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La extraña costumbre de dedicar libros

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1342516434_b88b4d3278_o.jpgA ti, con mucho afecto, de mí. Con ligeras variaciones, la mayoría de las dedicatorias de los libros tienen esta estructura básica. También hay autores muy originales, que se lo curran en cada dedicatoria, pero son los menos.

Admito que yo he dedicado muy pocos libros en mi vida, y cuando lo he hecho me he sentido tremendamente incómodo. La primera vez que lo hice fue la mejor: estaba tan nervioso que escribí algo sin sentido, y luego estuve unos segundos valorando la idea de tacharlo o seguir adelante, en plan excéntrico. Al final lo taché: imaginaos el pastel. La segunda vez también fue memorable: lo escribí todo en mayúsculas por miedo a que fuera ilegible. Ya os podéis imaginar cómo me iba el pulso.

¿De dónde surgió la costumbre de dedicar libros? Lo cierto es que se ignora, pero durante siglos fue una práctica restringida al ámbito familiar o al círculo más íntimo de amigos. Como debería ser.

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¿Cómo se titula un libro?

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Lo de ponerle el título a un libro se parece a lo de ponerle un nombre a un hijo. Pero en el caso del libro es todavía una cuestión más peliaguda. ¿Gustará? ¿Sintetiza el espíritu de la obra? ¿Es original? ¿Demasiado pedante? ¿Escribo la novela sin título y espero que me llegue por inspiración al rematar la última página? ¿Pongo primero el título y, de ahí, intento que surja toda la historia?

Hay autores que, para acotar un poco estos dilemas, siguen a menudo un estilo semejante. Por ejemplo, Vargas Llosa acostumbra a titular sus obras mencionando dos cosas: La tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras, La ciudad y los perrosJuan Carlos Onetti se inspiraba en nombres de óperas o canciones: El caballero de la rosa, La vida breve, La muerte y la doncella… Algunos autores podían llegar hasta límites insospechados, como el escritor argentino Abelardo Arias, que ponía siempre títulos construidos con 13 letras: De tales cuales, Polvo y espanto, Álamos talados

Cada autor puede confeccionarse sus propias normas a la hora de titular. Algunos, como Andrés Trapiello, son más sistemáticos y atesora títulos para posibles libros y artículos en un cuaderno. Tiene tantos que incluso regala títulos a los amigos que le llaman para consultarle.

Pero también hay autores que no le dan demasiadas vueltas al asunto. Se dejan inspirar por los elementos que tengan más a mano o simplemente ponen lo primero que se les viene a la cabeza. Por ejemplo, Jean Cocteau, tras observar la marca de ascensores de su casa, decidió poner el título El ángel de Heurtevise. Witold Gombrowicz tituló Bakalay copiando la palabra de una calle de Buenos Aires. Más poética es la forma en la que Antonio Soler tituló El camino de los ingleses:

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¿Cómo puedo organizar mi enorme biblioteca sin morir en el intento? Trocéala (y II)

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el-palimpsesto-de-arquimedes.jpgA Erasmo de Rotterdam le gustaba tomar notas en los libros que leía. Así los hacía más suyos. Pero también le permitía fortalecer la memoria de lo que leía.

En su libro De copia, hizo esta conexión entre memoria y lectura cuando instaba a los estudiantes a hacer anotaciones en sus libros, usando “el signo apropiado” para marcar “las apariciones de palabras chocantes, una dicción arcaica o novedosa, brillantes destellos de estilo, adagios, ejemplos y comentarios concisos que merezca la pena memorizar.”

Lo explica así Nicholas Carr:

También sugirió a todos los estudiantes y profesores llevaran un bloc de notas, organizadas por temas, “para que cada vez que (el profesor) señale algo digno de quedar escrito, pueda anotarse en la sección correspondiente”. La transcripción de los fragmentos a mano y su declamación habitual ayudarían a asegurar que se fijaran en la mente. Los pasajes debían verse como flores que, arrancadas a las páginas de los libros, pudieran conservarse entre las de la memoria.

Sentí una especial trepidación al leer lo que aquí cuenta Erasmo porque yo, años ha, también llegué a unas conclusiones similares. Aunque fui un poco más allá. No sólo tomaba nota de lo que me parecía digno de guardar, sino que directamente troceaba el libro, fotocopiaba páginas e incluso las arrancaba para almacenarlas.

