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¿Por qué produce tanto rechazo la contaminación cultural? (y II)

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Uno de los lugares que más me sobrecogieron en mi primera visita a Nueva York no fue el Empire State Building o la Estatua de la Libertad, sino una deliciosa cafetería escondida en Greenwich Village llamada Cornelia Street Café.

Aquí fue donde la cantautora Suzanne Vega empezó su carrera, donde los Monty Python interpretaron algunas obras en la década de 1980 y donde el senador Eugene McCarthy recitaba poesía. También aquí, una vez al mes, toca un grupo de neurocirujanos de alto nivel se reúnen para tocar en su banda Amygdaloids, nombre que hace alusión a esos racimos en forma de almendra que hay en el cerebro, que tienen discos como Heavy Mental. Para escucharles, aquí ha llegado a entrar gente como John Nash, el esquizofrénico matemático de Princeton que inspiró la película Una mente maravillosa.

El Cornelia Street Café es un micromundo de reglas cultures muy flexibles, en el que gente de muy diversa catadura tiene acceso libre para mostrar sus creaciones y, acaso, inspirar al respetable con ellas. El Cornelia Street Café no tiene fronteras, y funciona como reducto para ensayar cosas que luego se trasladarán al mundo real.

El mundo real, sin embargo, sería un lugar mucho mejor si se pareciera más al Cornelia Street Café y menos al patio privado de un provinciano armado con una escopeta de doble cañón dispuesto a volarle la tapa de los sesos a cualquiera que pretenda trasponer el umbral de su sacrosanta casa o, peor aún, mantener un idilio con su virginal hija de diecinueve años. O algo así.

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¿Por qué produce tanto rechazo la contaminación cultural? (I)

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La obsesión de quienes quieren preservar la inmaculada pureza de sus lengua o su cultura me recuerda a la otrora obsesión de reproducirse exclusivamente con individuos de sangre azul a fin de no mancillar el acervo genético.

Los hay que denostan los préstamos anglosajones, como cool o must see, e incluso aquéllos que sirven para rellenar lagunas culturales: ¿cómo diablos se dice exactamente en español spoiler, slapstick, cliffhanger o screwball?. En Cataluña, donde yo vivo, en las series de producción propia los personajes tienden a emplear términos que prácticamente nadie usa en la calle, como si llevaran un permanente palo metido en el orto, a fin de evitar la por otra parte inevitable proliferación de castellanismos.

Preservar la pureza cultural es un anhelo tan infructuoso como el de preservar la virginidad de nuestra hija. Tarde o temprano perderemos. No obstante, aunque hubiera un sistema eficaz para compartimentar las culturas a fin de que no se contaminaran unas a otras, ¿sería algo deseable?

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¿Qué relación hay entre lengua y música?

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p3160017.JPGSteven Pinker, uno de mis divulgadores favoritos, sostiene que la música es sólo un derivado del lenguaje, un “postre auditivo” al que apenas hay que darle importancia.

Steven Mithen, catedrático de Arqueología de la Universidad de Reading (Inglaterra), experto en investigación sobre la evolución humana y la arqueología cognitiva, sostiene otra postura distinta a la de Pinker: no cree que el lenguaje pueda haber derivado de la música, pues esta hipótesis no permite explicar las propiedades únicas del lenguaje.

La posibilidad que Mithen admite como más probable es que hubiera un precursor común de la música y el lenguaje, un sistema de comunicación que tuviera las mismas características que hoy comparten lenguaje y música, pero que, en determinado momento, se dividieran en dos sistemas distintos en nuestra historia evolutiva. Es bastante probable que la música naciese por la necesidad de comunicarse, quizás a grandes distancias, quizás en el tiempo, quizás de manera secreta.

Esta idea también la apoya el musicólogo Stephen Brown, que ha bautizado este precursor hipotético como musilengua. Brown considera que la musilengua formó una suerte de antiguo sistema de comunicación usado por nuestros ancestros. En determinado momento, la musilengua se dividió en dos sistemas separados y especializados. Uno se convirtió en la música y el otro, en el lenguaje.

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Algunos intentos de inventar una lengua universal

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Qué bonito sería que todos hablásemos el mismo idioma. La de fricciones que se evitarían. La de recursos que se ahorrarían. La de omnicomprensión que se fomentaría. Sin embargo, los idiomas universales son una entelequia, fundamentalmente porque son incompatibles con la forma en la que está cableado nuestro cerebro.

Como éste es un blog de letras no pretendo irme por las ramas neurocientíficas, pero basta decir que nuestro cerebro, por su propia estructura, tiende a modificar el idioma, a empeorarlo o mejorarlo, a eliminar palabras, a crear nuevas, a generar dejes que generen distinciones sociales (yo soy mejor que tú, escúchame), etc. Nuestro cerebro es una chapuza biológica llena de errores, y los idiomas, por tanto, son chapuceros en todos los países del mundo. Si os interesa el tema, os recomiendo dos libros al respecto: Kluge: la azarosa construcción de la mente de Gary Marcus y El cerebro accidental de David Linden. También os recomiendo mis artículos Todos los errores que cometemos al hablar como forma de enriquecer la literatura (I) y (II), (III) y (y IV).

