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Condicionando el gusto literario de nuestros hijos antes de que nazcan (I)

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Sobre educación y niños hay quintales de mitos populares sustentados en hipótesis endebles que, además, contradicen los últimos descubrimientos acerca de cómo funciona la naturaleza humana.

Por ejemplo, que los niños se parecen a sus padres porque sus padres los han educado así o asá. (En realidad, llegada la pubertad, la mayor parte del parecido que hay entre padres e hijos es el estrictamente heredado genéticamente: el resto se cultiva entre las personas que los adolescentes consideran sus pares o entre sus competidores sexuales: por eso los hijos pierden el acento de los padres y adquieren el de sus compañeros de clase; por eso los hijos nacidos de los mismos padres pueden ser tan radicalmente distintos. Interesantes experimentos con gemelos univitelinos corroboran estas ideas).

Por tanto, si un niño lee mucho o poco al superar la pubertad no depende tanto de los libros que atesoran los padres en las estanterías de casa o de las horas que han pasado contándoles cuentos o fomentando su curiosidad lectora como que los hijos hayan tenido la fortuna de mezclarse con pares o competidores sexuales que estén interesados en la lectura. (Obviamente, en las casas donde hay más libros es donde existe la probabilidad más elevada de que los hijos lean posteriormente, pero aquí no estamos ante un caso de causalidad: los padres tienen una inclinación genética por la lectura, que ha sido transmitida a los hijos: aunque no hubiera un solo libro en casa, los hijos hubieran tendido también a leer o a mezclarse con personas que leen).

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Sócrates y el peligro de saber demasiado leyendo

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Uno de los aspectos que Sócrates temía de la gente que aprendía a leer era que, una vez abierto el libro, el lector estaba sometido a ingentes cantidades de conocimiento descontrolado.

Sócrates tenía miedo del exceso de datos, y de la escasez de criterio para separar el grano de la paja. Es decir, lo que antaño pasaba con el invento de la lectura, hogaño pasa con el invento de Internet, San Google o la Wikipedia.

Decía Sócrates:

Una vez que algo se escribe, la composición, sea ésta la que fuere, empieza a moverse por todas partes, cayendo en las manos no sólo de aquellos que la comprenden, sino de igual manera en la de aquellos que nada tienen que ver con ellas; el escrito no sabe cómo dirigirse a la gente adecuada y no dirigirse a la equivocada. Y cuando se lo maltrata u se abusa de él injustamente, siempre necesita que sus padres acudan en su auxilio, puesto que es incapaz de defenderse o de ayudarse.

Sócrates no temía a la alfabetización. La alfabetización es buena, permite que la cultura fluya mejor entre personas, que se generen nuevas ideas, que se alcances cotas intelectuales más elevadas. Lo que temía Sócrates es que esta alfabetización permitiera acceder al conocimiento de manera irresponsable, sin la orientación de un maestro, sin suficiente espíritu crítico.

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Los libros que me enseñaron a mirar

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En el mar puedes hacerlo todo bien, según las reglas, y aun así el mar te matará. Pero si eres buen marinero, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de morir, dijo Arturo Pérez-Reverte.

Los libros, entre otras cosas, te enseñan a ser buen marinero. Los libros son como mapas. Los libros son como lupas, monóculos, antiparras, microscopios, telescopios e incluso estetoscopios. A pesar de su forma paralelepípeda son todo eso. Formas de mirar.

No lo sé con seguridad. Al menos, me gustaría creer que es así. Hablo de mis libros. De que me han enseñado a mirar, de algún modo. Como si mirara las cosas a través de una lupa holmesiana. O un microscopio einsteiniano. O incluso un telescopio galileoliano.

Como si mirara a través de un aparato de rayos X. Que nunca se queda en la superficie de las cosas.

Puede que el don me viniera de serie, sí, codificado genéticamente, pero al contemplar mis anaqueles de libros, de pasadizos a otros mundos llenos de personas, situaciones y reflexiones, creo que hay algo que debo de haber adquirido después de tantos días, meses y años.

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'¿Cómo aprendemos a leer?' de Maryanne Wolf

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Estamos ante un rara avis: una obra que despliega prolijos conocimientos tanto literarios como científicos. De hecho, Cómo aprendemos a leer, de la profesora de desarrollo infantil de la Tufts University Maryanne Wolf, pretende conducirnos con una mezcla de magia y rigor por todos los misterios de la lectura desde un punto de vista eminentemente neurocientífico.

Es decir, Cómo aprendemos a leer ahonda en la cultura más humanística a través de la cultura más científica. Como debe ser.

Y es que, a pesar de que la lectura ha revolucionado la cultura de nuestra especie, la aptitud de nuestro cerebro para aprender a leer no viene de serie, no es un producto de la selección natural. Lo que hace nuestro cerebro para aprender a leer, una actividad de todo punto antinatural, es establecer nuevas conexiones entre estructuras y circuitos dedicados originalmente a otros procesos cerebrales más básicos, como la visión y el habla.