Sí, sé que suena sacrílego. Pero eran los libros o yo. Un poco me sentía como Séneca cuando emplea la metáfora de la botánica para describir el papel esencial que desempeña la memoria en la lectura y el pensamiento:

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¿Cómo puedo organizar mi enorme biblioteca sin morir en el intento? Trocéala (I)

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biblioteca1.jpgLeer mucho implica, generalmente, acumular muchos libros. El buen lector acostumbra a ser también un coleccionista de volúmenes y más volúmenes. Nos cuesta desprendernos de los libros que hemos consumido, por romanticismo, por apego, por lo que sea. Y eso lleva aparejados una serie de inconvenientes: el polvo, por ejemplo, es uno que me atañe a mí particularmente. Pero uno de los problemas más ubicuos es el del espacio.

En el libro Pensar/ Clasificar, Georges Perec plantea la idea de construirse una biblioteca casera con exactamente 361 libros (regalando uno si se incorpora otro). De este modo, nos ahorraríamos muchos problemas. Algo así como el Top10. Bueno, Top361.

Sin embargo, Perec también cuesta sus dificultades para organizar un número tan manejable de libros. Primero lo intenta por volúmenes:

aflorando el problema de autores con Obras completas en 1 volumen y otros con varios volúmenes, lo cual le obligó a fijar mejor 361 autores, pero novelas de caballería y diversos anónimos hicieron desistir de este criterio. Pasó entonces a considerar 361 temas encontrando nuevas dificultades.

Alguien que de verdad tuvo dificultades para almacenar sus libros fue un tal Karl Menger, el que fuera el alma matemática del Círculo de Viena. A Menger le abandonó su mujer seguramente por su obsesión de acumular libros, algo así como un Síndrome de Diógenes Cultureta.

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'Las bibliotecas perdidas' de Jesús Marchamalo

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Éste es un libro sobre libros. O más atinadamente, un libro para amantes de los libros. Y no sólo para amantes de los libros sino también para amantes, para obsesos de todos las vicisitudes que rodean a ese objeto llamado libro, esto es, escritores, plumas, manías, inspiraciones, drogas y demás. En definitiva, la trastienda de la literatura, el backstage de todo artificio. Eso y mucho más es lo que podemos encontrar en Las bibliotecas perdidas.

Su autor es Jesús Marchamalo, del que leo con devoción todas sus colaboraciones en prensa, y que descubrí por primera vez cuando presentaba un magnífico programa de televisión (en TVE2) dedicado al lenguaje y a la cultura literaria en general.

Marchamalo ha reunido en este libro una serie de artículos que se han publicado en los últimos siete años en el suplemento ABCD (cultural del diario ABC), siempre relacionados con el mundo literario. Los capítulos, pues, son cortos, y en ocasiones uno espera un poco más de chicha. Pero no importa. En las páginas de Las bibliotecas perdidas hay suficientes dosis de información sobre el mundo literario como para colmar las necesidades básicas de cualquier letraherido.

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¿Hay demasiados libros?

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Ya en el año 1600, un escritor inglés llamado Barnaby Rich se quejaba amargamente de la abundancia de libros y la incapacidad de las personas por leerlos todos. Decía: “Una de las grandes enfermedades de nuestro tiempo es la proliferación de libros que abruman a un mundo incapaz de digerir la abundancia de materias ociosas que todos los días se dan a la imprenta.”

28 años después, otro escritor inglés rezongaba sobre lo mismo: “vasto caos y la confusión de los libros (…) su peso nos oprime, nos duele la vista de leerlos, y los dedos de pasar sus páginas”. Se trata de Robert Burton, y escribió estas palabras en su Anatomía de la melancolía.

Es decir, que la cantinela de que hay demasiados libros en el mercado (sobre todo de los malos) es algo que viene de lejos.

En España, por ejemplo, se editan unos 100.000 títulos al año.

Desde un punto de vista meramente económico, menos títulos publicados cubriendo el mismo mercado significarían más ventas unitarias acarreando un menor coste de producción industrial y más margen industrial. Pero aquí lo importante es el punto de vista del lector: a mayor cantidad de libros, mayores posibilidades de encontrar uno que se ajusta a sus preferencias.

