaron a futuras madres que, durante el último trimestre de embarazo, leyesen diariamente en voz alta durante tres minutos un pasaje de The Cat in the Hat, del doctor Seuss, o The King, the Mice, and the Cheese, de Nancy y Eric Gurney.

Examinados sólo un día o dos después de nacer, los bebés que habían estado expuestos a Seuss en el útero preferían a Seuss, y los que habían oído The King preferían The King, incluso cuando era otra persona quien leía las historias. Esto no equivale a decir que en el último trimestre los niños “entendieran” realmente el cuento del Gato, pero al parecer sí percibieron su ritmo característico.

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