No importa que todos hablemos igual un día, porque al mes siguiente, o transcurridos diez años, las diferentes regiones geográficas y sociales habrán formulado maneras de hablar distintas, tanto para adaptarlo a sus propias realidades como para diferenciarse del otro (el otro siempre es lo peor), todo ello pasado por la cocterlera de nuestro cerebro chapucero.

Esta argumentación también puede examinarse desde el punto de vista contrario: en realidad todas las lenguas son iguales, y exigir que unas personas hablen una lengua para que dicha lengua no se extinga es una entelequia: ninguna lengua existe más de una generación o dos: se transforma y muta de tal forma que, si bien las raíces permanecen, los flecos son otros. Hasta el punto de que parece otro idioma.

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¿Realmente estamos viviendo una americanización de la cultura? (y II)

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Como os señalaba en la primera entrega de este artículo, es más que dudoso que suframos una americanización. Además, ser colonizados es bueno, así como es bueno colonicemos. Culturalmente hablando.

Por ejemplo, si te dedicas a los negocios, probablemente precisarás de la ayuda de la fonética asiria, de la imprenta china, del álgebra árabe, de la numeración india, de la doble contabilidad italiana, de las leyes mercantiles holandesas o de los circuitos integrados californianos, como explico en mi artículo Todos nos necesitamos a todos: la utopía de ser autosuficiente.

O tal y como señala Matt Ridley:

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¿Realmente estamos viviendo una americanización de la cultura? (I)

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2435564658_538f7941f3.jpgQue si “okey”. Que si “cool”. Que si WTF (popular acrónimo que significa ¡qué diablos!, What The Fuck). Que si LOL, docudrama, spoiler, slapstick, screwball, HD, ON… términos y más términos que se cuelan en nuestra sacrosanta lengua española y que amenazan con emponzoñar nuestra pureza cultural. Estoy convencido de que muchos de vosotros ignoráis el significado de algunos de estos términos anglosajones, y que incluso les tenéis manía.

Pero ¿hasta qué punto esos términos son una amenaza o una forma nueva de enriquecimiento? ¿Realmente sufrimos una invasiones yanqui o es sólo un tópico? ¿Una novela se devalúa cuando emplea esta clase de términos aunque no exista equivalente en nuestro idioma (como spoiler o cliffhanger)?

Resumiendo mi postura, podría decirse que cometemos el error de considerar que los americanos nos colonizan culturalmente de igual forma que consideramos que, por su culpa, ahora hemos empezamos a celebrar Halloween: en realidad Halloween es una tradición europea que colonizó a los estadounidenses (los inmigrantes irlandeses transmitieron versiones de la tradición a América del Norte durante la Gran hambruna irlandesa de 1840), y que, ahora, se nos devuelve. En decir, la cultura va y viene, se mezcla y entremezcla, y buscar purezas en un mundo cada vez mejor comunicado no sólo en una entelequia sino un grave error.

Por ejemplo, estamos obsesionados por la invasión americana pero ignoramos que gran parte de la cultura americana, a su vez, es de influencia asiática: hoy en día casi todas películas de acción, por ejemplo, se ruedan al estilo Honk Kong. Toda la estética “rave” norteamericana es una imitación del estilo japonés. Ya no digamos los actuales videojuegos y cómics. Si vais a una discoteca estadounidense y observáis que muchas chicas visten falda plisada… sí, es por la pornografía japonesa.

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¿Cuántas lenguas hay en el mundo? ¿Cuál es la mejor?

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tongue-sticking-out-rolling-stones.pngHay lenguas que, por su sonoridad, puede que no sean de nuestro agrado. Por ejemplo, la aspereza del alemán. Parece una lengua concebida para impartir órdenes. Otras lenguas parecen más musicales y relajantes, como el catalán. También las hay que simplemente dan rabia, como el francés: bueno, me da rabia a mí, y me da la impresión de todos los franceses hablan haciendo morritos, como si fueran a plantarte un ósculo en cualquier momento.

En la literatura sucede algo similar. El idioma es la herramienta del autor. Y como tal, el propio autor está plegado a sus limitaciones. También es el propio autor el que se impone las suyas: no es lo mismo leer a Góngora (paradigma de densidad léxica) que el los mensajes de una choni poligonera dejados en tuenti.

Determinar el número de lenguas que hay en el mundo es como contar el número de estrellas o el número de especies de animales: constituye una cifra en continuo movimiento, pues se extinguen y nacen continuamente. Con todo, se establece una cifra orientativa aceptada en general: 6.800 lenguas. Sólo en Francia, por ejemplo, se hablan 75 (algunas indígenas, otras no). En la diminuta Papúa Nueva Guinea se hablan 820 lenguajes. A nivel global, se cuentan 600 consonantes diferentes y 200 vocales.

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¿Cómo adivinar una palabra cualquiera con sólo 20 preguntas?

