Si echamos un vistazo a los libros de historia comprobaremos que la mayoría de avances tecnológicos provocaron miedo y rechazo al principio, una compungida aceptación más tarde, y una admisión generalizada finalmente (aunque siempre con algunos outsiders que vocean peligros donde no los hay).
No importa a la época que viajemos. Pero sin duda, los avances técnicos que más rechazo han originado son los relacionados con la eliminación de puestos de trabajo: los telares mecánicos aún generan pruritos luditas en el respetable más carpetovetónico.
El libro digital, ahora, parece ser el nuevo telar mecánico. O mejor: el libro digital de ahora no difiere demasiado de la imprenta de entonces: está suscitando miedos idénticos, y también discursos por parte de muchos intelectuales que, personalmente, me hacen desconfiar de la demarcación “intelectual”. Supongo que una persona, por muy leída que sea, no puede leerlo todo, y tampoco puede evitar que ciertos prejuicios o dinámicas mentales le lastren la actividad cognitiva, por ponernos eufemísticos.


Imaginad la siguiente hipótesis: la letra perjudica más al medio ambiente que el consumo desaforado de petróleo. 


20.000 artículos y 90.000 imágenes de Darwin y sobre Darwin se encuentran desde ayer disponibles en la red al alcance de cualquier persona. 