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		<title>Magazine - leer</title>
		<link>http://www.papelenblanco.com</link>
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Blog sobre literatura, críticas de libros, internet y letras.		</description>
		<pubDate>2012-02-13 02:38:44</pubDate>

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      <title><![CDATA[Una visita con mi abuela a la biblioteca de mi infancia]]></title>
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      <pubDate>Mon, 26 Dec 2011 06:27:48 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" id="image10038" src="http://img.papelenblanco.com/2011/12/biblioteca1.jpg" class="centro" alt="biblioteca1.jpg" />Abuela –le dije una tarde-, ¿podemos ir a aquel sitio?<br />
-¿Adónde?<br />
-Allí –le señalé con el dedo. –Me han dicho mis amigos que hay muchos libros y revistas.<br />
-Ah, eso. <strong>Es la biblioteca del barrio</strong>.<br />
-Entonces, ¿qué?<br />
-¿Qué de qué? –Aquel alarde de retórica unió a la impaciencia el desconcierto.<br />
-Que si me llevas.</p>

	<p>Cruzamos toda la plazoleta, y luego recorrimos un sendero de grava que nos condujo a la puerta principal de la biblioteca, custodiada por dos altos cipreses. Era un edificio de dos plantas, rectangular, de líneas sobrias y <strong>fachada restaurada hacía poco tiempo</strong>.</p>

	<p>La barahúnda del exterior (sobre todo la monótona cantinela de una anciana que voceaba cupones) fue sofocada como por ensalmo al adentrarnos en el vestíbulo. Resaltamos enseguida, a los pocos segundos de franquear la puerta, ya que el lugar no estaba precisamente concurrido. <strong>En realidad no era la primera vez que entraba en una biblioteca</strong>, pero sí era la primera vez que entraba con mi abuela, que sinceramente no era muy leída.</p>

	<p>Me acometió la imperiosa necesidad de contaminarla del entusiasmo que me embargaba; de explicarle lo fascinante que sería leer aquellos volúmenes; que todas aquellas obras eran una suerte de <a href="http://buscon.rae.es/draeI/SrvltObtenerHtml?origen=RAE&LEMA=rueda&SUPIND=0&CAREXT=10000&NEDIC=No">ruedas Catalinas</a>, pequeñas y sin importancia aparente, pero decisivas para el devenir del tiempo y el movimiento hacia el futuro. Pero cuál fue mi sorpresa al advertir como ella, por sí misma, avanzaba por el vestíbulo, pasando junto a las fotocopiadoras, las vitrinas de exhibición de los recursos de reciente ingreso en el sistema y el mostrador de Circulación y Préstamo, <strong>tomaba un diccionario</strong>, ubicado en las estanterías que rodeaban la sala de lectura, y lo abría por la primera página.<br />
<!--more--></p>

	<p>Me acerqué, asomándome a las mohosas páginas del volumen número tres de un lexicón de griego clásico. Parecía que lo estaba leyendo, <strong>pero mi abuela no era capaz de tal cosa</strong>. No era ciega, ni tampoco padecía<strong> alexia</strong>, una incapacidad para descifrar la escritura producida por una lesión de la circunvolución angular del neocórtex, en el lóbulo parietal. Simplemente era analfabeta, la lesión había sido cultural, no cerebral. Se detuvo en algunas páginas, observando aquellas indescifrables líneas repletas de palabras y definiciones, hasta que lo cerró y, con una sonrisa en los labios, me preguntó si no sería más divertido mirar un libro con dibujos o fotografías.</p>

	<p>Aquella no era la Biblioteca Lenin de Moscú, ni la Biblioteca del Congreso en Washington, ni siquiera la Biblioteca Nacional de Pekín, la <em>Nationale</em> de París o la Británica de Londres&#8230; y <strong>mucho menos la de Alejandría</strong>. Pero no importaba. Los libros son idénticos en todos los sitios.</p>

	<p>Para mi abuela, sin embargo, la mayoría de libros solo estaban llenos de garabatos de una excesiva horizontalidad. <strong>Aún hoy me sorprendo de la paciencia de mi abuela</strong>. Sabía de su aburrimiento en aquel lugar incomprensible para su masa gris, pero jamás me lo comunicó directamente, supongo que por temor a que me enfadase con ella. </p>

	<p>Tan sólo se limitaba a lanzarme indirectas y a observar mi trabajo, intentando adivinar cómo lograba entretenerme durante tanto tiempo con aquellas líneas aserradas (como las que muestran las constantes vitales en el monitor de un hospital) y ondulantes (como un osciloscopio de rayos catódicos), para terminar exhalando un suspiro. Me sentía como <strong>Edward Gibbon</strong> elaborando su <em>Decadencia y caída del Imprerio Romano</em>, escrutado constantemente por el primer duque de Gloucester, <em>William Henry</em>:</p>

	<p><em>Otro maldito libro, grueso y cuadrado. ¡Siempre garabateando, garabateando y garabateando! ¿Eh, señor Gibbon?</em></p>

	<p>Cerré el libro y, armándome de paciencia, traté de explicarle porqué no era extraño que me fascinara la lectura. </p>

	<p>-Estos libros que estamos mirando ahora han costado tanto o más que el transistor que te pones por las noches, pero los libros están construidos esencialmente de neuronas.<br />
-¿Neronas?<br />
-O sea, cerebros. Es como si la gente que hace estos libros copiara una parte de su cerebro a estas páginas, yo las leo, y por eso aprendo tantas cosas, porque estoy leyendo los cerebros de otras personas.<br />
-¡Anda! Entonces&#8230; ¿por eso sabes tantas cosas?<br />
-Por eso. Imagínate que puedes meter en un libro tus recuerdos del verano que pasaste en Valverde del Camino. O cualquier otro recuerdo.<br />
-Mi primer novio, el Antonio, que era muy alto y fuerte.<br />
-Pues eso. Lo metes en un libro y luego otras personas pueden enterarse de lo alto y fuerte que era Antonio.<br />
-Vaya&#8230;<br />
-Imagina poder leer con todos los detalles que quieras como dos chicos se suicidan porque sus familias no quieren que se amen como lo hacen, como un estudiante confiesa haber asesinado con un hacha a un prestamista y a un dependiente o como un príncipe se salva de que lo condenen por matar a su madre para vengarse del asesinato de su padre.<br />
-¿Todo eso lees?</p>

