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Imaginad la siguiente hipótesis: la letra perjudica más al medio ambiente que el consumo desaforado de petróleo.
Para mantener el actual ritmo de publicaciones de libros, los bosques se están deforestando, tal y como sucedió para construir la Armada Invencible. No existe alternativa. Ni papel electrónico, ni blogs, ni papel reciclado. Es como el fuego de Fahrenheit pero con forma de desastre medioambiental.
Como sucedía antes de la invención de la imprenta, cuando todo dependía de un puñado de copistas manuales.
Se decretan, pues, unos máximos de impresión de páginas anuales. Algo así como un Canon Gutenberg. Porque ya no cabe todo. Hay que escoger meticulosamente, favorecer el bien común, contentar a las mayorías. Pablo Coelho, por supuesto, se continuaría editando a cascoporro. Dan Brown, también.
Al existir tan poco espacio para imprimir letras, sólo se publican determinados pensamientos. Las neuronas minoritarias son relegadas a la marginalidad: si quieres decir la tuya sólo te queda la boca, pero olvídate de que lo dicho sobreviva demasiado tiempo. Y quizá nadie te escuchará.
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