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‘Superficiales: ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes?’ de Nicholas Carr

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superficiales_que_esta_haciendo_internet_con_nuestras_mentes_portada_completa.jpgSeré sincero: lo que pensé cuando supe del lanzamiento de este libro fue algo así como “vaya, otro opúsculo alarmista y ludita sobre los riesgos de la tecnología; otro intelectual apolillado defendiendo su forma de obtener conocimientos, superior y más romántica, sobre cualquier otra que se haya forjado después de su nacimiento; otro autor que se atreve a decir que las nuevas generaciones son menos instruidas cuando diversos estudios demuestran lo contrario; otro defensor de lo clásico simplemente por clásico; otro ignorante de cómo funciona Internet, que no sabe que Wikipedia adolece de menos fallos que la Enciclopedia Británica“.

Sin embargo, a las pocas páginas de Superficiales, tuve que tragarme mis prejuicios. Y al terminar la obra de Nicholas Carr, admití que había cambiado de opinión: Internet nos está volviendo imbéciles (aunque esto lo matizaré más adelante).

Y Carr no ha usado devaneos románticos o miedos de perder el statuo quo para armar su idea, ni siquiera da lugar para opiniones personales: se limita a presentar las decenas de investigaciones científicas que se han hecho al respecto en el campo de las neurociencias o la historia.

Por si fuera poco, la prosa de Carr es increíblemente precisa, capaz de mezclar temas de la forma más amena, introduciéndote poco a poco por los vericuetos de su tesis, haciendo hablar tanto a filósofos muertos como a expertos actuales en neurociencias o psicología cognitiva. Salvando las distancias, esta capacidad de hilvanar temas y presentarlos de forma atractiva, con diversas capas de lectura, sólo la poseen autores como Malcolm Gladwell o Bill Bryson.

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Algunas cifras mareantes de letras, palabras, libros y sus combinaciones (y II)

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libros.jpgSi en la anterior entrega de este artículo os descubría los cálculos mareantes de Pierre Guldin, hoy os quiero hablar de Martin Mersenne, que en Harmonie universelle, de 1636, hizo lo propio con las secuencias musicales generables, y no sólo por las palabras pronunciables en griego, hebreo, árabe y cualquier otra lengua.

¿Cuántas resmas de papel serían necesarios para anotar todos los cantos susceptibles de ser producidos?

Más resmas de papel de las que se usarían para cubrir la distancia entre la tierra y el cielo:

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Algunas cifras mareantes de letras, palabras, libros y sus combinaciones (I)

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biblioteca.jpgLos cabalistas tenían un viejo sueño: combinar una serie finita de letras hasta el infinito. Esperaban de este modo formular algún día el nombre secreto de Dios.

En 1622 un hombre intentó hacerlo en su libro Problema arithmeticum de rerum combinationibus. Su nombre era Pierre Guldin. La premisa era calcular cuántas palabras podrían formularse con las 23 letras del alfabeto que se usaba en la época, combinándolas de dos en dos, de tres en tres y así sucesivamente.

No tenía en cuenta las repeticiones y no era importante que las palabras tuvieran sentido o fueran pronunciables. La cifra que alcanzó superó los 70.000 millardos (para escribir esta cifra se necesitarían más de un millón de millardos de millardos de letras).

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Los 100 mejores libros de todos los tiempos

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A la gente le gusta las listas, las enumeraciones y las ordenaciones. Así que la revista Newsweek ha publicado el enémiso ranking de los mejores libros de todos los tiempos. En concreto, de los 100 mejores.

Partimos de la base de que la clasificación es subjetiva, como todas las clasificaciones. Pero Newsweek trató de involucrar algunos rasgos más o menos objetivos, como el impacto en la historia, su aporte cultural y sus ventas.

Además, para empezar con un grupo de títulos asequible, previamente se usó diez listas de los mejores libros en inglés o traducidos a ese idioma: The Telegraph’s 110 best books/The Perfect Library, The Guardian’s top 100 books, Oprah’s Book Club, the St. John’s College reading list, Wikipedia’s list of all-time bestsellers, the New York Public Library’s books of the century, the Radcliffe Publishing Course’s list of the 100 best English-language novels of the 20th century, The Modern Library’s 100 best novels and 100 best works of nonfiction, Time’s 100 best English-language novels from 1923 to the present y NEWSWEEK’s own list of current top 50 choices.

Así que la competición se estableció con esta meta-lista. Cuando hubo igualdad, se desempató según la cantidad de resultados de Google. El resultado fue el siguiente:

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