	<p>Me había referido a <em>Romeo y Julieta</em>, de <strong>Shakespeare</strong>, a <em>Crimen y castigo</em>, de <strong>Dostoievsky</strong> y a <em>Las Euménides</em>, de <strong>Esquilo</strong>. Mi abuela no lo sabía y lamentablemente nunca lo descubriría (salvo en alguna versión televisiva de las obras).</p>

	<p>Ella examinó de nuevo el libro, frunciendo el entrecejo. Mi explicación la había entusiasmado, pero comprendía que, a pesar de todo, su lesión cultural le hacía contemplar la lectura como una actividad aburrida: debía fijar la mirada en un objeto plano, grueso, <strong>elaborado con pulpa de madera</strong>... tarea que de inmediato transformaba mi metáfora de los cerebros plasmados en papel era una fantasía infantil. </p>

	<p>Me hubiese gustado, sinceramente, que algún día mi abuela <strong>escuchase la voz que resuena en la mente de cualquier lector</strong> cuando éste pasea sus ojos sobre las letras&#8230; como tú. (¿Qué tal? Ehh&#8230; ehh&#8230; hola, hola, ¿oyes como resuena mi voz? Ahora continúa, y perdona esta intromisión ilícita en tu cabeza).</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[Os voy a dar 3 consejos para ser escritor... aunque el relleno pueda estar caliente cuando se caliente]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/animacion-a-la-lectura/os-voy-a-dar-3-consejos-para-ser-escritor-aunque-el-relleno-pueda-estar-caliente-cuando-se-caliente</link>
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      <pubDate>Thu, 08 Sep 2011 18:14:51 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://img.papelenblanco.com/2011/09/250px-fuellfederhalter.jpg" alt="" />Que <strong>existen recetas infalibles para convertirse en escritor</strong> es una leyenda urbana a la altura de que en las cloacas de Nueva York viven caimanes gigantes, que la llegada a la Luna es un camelo y fue filmada en un estudio de Hollywood o que el número de estrellas que hay dentro de la “P” del título de la portada de la revista <em>Playboy</em> indica las veces que <strong>Hugh Hefner</strong> ha tenido relaciones con la muchacha del desplegable. </p>

	<p>Bueno, vale, no voy a ser tan injusto. No es como creer una cosa para idiotas. Creer que existen recetas infalibles para ser escritor <strong>es como repetir perogrulladas</strong> como la que figura en la caja de <em>Pop-Tarts</em> de Kellog´s, que dice: “<em>cuidado: el relleno puede estar caliente cuando se calienta</em>”. Llamativas bengalas que no dicen nada que no sepamos (aunque lo digan de otra forma muy distinta): como que en las pepitas de manzana hay cantidades perceptibles de cianuro, un compuesto de conocida toxicidad para los humanos. O que cualquier cosa que nos rodea atrae a todos los cuerpos del universo con una fuerza igual al producto de sus masas dividido por el cuadrado de sus distancias.</p>

	<p>Acongoja, pero en realidad no aporta nada que no sepamos ya. </p>

	<p>Sin embargo, de vez en cuando recibo correos de lectores que me preguntan acerca de <strong>la receta para convertirse en escritor</strong>. O sencillamente me envían algún escrito suyo con la intención de que lo someta a mi escrutinio. Es entonces cuando me veo entre la espada y la pared.</p>

	<p><!--more--> </p>

	<p>Yo no soy quién para enseñar a escribir al personal porque me falta largo trecho en esto de dominar la tecla. Y, como he dicho, no creo que haya recetas ni consejos universales. Sin embargo, soy de natural cortés con la gente que se toma la molestia en contactar conmigo, y como lo de despachar el correo con un simple “mira, tío, no sé”, queda un poco como si quisiera escurrir el bulto, <strong>he llegado a establecer tres puntos básicos que considero</strong>, si no universales, que son bastante importantes a la hora de ponerse a trajinar con la pluma (o la tecla).</p>

	<p>-<strong>Lo principal son las faltas de ortografía</strong>. Es fundamental ser muy pulcro en ese aspecto porque puede estropear el juicio que un editor se haga sobre ti: un texto con demasiadas faltas de ortografía es sinónimo de que no se ha trabajado, no se ha corregido lo suficiente. Y muy poca gente es capaz de escribir espontáneamente de tal forma que apenas se necesite corregir nada. Así que intentad enmendar las faltas de vuestros textos, incluso las tipográficas, y ganaréis muchos puntos. Sobre todo intentad mejorar la puntuación: poner comas o puntos y comas es todo un arte. Y creo que solo en 10 % de la población escolarizada es capaz de hacerlo con solvencia.</p>

	<p>-<strong>No menos importante es la musicalidad</strong>. Generalmente, la prosa de alguien que está empezando es muy mecánica o incurre en algunas cacofonías o repeticiones de palabras que entorpecen la lectura. Ser musical es muy difícil, saber engarzar bien las ideas y los sonidos requiere de mucha práctica y de la lectura atenta de los que saben hacerlo de forma magistral. En ese sentido, os recomiendo que leáis y releáis mil veces las obras de <strong>Luis Landero, Felipe Benítez Reyes, David Foster Wallace, Javier Calvo, Chuck Palahniuk</strong>... todos ellos tienen una musicalidad (cada uno en su estilo) envidiable.</p>

	<p>-<strong>El último asunto son los temas de los que traten vuestras narraciones</strong>. Personalmente me gustan los cuentos que me descolocan, que me hacen sentir y vibrar, los que me obligan a reflexionar. Pero bueno, hay cuentos para todos. A veces una simple anécdota ya es un cuento. Pero lo que considero importante es que, aunque expliquéis cosas anodinas o cotidianas, intentéis hacerlo como si fuera algo nuevo o especial. La habilidad de un buen narrador se mide precisamente por ese rasero: cuando consigue atraparte aunque te esté explicando cómo una mujer se enciende un cigarrillo. Las palabras e imágenes que escojáis en ese sentido tienen que ser especiales. Nunca os pleguéis a las convenciones. Intentad brillar con vuestro estilo. Y, sobre todo, practicad muchísimo. Cada día.</p>