La arquitectura abierta es el término que emplean los informáticos para referirse a un sistema lo bastante versátil para cambiar o reorganizarse a fin de adaptarse a las demandas variables que recibe. Pues bien, dentro de los límites de la herencia genética, nuestro cerebro es un ejemplo de arquitectura abierta. Y gracias a ello, hemos conseguido aprender a leer, mejorando lo que la naturaleza nos proporcionó en primera instancia.

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La exacta liturgia de leer un buen libro

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Todo el mundo admite que escoger bien una lectura es importante. Pero tal vez no se da tanta importancia a cómo se lee. Sin embargo, cómo leemos puede ser tan importante como lo que leemos.

Dijo el escritor Joseph Epstein que “La biografía de cualquier literato debería ocuparse extensamente de lo que leyó y cuándo, porque, en cierto sentido, somos lo que leemos”. Eso es cierto. Condenadamente cierto. Si uno se fija lo suficiente en la cara de una persona, incluso podrá dilucidar, gracias a su mirada, si ha leído mucho o poco, y también qué clase de lecturas ha llevado a lo largo de su vida.

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La literatura no es sólo un pasatiempo

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A veces, cuando encadeno la lectura de un ensayo detrás de otro, tengo la tentación de pensar, oh sacrilegio, que la literatura, el consumo de ficción, es sólo un pasatiempo. Como resolver sudokus. Como contarte chismes con un amigo. Como imaginarse viviendo otras vidas. Como echarse una siesta y tener un sueño muy vívido, quizá impregnado de las tonalidades fosforescentes de una visión de psilobicina.

Entonces debo agarrar alguna de mis novelas de cabecera, leer unas cuántas páginas y revivir de nuevo la sensación olvidada. La que demuestra que la literatura no es un pasatiempo. O, al menos, que no sólo es un pasatiempo. Es algo más, o puede ser algo más, aunque no en todos los casos, claro.

Es evidente que un ensayo de 500 páginas sobre un tema específico será en general más fructífero para el lector que una novela, aunque sea por la cantidad de información recibida y la arquitectura ordenada en la que es recibida. Pero ello ocurrirá si antes no definimos qué significa fructífero. Obtendrá más información, cierto. Podrá alcanzar cotas más profundas de análisis, también cierto. Pero fructífero puede tener otros muchos significados.

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El toque romántico de escribir con pluma

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En tiempos de literatura 2.0, hipertexto, teclados ergonómicos, pantallas táctiles, software de reconocimiento de voz y hasta aplicaciones que imitan el ruido y la sobriedad de una máquina de escribir antigua, quizá vale la pena regodearnos un poco en el valor emocional, romántico y hasta fetichista de escribir a la antigua usanza, no ya sólo agarrando un boli o lápiz, sino incluso una aristocrática pluma estilográfica.

Hay personas que, enarbolando su pluma sobre el cuaderno, jamás quedan a merced de los caprichos de la inseguridad y de la ausencia de resolución, congraciándose en su soledad laboriosa, ordenada, sin altibajos. Porque a veces el hábito también hace al monje. Y una buena pluma permite conectar mejor con la aureola mágica de la literatura.

Y entonces te aficionas a la suavidad del trazo y al delicado control del grosor de la línea. Y entonces quieres escribir como si dibujaras, como si practicases con el cuaderno de caligrafía del colegio, hasta que tu escritura occidental se parece más a la oriental, a esos ideogramas estampados con la técnica tradicional que contienen variaciones sutiles con significados subjetivos o estéticos, como describía el sicólogo Simon Leys:

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Lo que pasa exactamente cuando leemos un libro

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El acto de leer un libro tiene algo de mágico, incluso de antinatural. La evolución darwiniana de nuestros ojos ha servido a nuestros antepasados para localizar a presas, distinguir frutos comestibles, trazar rutas a través de montañas y bosques. Pero nadie hubiera podido imaginar que acabara también sirviendo para permanecer durante horas fijando la vista en pulpa de árbol prensada y manchada por miles de insectos de tinta.

Pero ¿qué ocurre exactamente cuando estamos leyendo, lejos de asimilar información o transportarnos a mundos imaginarios? Aunque no os deis cuenta mientras estáis leyendo este artículo, al leer asimiláis una palabra clave en cada instante, más cuatro caracteres a la izquierda y quince caracteres a la derecha.

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Los incontables beneficios de leer un libro (I)

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A grandes rasgos, los beneficios de la lectura se pueden dividir en dos categorías: en la información suministrada por el propio libro y en el trabajo mental que se debe realizar para procesar y almacenar esta información.

Sin embargo, cuando obligamos a un niño a leer por placer, generalmente lo hacemos por el ejercicio mental que implica. Según Andrew Solomon: “Leer requiere esfuerzo, concentración, atención. A cambio, ofrece el estímulo y los frutos del saber y de la emoción”.

La mayoría de elogios a los beneficios de la lectura también invocan el poder de la imaginación: leer libros te obliga a inventar mundos enteros dentro de tu cabeza en vez de ingerir pasivamente un puñado de imágenes prefabricadas.

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