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humpty_dumpty.jpgEl poder del lenguaje es incomensurable. Bien empleado, es capaz de instilar ideas, cambiar opiniones, empujar acciones. El lenguaje puede transformarlo todo. Y también es capaz de introducirnos de una forma totalmente nueva en la cabeza de otras personas, hasta el punto de codificar de algún modo su pensamiento más abstracto.

El lenguaje posee tanta información que, incluso, tiene una capacidad para indagar que dejaría en ridículo a Sherlock Holmes. Gracias a las huellas que dejamos al hablar y escribir, la lingüística forense es capaz de certificar si somos nosotros los autores de determinada texto o no. Nuestro idiolecto es casi tan preciso como nuestro ADN.

Hay palabras como las Portmanteau Words de Lewis Carroll, palabras encastradas que contienen varios significados, palabras metidas dentro de otras palabras en un juego de muñecas rusas. Palabras, por tanto, que se escabullen en sí mismas y, de alguna manera, dejan de ser palabras.

Es como lo que dice Humpty Dumpty en A través del espejo. Dice que cuando emplea una palabra significa lo que él quiere que signifique, ni más ni menos. Alicia le responde entonces que el problema reside en saber si puedes hacer que una palabra tenga tantos significados distintos, y Humpty Dumpty replica que el problema verdadero consiste en saber quién manda.

Espiad un día cómo juega un niño en su habitación. Suelen hacerse comentarios en voz alta para animarse a sí mismos, canturrean para disfrutar más o amenizar el juego, como si sintonizaran una emisora de radio. Si empiezan algo dicen frases como “ya empiezo”. Al cambiar de acción, proceden a advertírselo a un oyente imaginario: “ahora esto”. Si terminan, “ya está”. Si manifiestan sorpresa, aunque no haya nadie para escucharlos ni videocámaras filmando la película de sus vidas, “oh, ¿y ahora qué?”, y acompañan las palabras con un aspaviento de las manos.

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¿Cómo crear la lengua perfecta? (II)

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c3po.jpgEl único intento de lengua perfecta que ha tenido cierto éxito ha sido el esperanto, que fue concebido por una tal Ludovic Lazarus Zamenhof (15 de diciembre de 1859).

Zamenhof era todo un polígloto de joven: en su adolescencia ya dominaba el francés, el alemán, el polaco, el ruso, el hebreo, el yiddish, el latín y el griego. Adorador del lenguaje como era, y con la convicción de que un idioma universal que se pudiera aprender fácil y rápidamente podría mitigar muchos males sociales, Zamenhof construyó el esperanto.

Saluton! Cu vi parolas Esperanton? Mio nomo estas Sergio. (Hola. ¿Hablas esperanto? Me llamo Sergio.)

Sin embargo, a pesar de ser el lenguaje artificial más hablado del mundo, apenas lo usan unos pocos millones de personas: una décima parte del 1 % de la población mundial. Así pues, parece ser que poco importan las dificultades intrínsecas de un idioma: las razones por las que las personas deciden hablar un idioma son otras.

Lo que lleva a una lengua a imponerse sobre otra es básicamente una cuestión de política, dinero e influencia. El francés, en su día la lengua más hablada en Occidente, se vio desplazada por el inglés no porque esta lengua fuera mejor, sino porque el Reino Unido y Estados Unidos adquirieron un papel más poderoso e influyente que el de Francia.

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¿Cómo crear la lengua perfecta? (I)

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lazaro_zamenhof_inventor_esperanto.jpgA rebufo de mi serie de artículos Todos los errores que cometemos al hablar como forma de enriquecer la literatura, os quiero referir algunos ejemplos de personas que, en alguna ocasión, intentaron superar nuestras barreras biológicas y lingüísticas para forjar una lengua que realmente fuera perfecta, ajena a las arbitrariedades y ambigüedades de las lenguas que pueblan el mundo (y que posiblemente hacen que el arte sea tan fecundo como lo es).

Desde los tiempos de Hildegarda de Birgen, una mística del siglo XII, muchas personas han intentado construir lenguas más sensatas a partir de cero. Tal vez uno de los esfuerzos más destacables lo realizó John Wilkins (1614-1672), que abordó la preocupación de Platón por la sistematización de las palabras. Por ejemplo, si todos son felinos y se parecen tanto entre sí, ¿por qué las palabras gato, tigre, león, leopardo, jaguar o pantera se parecen tan poco?

En su obra de 1688, An Essay Towards a Real Character and a Philosphical Language, Wilkins intentó crear un léxico sistemático no arbitrario, basándose en que las palabras debían reflejar las relaciones entre las cosas.

Para ello, elaboró una tabla constituida por cuarenta conceptos principales, que abarcaban desde cantidades, tales como magnitud, espacio y medida, hasta cualidades, tales como hábito y enfermedad, y luego dividió y subdividió cada concepto sutilmente. La palabra “de” hacía referencia a los elementos (tierra, aire, fuego y agua); la palabra “deb” hacía referencia al fuego, el primer elemento (en el esquema de Wilkins); “deb”, a una parte del fuego, es decir, una llama; “deba”, a una chispa, y así sucesivamente, de modo que cada palabra estaba estructurada cuidadosamente (y de manera previa).

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