	<p>No os desaniméis, no desistáis, y no tengáis miedo de picar en las puertas de las editoriales. Aunque también os advierto que éstas son bastante reacias con los narradores noveles, así que os sugiero que <strong>lo intentéis con más brío con los premios literarios</strong>: es una excelente manera de darse a conocer y de adquirir seguridad en uno mismo.</p>

	<p>Ah, y recordad… <strong>el relleno puede estar caliente cuando se calienta</strong>.</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[¿Perdemos el tiempo leyendo a autores demasiado antiguos?]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/perdemos-el-tiempo-leyendo-a-autores-demasiado-antiguos</link>
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      <pubDate>Mon, 01 Aug 2011 22:06:34 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" id="image9401" src="http://img.papelenblanco.com/2011/08/aristoteles1.jpg" class="centro" alt="aristoteles1.jpg" />Ya sabéis de mi afición de avivar la llama de la polémica para suscitar el intercambio sano de ideas a fin de consolidar lo que ya sabemos, o quizá modificarlo un poco, pulirlo, replantearlo. Y, quién sabe, tal vez haya algún cambio de opinión (aunque el formato adversarial no sea muy propio para ello). En cualquier caso, ahí va la pregunta peliaguda del día: <strong>¿leer a autores demasiados antiguos es una pérdida de tiempo?</strong></p>

	<p>Obviamente, primero hay que definir lo que significa &#8220;perder el tiempo&#8221;. En la literatura, supongo que<strong> tal concepto es imposible de definir</strong>. Cada uno disfruta de lo que quiere, bucea en los autores que considera y saca frutos según el bagaje que le acompañe en sus lecturas. No hay mucho más que discutir. </p>

	<p>Sin embargo, <strong>la cosa cambia si hablamos de libros de no ficción</strong>: filosofía, divulgación, historia, política, psicología, etc. Entonces sí que podemos afirmar con cierto grado de seguridad que determinadas lecturas son perder el tiempo (si consideramos perder el tiempo obtener conocimientos útiles y no simples elucubraciones sin sentido o datos obsoletos o erróneos). Entonces, estar muerto hace muchos años ya no es garantía de sabiduría. No digo que un pensador antediluviano pueda dar en el clavo o consiga enfocar determinado problema con una brillantez que jamás se alcanzará posteriormente: <strong>lo que digo es que tener antigüedad no es garantía de ello</strong>. </p>

	<p>Más bien es un handicap. </p>

	<p>Si leemos, por ejemplo, a un pensador de hace seis siglos a fin de aplicar sus lucubraciones a los problemas que nos atañen, <strong>estaremos obligados a desbrozar ideas muertas</strong> y ello precisa de un trabajo cognitivo superior que si leemos a un pensador contemporáneo, cuyas ideas sintonizan mejor con los nuevos conocimientos (hablo, por supuesto, en general: seguro que hay pensadores contemporáneos que sólo tienen ideas muertas).<br />
<!--more--></p>

	<p>Busquemos un ejemplo bastante icónico: <strong>Aristóteles</strong>. El filósofo suele estar en boca de muchas personas que para, para afianzar sus argumentos, le citan una y otra vez. Con ello se incurre en una falacia de autoridad, pero sobre todo en lo que yo llamo <strong>falacia de antigüedad</strong>. Aristóteles, lo sé a ciencia cierta, ha escrito pasajes que deberían estar esculpidos en mármol. Y leerle es una delicia sencillamente porque te sientes transportado a otra época, porque puedes adentrarte en una mente marciana que vivió en otro mundo, porque puedes aprender cómo ha evolucionado el pensamiento desde entonces y mil motivos más. </p>

	<p>Pero Aristóteles, a la luz de nuestros conocimientos, <strong>también incurría en unos errores garrafales</strong>, patinaba como un beodo de bar y sentenciaba como un estulto con birrete. Y para huir de todos esos manchones negros en su currículo hay que andar con buen ojo. Entonces, y sólo entonces, Aristóteles es una verdadera pérdida de tiempo (si definimos tal, insisto, como la adquisición de conocimientos objetivos que podamos aplicar a nuestros problemas cotidianos). En su día, por ejemplo, la repetición de sus opiniones por parte de los escolares provocó, por ejemplo, que durante siglos no se comprobaran sus afirmaciones. </p>

	<p>Veamos algunos de ellos. El filósofo, como personaje atrapado en una conyuntura histórica y cultural, no dudaba en admitir el surgimiento de la vida mediante la generación espontánea. Como el hecho de que una ballena o un perro sugiera de la nada era un poco difícil de digerir, Aristóteles limitaba la generación espontánea a bichitos de poca monta, pequeños y de poca relevancia, procedentes del agua, la arena y el barro. <strong>El sol o el calor, entonces, infundían vida a moléculas que antes eran inanimadas</strong>.</p>

	<p>“Todo cuerpo seco que se vuelva húmedo o cualquier cuerpo húmedo que se seque produce animales”, decía uno de los filósofos que hoy se cita a menudo como autoridad intelectual incuestionable. Podemos leer éstas y otras afirmaciones ridículas en sus tratados <em>Historia de los animales y De la generación de los animales</em>.</p>

	<p>Artistóteles también decía que muchos insectos “proceden del rocío que cae sobre las hojas”. Muy poético, sin duda, <strong>aunque cualquier escolar podría ya replicar las afirmaciones de Aristóteles sin despinarse</strong> (si antes deja un rato la Playstation, se entiende).</p>

	<p>Aristóteles aseguraba que nuestro cerebro no recibe sangre y es la parte más fría del cuerpo, destinada a refrigerar el resto. <strong>Quizá el cerebro de Aristóteles lo fuera</strong>. Que en el género humano, las ovejas, las cabras y los cerdos los machos tienen más dientes que las hembras. Que la sangre de la mujer es más oscura y espesa que la del varón. Que la mitad izquierda del cuerpo es más fría que la derecha.</p>

	<p>Pero quizá las dos ideas de Aristóteles que perduraron durante más siglos enquistados en el conocimiento colectivo (abonado por la tradición y la religión) fueron que <strong>la Tierra era el centro del universo</strong> y que el vacío no existe.</p>

