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La dictadura censurada o el indiscutible poder de las palabras

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Censura de la dictaduraUna vez más nos encontramos con un caso curioso de intentar suavizar la intensidad del pasado a través de un “cuidado” o censura en el uso del lenguaje. En Chile el Consejo Nacional de Educación decidió hace unos días cambiar de los libros de texto de historia para la educación primaria la palabra “dictadura” por la de “régimen militar” en un intento por brindar, supuestamente, una versión equilibrada de la historia.

La decisión generó una acalorada discusión con reacciones airadas de los escaños de izquierda del congreso chileno quienes argumentaron, entre otras cosas, que una dictadura es una dictadura y que no acepta apellidos. Tan acalorada fue y tantas críticas recibió la propuesta que debieron retractarse y dejarla sin efecto.

Vale la pena recordar que Chile fue gobernado férreamente por Augusto Pinochet desde el año 1973, luego del sangriento derrocamiento del Presidente Salvador Allende en septiembre de ese año, hasta 1990. Fue uno de los períodos más oscuros de la vida de ese país latinoamericano con un saldo aún desconocido de torturados y desaparecidos. Pero yendo a lo que nos atañe, ese intento de borrar o cambiar la memoria histórica a través de la manipulación del lenguaje usado en los textos no es nueva.

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Tibudopabikudaropigolatupabikutibudogolatudaro- pitibudopabikugolatu: la predisposición de los bebés para aprender palabras nuevas

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baby.jpgCada vez son más los estudios científicos que avalan la teoría de que el lenguaje es instintivo, posee un sustrato biológico, y por tanto comparte determinadas características entre todos los seres humanos, independientemente del lugar donde hayan nacido o la cultura que les haya empapado el cerebro.

Uno de los experimentos más llamativos sobre cómo nacemos con un patrón de gramática insertado en nuestros genes es el que llevaron a cabo los psicólogos de Rochester Jenny Saffran, Dick Aslin y Elissa Newport.

Con sólo cuatro días de edad, los bebés ya son capaces de notar la diferencia entre una serie de palabras de tres sílabas y otra de palabras de dos sílabas. En el experimento, presentaron a bebés de ocho meses una sucesión larga y monótona de sílabas ininterrumpidas como:

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Todos los errores que cometemos al hablar como forma de enriquecer la literatura (y IV)

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Como os decía en la anterior entrega de esta serie de artículos acerca de las limitaciones del lenguaje como forma de alimentar la literatura, la imprecisión del lenguaje también puede favorecer las elucubraciones filosóficas.

Por ejemplo, la palabra “montón”, como precursora del juego de ingenio filosófico llamado paradoja sorites:

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Todos los errores que cometemos al hablar como forma de enriquecer la literatura (III)

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Presumiblemente, un idioma, para ser perfecto, tendría que reunir una serie de características que no reúne ningún idioma del mundo:

-No ser ambiguo (salvo, quizá, cuando el hablante pretende ser ambiguo a propósito).

-Ser sistemático (en lugar de idiosincrásico).

-Ser estable (de manera que, por ejemplo, los abuelos fueran capaces de comunicarse sin fisuras con los nietos).

-No redundante (para no perder tiempo ni energía)

-Y capaz de expresar todos y cada uno de nuestros pensamientos.

Un idioma perfecto sería algo como lo que describió el filósofo Bertrand Rusell:

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Para los que escriben rarito: la pedantería en la no ficción (y II)

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Esto se demostró de forma espectacular con la publicación en 1985 de una colección de poemas e historias cortas tituladas The Policeman´s Beard is Half Constructed. La gracia del libro es que fue elaborado por un programa de ordenador cuyo acrónimo era RACTER.

Para componer las historias y los poemas, RACTER escogía palabras sucesivas al azar de su diccionario. Si la palabra escogida se adecuaba gramaticalmente, RACTER la dejaba y pasaba a la siguiente palabra de la oración. Pero si no se adecuaba, entonces RACTER eliminaba la palabra y buscaba otra.

Las frases que producía el programa eran desatinos sin significado, pero un lector humano con suficiente imaginación podía extraer de ellas significados recónditos. Hasta el punto de que el libro recibió comentarios positivos en los periódicos de mayor tirada.

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Para los que escriben rarito: la pedantería en la no ficción (I)

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Reconozco que, cuando escribo novelas o cuentos, tiendo a ser ampuloso; incluso rozo la pedantería y el esnobismo. Soy perfectamente consciente de que a veces no se me entiende. O se me puede entender de muchas formas distintas.

Pero eso no es, a mi juicio, un rasgo negativo: las novelas no siempre tienen que aportar información clara y objetiva sino estimular el cerebro del lector, favorecer la multiplicidad de interpretaciones, dar de comer a los exegetas. Perderse por las subordinadas infinitas de Marcel Proust o por el hermetismo de James Joyce puede aportar desafíos cognitivos interesantes.

Pero la cosa se pone fea cuando nos enfrentamos a un texto de no ficción: un artículo, un ensayo o una mera opinión taquigráfica por Twiter o Facebook. Es entonces cuando me pongo verdaderamente enfermo. Es algo glandular, instintivo, pauloviano: el que profiere la opinión en términos literarios pomposos o poéticos pierde para mí todo su crédito intelectual. Automático.

Pudiera parecer mi reacción análoga a las de los ex fumadores con los fumadores: acostumbran a ser más agresivos e intolerantes con el humo que los no fumadores de toda la vida. Yo, de natural denso en mi vertiente de ficción, podría entonces cargar demasiado las tintas contra la densidad en la no ficción. Pero no es así. Que yo sea un rompecabezas literario es sólo anecdótico. Porque yo no soy peligroso, los peligrosos son los otros.

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'¿Cómo aprendemos a leer?' de Maryanne Wolf

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Estamos ante un rara avis: una obra que despliega prolijos conocimientos tanto literarios como científicos. De hecho, Cómo aprendemos a leer, de la profesora de desarrollo infantil de la Tufts University Maryanne Wolf, pretende conducirnos con una mezcla de magia y rigor por todos los misterios de la lectura desde un punto de vista eminentemente neurocientífico.

Es decir, Cómo aprendemos a leer ahonda en la cultura más humanística a través de la cultura más científica. Como debe ser.

Y es que, a pesar de que la lectura ha revolucionado la cultura de nuestra especie, la aptitud de nuestro cerebro para aprender a leer no viene de serie, no es un producto de la selección natural. Lo que hace nuestro cerebro para aprender a leer, una actividad de todo punto antinatural, es establecer nuevas conexiones entre estructuras y circuitos dedicados originalmente a otros procesos cerebrales más básicos, como la visión y el habla.

La arquitectura abierta es el término que emplean los informáticos para referirse a un sistema lo bastante versátil para cambiar o reorganizarse a fin de adaptarse a las demandas variables que recibe. Pues bien, dentro de los límites de la herencia genética, nuestro cerebro es un ejemplo de arquitectura abierta. Y gracias a ello, hemos conseguido aprender a leer, mejorando lo que la naturaleza nos proporcionó en primera instancia.

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