El universo de la tipografía es fascinante. Tiene sus expertos, los defensores a ultranza de unas tipografías frente a otras, existen guerras internas, falsificaciones, plagios, de todo. Como en una película de espías cuyos protagonistas fueran la A y la B. Como si la historia de la tipografía corriera paralela a la historia de un cónclave de brujos que elaboran secretas pócimas.
No en vano, un tipógrafo puede pasarse hasta 10 años perfilando un tipo de letra, hasta que consigue que encaje entre sí y no se desajuste al cambiarla de tamaño, justificarla y demás contorsionismos. Por eso no es extraño que una buena tipografía, que permanece estable hasta el más mínimo detalle después de maquetarla en un texto de 200 páginas, pueda pagarse a un precio elevado.
No hay nada más estimulante que bucear en el origen de las formas de las letras es como analizar nuestro código genómico para averiguar por qué se nos ha quedado esa nariz tan aguileña.
El alfabeto tal y como lo conocemos empezó a forjarse de la mano de los fenicios hace 3.500 años, y cada letra de ese primer alfabeto era la inicial de un objeto ligado a la vida cotidiana. La A, por ejemplo, fue llamada álef, palabra que en fenicio significa “buey”. Si le damos un giro de 180º a la A y, con un poco de imaginación, al triángulo que queda abajo le colocamos ojos y nariz, obtendremos a un buey sus cuernos y todo. Pero eso solo es la punta del iceberg. Porque los tipógrafos han ido moldeando esas formas esenciales para hacerlas más agradables a la vista. O más persuasivas. O más “algo”.

Miradla. Es la letra K. Esas líneas, esos ángulos. Cómo no vamos a reírnos de la letra K. La letra K es desopilante. Bueno, es broma. En realidad la letra K no produce risa por cómo se escribe ni por lo que significa. La letra K da risa por su sonido (y no, no es necesario repetir el sonido una y otra vez para conseguirlo… ca-ca-ca).
Bucear en el origen de las formas de las letras es como analizar nuestro código genómico para averiguar por qué se nos ha quedado esa nariz tan aguileña.
En muchos de procesadores de textos podéis usar la tipografía helvética, las letras de los titulares de la mayoría de los periódicos del mundo.
Cuando leemos un libro solemos darle más importancia a lo que dice el libro que a las letras en sí mismas. Es obvio: la mayoría de libros que leemos hoy en día usan fuentes tipográficas muy similares, diseñadas específicamente para allanarnos el camino hacia la narración.