	<p>Sobre la idea de que nuestro planeta pudiera desplazarse por el universo, Aristóteles <strong>se burlaba de los pensadores que ya habían valorado esta idea</strong>: “<em>¡Qué ocurrencia! ¿Qué pasaría con los pájaros que vuelan si la Tierra se moviera?</em>” Aristóteles era, por tanto, de los que creen que una mosca que vuela dentro del vagón de un tren debe desarrollar la misma velocidad del tren para no quedar hecha papilla contra la pared.</p>

	<p>Aristóteles, señores, creía que los cuatro elementos básicos eran el agua, el aire, el fuego y la tierra, que el éter podría existir y que todas las cosas tienen un sitio idóneo en el cosmos y que si una piedra cae es <strong>porque se dirige a ocupar su lugar natural</strong>, que es el suelo.</p>

	<p>En fin, quintales de bobadas que podríamos extraer de sus textos. Bobadas que no todo el mundo es capaz de desbrozar convenientemente. Bobadas que nos deben hacer recordar que los pensadores del pasado, por muy extraordinarios que hubieran sido en su época,<strong> hoy en día no deberían citarse con tanta alegría por el simple hecho de dar consistencia a lo que uno dice</strong>. A veces vale más la vena citar a la bruja Lola, aunque no quedes tan bien.</p>

	<p>Y ahora a discutir. Pero antes: ¿proponéis lecturas antiguas que consideréis que vale la pena leer hoy en día?</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[¿Cómo cambia tu cerebro cuando lees o escribes?]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/como-cambia-tu-cerebro-cuando-lees-o-escribes</link>
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      <pubDate>Thu, 14 Jul 2011 13:47:13 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" id="image9310" src="http://img.papelenblanco.com/2011/07/bc522_aprenderaleer.jpg" class="centro" alt="bc522_aprenderaleer.jpg" />Todos tenemos la intuición de que, al leer un libro, <strong>salimos un poco cambiados de la experiencia</strong>. Más sabios (o más resabiados), con mayor perspectiva, más empáticos, con mayor ojo crítico, más soñadores, con mayores ansias por conocer, más viajados, con más amigos, menos solos, en definitiva. Algo parecido sucede con la escritura, aunque de un modo ligeramente distinto.</p>

	<p>Pero tener la intuición, creer, sospechar, sentir… no es lo mismo que saber. Para saber si realmente la lectura o la escritura nos cambia, deberíamos detectar cambios físicos medibles en nosotros. Y como nosotros, el Yo, estamos contenidos en nuestros cerebros, <strong>habría que buscar esos cambios en los cerebros de los lectores</strong>. </p>

	<p>Y la verdad es que las pruebas neurológicas al respecto son abrumadoras. Aunque, en apariencia, un lector tiene la misma pinta que un no lector, incluso que un analfabeto, se podría decir que un lector es, respecto a una persona que nunca ha aprendido a leer, <strong>una criatura perteneciente a otra especie</strong>. </p>

	<p>No sólo hay diferencias estructurales en el cerebro, sino que los cerebros lectores entienden de otra manera el lenguaje, procesan de manera diferente las señales visuales; incluso razonan y forman los recuerdos de otra manera, tal y como señala la psicóloga mexicana F<strong>eggy Ostrosky-Solís</strong>:</p>

	<p><!--more--></p>

<blockquote>Se ha demostrado que aprender a leer conforma poderosamente el sistema neuropsicológico del adulto.</blockquote>

	<p>Los cerebros de los lectores incluso difieren entre sí según qué lecturas tengan por bagaje. Y no sólo estoy hablando de leer Dostoievsky o Pablo Coelho, sino que <strong>influye incluso el idioma en el que leemos</strong>. </p>

	<p>Los lectores de inglés, por ejemplo, elaboran más las áreas del cerebro asociadas con <strong>descifrar las formas visuales</strong> que los lectores en lengua italiana. Según se cree, la diferencia radica en el hecho de que las palabras inglesas presentan con más frecuencia una forma que no hace evidente la pronunciación. ¿No habéis visto en las películas que a menudo las personas deben deletrear su nombre para que la otra persona sepa cómo se escribe? Por el contrario, las palabras italianas, así como las españolas, suelen escribirse exactamente como se pronuncian. </p>

	<p><img class="centro" id="image9311" src="http://img.papelenblanco.com/2011/07/leer08.jpg" class="centro" alt="leer08.jpg" />En su influyente estudio de 1982 <em>Oralidad y escritura</em>, <strong>Walter Ong</strong> mantiene una visión similar respecto a la escritura, y la lectura:</p>

<blockquote>Las culturas orales podían producir obras verbales de gran poder y belleza, con un alto valor artístico y humano, que ya ni siquiera son posibles, ahora que la escritura ha tomado posesión de la psique. Sin embargo, la alfabetización es indispensable para el desarrollo no sólo de la ciencia, sino también de la historia, la filosofía, la comprensión explicativa de la literatura y de cualquier arte, y de hecho, para la explicación del propio lenguaje (incluido el oral). La capacidad de escribir es absolutamente inestimable y de hecho esencial para la realización completa del potencial humano. Escribir eleva la conciencia.</blockquote>

	<p>Pero ¿qué pasa exactamente, en tiempo real, en el cerebro de una persona que lee y entiende lo que lee, a diferencia de una persona que simplemente mira las imágenes en una pantalla o escucha las palabras de un cuentista?</p>

	<p>En 2009, la revista <em>Psychological Science</em> publicó un estudio al respecto, llevado a cabo en el Laboratorio de Cognición Dinámica de la Universidad de Washington, cuya principal investigadora fue <strong>Nicole Speer</strong>. </p>

<blockquote>Los lectores simulan mentalmente cada nueva situación que se encuentran en una narración. Los detalles de las acciones y sensaciones registrados en el texto se integran en el conocimiento personal de las experiencias pasadas. Las regiones del cerebro que se activan a menudo son similares a las que se activan cuando la gente realiza, imagina u observa actividades similares en el mundo real.</blockquote>

	<p>Es decir, que <strong>el lector se hace libro</strong>. Las palabras del escritor obran como catalizador de la mente del lector. Y viceversa: el lector crítico y atento también estimula al escritor, sea éste conocido o no, tal y como rezaba <strong>Emerson</strong>:</p>

<blockquote>Todos los grandes hombres han escrito con orgullo, sin dar explicaciones. Sabían que un lector inteligente llegaría al fin y les daría las gracias.</blockquote>

