Una vez más nos encontramos con un caso curioso de intentar suavizar la intensidad del pasado a través de un “cuidado” o censura en el uso del lenguaje. En Chile el Consejo Nacional de Educación decidió hace unos días cambiar de los libros de texto de historia para la educación primaria la palabra “dictadura” por la de “régimen militar” en un intento por brindar, supuestamente, una versión equilibrada de la historia.
La decisión generó una acalorada discusión con reacciones airadas de los escaños de izquierda del congreso chileno quienes argumentaron, entre otras cosas, que una dictadura es una dictadura y que no acepta apellidos. Tan acalorada fue y tantas críticas recibió la propuesta que debieron retractarse y dejarla sin efecto.
Vale la pena recordar que Chile fue gobernado férreamente por Augusto Pinochet desde el año 1973, luego del sangriento derrocamiento del Presidente Salvador Allende en septiembre de ese año, hasta 1990. Fue uno de los períodos más oscuros de la vida de ese país latinoamericano con un saldo aún desconocido de torturados y desaparecidos. Pero yendo a lo que nos atañe, ese intento de borrar o cambiar la memoria histórica a través de la manipulación del lenguaje usado en los textos no es nueva.

Cada vez son más los estudios científicos que avalan la teoría de que el lenguaje es instintivo, posee un sustrato biológico, y por tanto comparte determinadas características entre todos los seres humanos, independientemente del lugar donde hayan nacido o la cultura que les haya empapado el cerebro.
Como os decía en la anterior entrega de esta serie de artículos acerca de las limitaciones del lenguaje como forma de alimentar la literatura, la imprecisión del lenguaje también puede favorecer las elucubraciones filosóficas.
Presumiblemente, un idioma, para ser perfecto, tendría que reunir una serie de características que no reúne ningún idioma del mundo:
Esto se demostró de forma espectacular con la publicación en 1985 de una colección de poemas e historias cortas tituladas The Policeman´s Beard is Half Constructed. La gracia del libro es que fue elaborado por un programa de ordenador cuyo acrónimo era RACTER.
Reconozco que, cuando escribo novelas o cuentos, tiendo a ser ampuloso; incluso rozo la pedantería y el esnobismo. Soy perfectamente consciente de que a veces no se me entiende. O se me puede entender de muchas formas distintas.
Estamos ante un rara avis: una obra que despliega prolijos conocimientos tanto literarios como científicos. De hecho, Cómo aprendemos a leer, de la profesora de desarrollo infantil de la Tufts University Maryanne Wolf, pretende conducirnos con una mezcla de magia y rigor por todos los misterios de la lectura desde un punto de vista eminentemente neurocientífico. 