	<p>Por esa razón, también, los vocabularios de las culturas que aprendían a leer incrementaban sus recursos lingüísticos. Por ejemplo, el vocabulario inglés, limitado a unos pocos miles de palabras, <strong>se amplió hasta más de un millón con la proliferación de los libros</strong>. </p>

	<p>Leer y escribir, qué duda cabe, amplió y refinó la experiencia que las personas tenían de la vida y la naturaleza, tal y como señaló <strong>Eisenstein</strong>:</p>

<blockquote>El nombre virtuosismo desplegado por los nuevos artistas literarios en el truco de convertir gusto, tacto, olfato y sonido en meras palabras requiere una mayor conciencia y una mayor observación de la experiencia sensorial que a su vez se transmiten al lector.</blockquote>

	<p>Vía | <em>Superficiales</em> de Nicholas Carr</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[Leer es antinatural]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/leer-es-antinatural</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/metacritica/leer-es-antinatural</guid>
      <pubDate>Mon, 04 Jul 2011 08:12:58 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://img.papelenblanco.com/2011/07/automaton.jpg" alt="" />Sí, aunque suene contraintuitivo es así. <strong>Leer es antinatural</strong>. Sin embargo, nos puede parecer una afirmación extravagante si todavía arrastramos en nuestro bagaje cultural la idea de que <strong>lo natural es lo bueno y lo artificial es lo malo</strong>. Que lo bueno es lo que la naturaleza nos entrega espontáneamente y que lo malo es todo lo creado por el ser humano, todo lo manipulado, modificado o sobrealimentado.</p>

	<p>Por ejemplo, la gente pierde horas de su tiempo discutiendo la legitimidad de la homosexualidad en base a si es natural o en antinatural.</p>

	<p>Esta idea beatífica del mundo (<em>la naturaleza es buena, el buen salvaje</em>) se concentra en el ámbito de la alimentación en los llamados <strong>alimentos ecológicos</strong>. Pero se olvida con frecuencia que los vegetales (los comestibles, entre ellos) acumulan en su organismo sistemas y moléculas de defensa que directa o indirectamente son tóxicos para el organismo humano. Puede parecer una anécdota, pero una berenjena, por ejemplo, <strong>contiene casi tanta nicotina como un cigarrillo <em>light</em></strong>. El tabaco, las setas venenosas o la cocaína se obtienen de forma natural y, evidentemente, todos sabemos que no representan un beneficio sobre la salud. </p>

	<p>Lo mismo sucede con la lectura. Es antinatural, pero no por ello el adjetivo debe arrastrar connotaciones peyorativas. <strong>Precisamente leer es tan bueno porque es antinatural</strong>.</p>

	<p>El estado natural del cerebro humano, así como el de la mayoría de los primates, <strong>tiende a la distracción</strong>. Basta con que aparezca cualquier estímulo interesante, y nuestro cerebro sentirás interés por él, olvidándose de lo que estaba haciendo. Sin embargo, leer un libro requiere de una capacidad de concentración intensa durante un largo periodo de tiempo.</p>

	<p><!--more--></p>

	<p>Esta tendencia a distraernos con nuevos estímulos, según la psicología evolutiva, tiene mucho sentido. Nuestros ancestros debían tener cerebros hambrientos de novedades y dispuestos a captar cualquier irregularidad: los objetos estacionarios o invariables forman parte del paisaje y mayormente no se perciben. Los ancestros que no tenían esta capacidad, <strong>seguramente tenían mayor probabilidad de morir</strong> (por ejemplo, un depredador que acecha) o menor probabilidad de fijarse en una oportunidad (por ejemplo, una fuente cercana de alimentos, lo cual también se traducía en una muerte prematura). Y un ancestro muerto es un ancestro que no se reproduce y que no deja en herencia a su prole sus genes, es decir, rasgos como un cerebro que no tiende a la distracción.</p>

	<p>Todos los que en el pasado tenían cerebros predispuestos para la concentración y la linealidad, por tanto, se extinguieron. <strong>Nosotros somos descendientes de no lectores</strong>. Compartimos sus vetas genéticas. Tal y como señala <strong>Nicholas Carr</strong>:</p>

<blockquote>Leer un libro significaba practicar un proceso antinatural de pensamiento que exigía atención sostenida, ininterrumpida, a un solo objeto estático. Exigía que los lectores se situaran en lo que el T. S. Eliot de los Cuatro cuartetos llamaba “punto de quietud en un mundo que gira”. Tuvieron que entrenar su cerebro para que hiciese caso omiso de todo cuanto sucedía a su alrededor, resistir la tentación de permitir que su enfoque pasara de una señal sensorial a otra. Tuvieron que forjar o reforzar los enlaces neuronales necesarios para contrarrestar su distracción instintiva, aplicando un mayor “control de arriba abajo” sobre su atención. “La capacidad de concentrarse en una sola tarea relativamente sin interrupciones”, escribe Vaughan Bell, psicólogo del King´s College de Londres, representa “una anomalía en la historia de nuestro desarrollo psicológico.</blockquote>

	<p>En otras palabras, los que seáis grandes lectores, los que disfrutéis profundizando en los mundos imaginarios de las páginas de un libro durante horas, sin necesidad de echar un vistazo a vuestro alrededor, sois algo así como monstruos, mutantes, <strong>X-men que podríais figurar en cualquier museo teratológico de la especie humana</strong>. Sois antinaturales y raros. Vuestros cerebros han sido reprogramados para olvidarse de sus inclinaciones normales. Y las bibliotecas, por supuesto, son monumentos en contra de la humanidad en su sentido más estricto. Son anómalos edificios para robots. Amenazas del edénico jardín del que todos procedemos. </p>

	<p><strong>Los libros son el equivalente intelectual de los antibióticos, los aditivos o el aire acondicionado</strong>. Son una tecnología capaz de diluir un poco más nuestra humanidad de serie y moldear nuestro cerebro para alcanzar finisterres que hace apenas unos siglos eran inalcanzables. </p>

<blockquote>Ni que decir tiene que mucha gente había cultivado una capacidad de atención sostenida mucho antes de que llegara el libro e incluso el alfabeto. El cazador, el artesano, el asceta, todos tenían que entrenar su cerebro para controlar y concentrar su atención. Lo notable respecto de la lectura de libros es que en esta tarea la concentración profunda se combinaba con un desciframiento del texto e interpretación de su significado que implicaban una actividad y una eficiencia de orden mental muy considerables. La lectura de una secuencia de páginas impresas era valiosa no sólo por el conocimiento que los lectores adquirían a través de las palabras del autor, sino por la forma en que esas palabras activaban vibraciones intelectuales dentro de sus propias mentes.</blockquote>

	<p>Así, lectores del mundo, antinaturales todos, si pensáis más profundamente es porque leéis más profundamente. Porque, en ocasiones, ser antinatural es lo más de lo más. </p>

	<p>Vía | <em>Superficiales</em> de Nicholas Carr</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[¿Realmente leer en papel es lo mismo que leer en pantalla? (y III)]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/realmente-leer-en-papel-es-lo-mismo-que-leer-en-pantalla-y-iii</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/metacritica/realmente-leer-en-papel-es-lo-mismo-que-leer-en-pantalla-y-iii</guid>
      <pubDate>Mon, 27 Jun 2011 19:50:27 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="centro" src="http://img.papelenblanco.com/2011/06/internet6.jpg" alt="" /><strong>Además de los hipervínculos</strong>, la lectura digital está lastrada por otros factores que sólo se dan en ésta y no en la tradicional, es decir, en la versión impresa.</p>

	<p><strong>Eso sucede porque la Red promueve la lectura fragmentada y selectiva</strong>. Es decir: que cada vez leemos menos textos completos (y si lo hacemos, nos saltamos párrafos con más facilidad). Si aspiro a que el lector se lea todo lo que escribo por aquí, deberé reducir a la mínima expresión el artículo: jamás pasarme de determinado número de páginas, jamás entrar en disquisiciones demasiado densas. <strong>La Red no permite la lectura sostenida</strong>.</p>

	<p>Además, muchos de los lectores de este artículo llegarán aquí <strong>mediante búsquedas en motores como Google</strong>. Por ejemplo, alguien andará buscando información sobre lo que son hipervínculos, el buscador le traerá a este artículo, y el lector probablemente leerá sólo el fragmento donde hablo de los hipervínculos. No puede perder demasiado tiempo en el texto completo porque a él le interesan sólo los hipervínculos y, además, Google le ha indicado que hay otras dos millones de páginas en las que también se habla de ello.</p>

	<p><!--more--></p>

<blockquote>Cuando hacemos búsquedas en Internet, no vemos el bosque. Ni siquiera vemos los árboles. Vemos ramitas, hojas; y a medida que empresas como Google y Microsoft perfeccionan sus motores de búsqueda para vídeo y audio, más productos se ven sometidos a la fragmentación que ya caracteriza las obras escritas.</blockquote>

	<p>La cacofonía de estímulos que ofrece Internet es muy estimulante a nivel intelectual, pero, a la vez, <strong>disminuye nuestra cuota de concentración y nuestra paciencia para profundizar en temas complejo</strong>s. Internet cambia nuestros hábitos intelectuales en contra de nuestra voluntad, y cada vez resulta más difícil resistirse. </p>

	<p>Incluso los productos tradicionales están cambiando su aspecto para asemejarse cada vez más a los productos digitales, porque es lo que el lector espera leer. Así que, incluso desconectando Internet, <strong>estamos abocados a que la cultura general se vea influenciada por él</strong>.</p>

	<p>Sobre cómo el libro también está transformándose para adaptarse a la tecnología, tanto el tradicional como el electrónico, os hablaré específicamente en otro artículo. Si vuestra capacidad de concentración resiste. </p>

	<p>Vía | <em>Superficiales</em> de Nicholas Carr</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[Scriptura continua: cuando no había separaciones entre palabras y leer era como resolver un rompecabezas]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/scriptura-continua-cuando-no-habia-separaciones-entre-palabras-y-leer-era-como-resolver-un-rompecabezas</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/metacritica/scriptura-continua-cuando-no-habia-separaciones-entre-palabras-y-leer-era-como-resolver-un-rompecabezas</guid>
      <pubDate>Fri, 24 Jun 2011 08:40:49 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="centro" src="http://img.papelenblanco.com/2011/06/escribano1.jpg" class="centro" alt="escribano1.jpg" />Hoy le dices a un adolescente que se ponga a leer y se siente como un condenado a las galeras, tam, tam, tam. Pero leer, en la actualidad, es una actividad muy asequible si la comparamos con la <em>scriptura continua</em>,<strong> la escritura temprana en la que no se usaban espacios para separar las palabras</strong>.</p>

	<p>En los libros de los escribas, las palabras se sucedían ininterrumpidamente en toda línea de toda página. Esta falta de separación <strong>reflejaba los orígenes orales del lenguaje escrito</strong>: cuando hablamos no hacemos pausas entre dos palabras: las sílabas fluyen continuamente de nuestros labios. </p>

	<p>Así que leer en aquellos tiempos suponía una carga cognoscitiva que no era moco de pavo, como explica<strong> John Saenger</strong> en <em>Space Between Words</em> (Espacio entre palabras): los ojos de los lectores, entonces, debían moverse lentamente, minuciosamente, como si observaran una colección de insectos aplastados en el libro, teniendo con frecuencia que detenerse a recapitular al comienzo de cada oración, ya que la mente luchaba por entender dónde acababa una palabra y empezaba otra nueva, así como la función de cada palabra en el sentido de la frase. <br />
<!--more--></p>

	<p>La lectura era una ordalía, un rompecabezas, una sopa de letras: toda la corteza del cerebro, incluidas las áreas frontales asociadas a la solución de problemas y adopción de decisiones, estaban obligadas a hervir de actividad. Ésa era también la razón de que la lectura fuera una actividad casi ritual y reconcentrada, <strong>algo así como un retiro espiritual</strong>. </p>

<blockquote>A los primeros escritores nunca les pasó por la cabeza insertar espacios en blanco entre las palabras. Se limitaban a transcribir el habla, escribían lo que les dictaban sus oídos (hoy, cuando los niños empiezan a escribir, tampoco separan las palabras: como los antiguos escribanos, transcriben lo que oyen). Así pues, los escribas no prestaban mucha atención al orden de las palabras en una frase dada. En el lenguaje hablado el significado siempre se había transmitido principalmente a través de la inflexión, un patrón de los acentos que el hablante pone en determinadas sílabas; y esa tradición oral continuó gobernando el lenguaje escrito.</blockquote>

	<p>Hoy nos parecería una tortura leer de esta forma porque la mayoría de nosotros estamos habituados a leer con rapidez, a leer para recabar información. Pero la mayoría de los griegos y romanos alfabetizados gustaban de los melifluos patrones métricos y tónicos del texto pronunciado. Como quien entona una canción.</p>

	<p>Vía | <em>Superficiales</em> de Nicholas Carr</p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[‘Superficiales: ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes?’ de Nicholas Carr]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/ensayo/superficiales-que-esta-haciendo-internet-con-nuestras-mentes-de-nicholas-carr</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/ensayo/superficiales-que-esta-haciendo-internet-con-nuestras-mentes-de-nicholas-carr</guid>
      <pubDate>Mon, 25 Apr 2011 11:12:05 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://img.papelenblanco.com/2011/04/superficiales_que_esta_haciendo_internet_con_nuestras_mentes_portada_completa.jpg" class="centro" alt="superficiales_que_esta_haciendo_internet_con_nuestras_mentes_portada_completa.jpg" />Seré sincero: lo que pensé cuando <strong>supe del lanzamiento de este libro</strong> fue algo así como “<em>vaya, otro opúsculo alarmista y ludita sobre los riesgos de la tecnología; otro intelectual apolillado defendiendo su forma de obtener conocimientos, superior y más romántica, sobre cualquier otra que se haya forjado después de su nacimiento; otro autor que se atreve a decir que las nuevas generaciones son menos instruidas cuando <a href="http://www.xatakaciencia.com/psicologia/cada-vez-somos-mas-inteligentes-el-efecto-flynn-i">diversos estudios demuestran lo contrario</a>; otro defensor de lo clásico simplemente por clásico; otro ignorante de cómo funciona Internet, que no sabe que Wikipedia adolece de menos fallos que la Enciclopedia Británica</em>&#8220;.</p>

	<p>Sin embargo, a las pocas páginas de <strong>Superficiales</strong>, tuve que tragarme mis prejuicios. Y al terminar la obra de <strong>Nicholas Carr</strong>, admití que había cambiado de opinión: <strong>Internet nos está volviendo imbéciles</strong> (aunque esto lo matizaré más adelante). </p>

	<p>Y Carr no ha usado devaneos románticos o miedos de perder el statuo quo para armar su idea, ni siquiera da lugar para opiniones personales: se limita a presentar las decenas de <strong>investigaciones científicas que se han hecho al respecto en el campo de las neurociencias o la historia</strong>.</p>

	<p>Por si fuera poco, la prosa de Carr es increíblemente precisa, capaz de mezclar temas de la forma más amena, introduciéndote poco a poco por los vericuetos de su tesis, haciendo hablar tanto a filósofos muertos como a expertos actuales en neurociencias o psicología cognitiva. Salvando las distancias, esta capacidad de hilvanar temas y presentarlos de forma atractiva, con diversas capas de lectura, sólo la poseen autores como<strong> Malcolm Gladwell</strong> o <strong>Bill Bryson</strong>.<br />
<!--more--></p>

	<p>El único punto negativo, si hemos de destacar alguno, es que el libro de Carr, en el fondo, presenta una idea bastante fácil de desarrollar. Pero Carr ha usado más de 300 páginas en hacerlo. Ello se debe no sólo a que Carr habla de muchas cosas, además del tema central, jalonando el texto de curiosidades históricas o sociológicas realmente interesantes, sino porque <strong>en ocasiones repite machaconamente la misma tesis</strong>. </p>

	<p>Carr consiguió convencerme en el primer tercio del libro. El resto sólo fue una acumulación de más y más experimentos.</p>

	<p>Pero <strong>¿realmente Internet nos hace más tontos?</strong> ¿Acaso no es otra herramienta de distribución de conocimiento, como lo es el libro? </p>

	<p>Internet es una herramienta distinta a cualquier otra. Lo que sucede es que Internet presenta la información de una forma que nunca antes se había conocido: mediante hipervínculos, imágenes, comentarios, anuncios, etc. Ello provoca que nuestra atención se vea continuamente fragmentada. La lectura profunda que requiere determinados temas es muy difícil de llevar a cabo en Internet. Podemos acceder a toneladas de conocimiento digitalizado, <strong>pero cada vez resulta más difícil profundizar en él</strong>. Google no tardará en digitalizar todos los libros del mundo, pero ello más bien podría ser la forma perfecta para que la gente no los lea como deberían leerse.</p>

	<p>Para refrendar esto, Carr presenta interesantes experimentos sobre comprensión lectora realizados a lectores de papel y lectores de blogs. </p>

	<p>Por supuesto, no todo es negativo: Internet nos vuelve más superficiales y mengua algunos rasgos de nuestra inteligencia, pero por contrapartida <strong>sobrealimenta otros</strong>. Es un poco la tesis que mantenía <strong>Steven Johnson</strong> en su brillante <a href="http://www.papelenblanco.com/ensayo/si-es-dolent-tho-recomano-de-steven-johnson">Si és dolent t´ho recomano</a> (libro que Carr refiere en uno de sus capítulos, pero de forma un tanto tramposa: acusa a Johnson de defender las nuevas tecnologías e Internet porque desarrollan parcelas de nuestra inteligencia cuando afecta negativamente a otras, pero Johnson siempre sostuvo que él no abogaba por la supresión de la lectura, por ejemplo, sino por la no criminalización de la televisión: cuando ambos medios se consumen adecuadamente producen mentes mejor ordenadas).</p>

	<p>Lo que sucederá en nuestra sociedad después de la implantación masiva de dispositivos con conexión a Internet forma parte de la ciencia ficción. Pero si Carr anda en lo cierto (y yo creo que así es), entonces <strong>es posible que este siglo se vea mancillado por unas generaciones de mentes hueras e insustanciales</strong>, adictas a lo inmediato, reacias a la pesarosa reflexión e incapaces de leer nada que supere las 10 páginas y que no sea presentado en forma de hipertexto. </p>

	<p>Me pregunto cómo, al ser menos avispados, nos daremos cuenta de que somos menos avispados.</p>

	<p>Sitio Oficial | <a href="http://www.editorialtaurus.com/es/libro/superficiales/">Ficha en Taurus</a> </p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[Los niños que quieren oír muchas veces el mismo cuento aprenden más deprisa]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/los-ninos-que-quieren-oir-muchas-veces-el-mismo-cuento-aprenden-mas-deprisa</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/metacritica/los-ninos-que-quieren-oir-muchas-veces-el-mismo-cuento-aprenden-mas-deprisa</guid>
      <pubDate>Sat, 02 Apr 2011 07:37:41 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="derecha" src="http://img.papelenblanco.com/2011/04/pop_7mo.jpg" class="centro" alt="pop_7mo.jpg" />De algún modo, <strong>Los niños parecen refocilarse escuchando justo lo que esperan escuchar</strong>. Por eso no dejan de reclamar que les leamos la misma historia una y otra vez. Y es anatema cambiar algún detalle del cuento: enseguida el niño nos reprimirá nuestra creatividad. Por supuesto, para los padres es un poco agotado leer siempre las mismas aventuras del osito que se fue al parque de atracciones, pero los niños, sin embargo, extraen unas importantes enseñanzas de esta reiteración.</p>

	<p>Al menos si atendemos a un estudio de la Universidad británica de Sussex, dirigido por la psicóloga <strong>Jessica Horst</strong>, que fue publicada en la revista  <em>Frontiers in Psychology</em>. Según el estudio, es esta repetición lo que <strong>acelera la adquisición del vocabulario del niño</strong>.</p>

	<p>El experimento de la doctora Horst consistió en exponer a dos grupos de niños de 3 años al aprendizaje de dos palabras nuevas. Cada una de ellas era una palabra inventada para designar un objeto desconocido, como por ejemplo &#8220;<em>sprock</em>&#8220; para referirse a un artículo manual empleado para mezclar comida.</p>

	<p><!--more--></p>

	<p>Durante el plazo de siete días, <strong>uno de los grupos escuchó tres historias diferentes con estas palabras</strong>, mientras que el otro grupo escucho una única historia con las mismas palabras nuevas. Transcurrido ese periodo, se constató que los niños a los se había contado solo un cuento recordaban mejor las nuevas palabras que los niños a los que se había contado tres historias diferentes. </p>

	<p>Señala Horst:</p>

<blockquote>Sabemos que cuanto mayor es el número de libros que se tienen en casa, mejores son los resultados académicos de los niños, pero lo que no habíamos comprendido es cómo ocurre ese aprendizaje. (...) Lo que esta investigación sugiere es que lo importante no es el número de libros, sino la repetición de cada uno de ellos, porque es lo que propicia un mayor aprendizaje. (...) La primera vez puede ser sólo la comprensión de la historia, la segunda la percepción de los detalles y la descripción, y así progresivamente. Y si la nueva palabra se introduce en una variedad de contextos, como ocurrió con aquellos a los que se les leyeron tres cuentos diferentes, lo más probable es que los niños no logren concentrarse tanto en la palabra nueva.</blockquote>

	<p>En otras palabras, los niños no necesitan de grandes bibliotecas de libros distintos: <strong>se benefician de una exposición repetida a los que tengan</strong>. </p>

	<p>Vía | <a href="http://www.elperiodico.com/es/noticias/sociedad/20110220/los-ninos-que-quieren-oir-muchas-veces-mismo-cuento-aprenden-mas-rapido/869106.shtml">El Periódico.com</a></p>      ]]></description>
      </item>
                    <item>
      <title><![CDATA[Condicionando el gusto literario de nuestros hijos antes de que nazcan (y II)]]></title>
      <link>http://www.papelenblanco.com/metacritica/condicionando-el-gusto-literario-de-nuestros-hijos-antes-de-que-nazcan-y-ii</link>
      <guid>http://www.papelenblanco.com/metacritica/condicionando-el-gusto-literario-de-nuestros-hijos-antes-de-que-nazcan-y-ii</guid>
      <pubDate>Wed, 23 Feb 2011 23:06:28 +0000</pubDate>

      <author>Sergio Parra</author>
      <description><![CDATA[
      <p><img class="centro" src="http://img.papelenblanco.com/2011/02/baby3.jpg" alt="" />Nuestros hijos <strong>pueden ser sensibles a la estética incluso en el interior del claustro materno</strong>. Así que no es tan descabellado leerle cuentos antes de que nazca, tal y como sugieren dos psicólogos.</p>

	<p><strong>Anthony DeCasper</strong> y <strong>Melanie Spence</strong> solicitaron a futuras madres que, durante el último trimestre de embarazo, leyesen diariamente en voz alta durante tres minutos un pasaje de <em>The Cat in the Hat</em>, del <strong>doctor Seuss</strong>, o <em>The King, the Mice, and the Cheese</em>, de <strong>Nancy</strong> y <strong>Eric Gurney</strong>.</p>

<blockquote>Examinados sólo un día o dos después de nacer, los bebés que habían estado expuestos a Seuss en el útero preferían a Seuss, y los que habían oído <em>The King </em>preferían <em>The King</em>, incluso cuando era otra persona quien leía las historias. Esto no equivale a decir que en el último trimestre los niños “entendieran” realmente el cuento del Gato, pero al parecer sí percibieron su ritmo característico.</blockquote>

	<p><!--more--></p>

	<p>Es decir, que nuestros futuros hijos no serán más inteligentes si les leemos historias. <strong>Pero sí podemos influir ya en sus gustos literarios</strong>, al menos en los primeros estadios de su vida. </p>

	<p>¿Y también ocurre con la música? Al parecer, sí. Aunque el tema musical pudiera ser un poco más peliagudo, tal y como explica el psicólogo <strong>Gary Marcus</strong>:</p>

<blockquote>Otro estudio reveló que los fetos del tercer trimestre podían captar la melodía de Mary Had a Little Lamb, y en otro se comprobó que eran capaces de reconocer el tema musical de un culebrón británico. (De todos modos, no estoy sugiriendo al lector que lo intente en casa. No es seguro que la exposición prenatal no tenga alguna consecuencia perdurable a largo plazo; algunos expertos creen que esta exposición deliberada podría ser realmente perjudicial para el sistema auditivo en desarrollo así como para los ciclos naturales de sueño-vigilia del niño.)</blockquote>

	<p>Vía |<em> Kluge</em> de Gary Marcus</p>      ]]></description>
      </item>
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