¡Tú no tienes ritmo!
Muchas veces, en las críticas que leo de alguna novela, me encuentro con la apreciación de que la susodicha novela está muy bien escrita, tiene un final espectacular, unos personajes memorables, pero… carece de ritmo. Es aburrida. Es lenta.
Pero el asunto del ritmo de en una narración es muy discutible, digo yo. Un libro no acostumbra a leerse de un tirón, de corrido, en un puñado de horas. Los libros se leen a trompicones, cuando uno tiene tiempo para dedicarle, tal vez unos minutos antes de dormir, en un traqueteante viaje en tren. Y la lectura puede verse interrumpida por mil imponderables: tomar una nota en el borde de la página, volver a releer un párrafo especialmente inspirado, buscar en el diccionario una palabra que desconocemos y demás.
Así pues, ¿cómo estipulamos el ritmo en una novela si no sabemos a ciencia cierta a qué ritmo va a ser consumida la novela?
¿Un SMS puede ser literatura?
Ante la proliferación de las primeras novelas por entregas que, previa suscripción, son remitidas a través de mensajes de texto, SMS, a un terminal de teléfono móvil, muchos puretas se están llevan las manos a la cabeza. Es natural, la misma conmoción recorrió a quienes asistieron al fin de la oralidad y el principio de la escritura, o el fin de la música en directo y el principio de la música enlatada.
Platón, por ejemplo, creyó que la memoria de los hombres se debilitaría si el arte de la escritura se extendía demasiado. Imaginad lo que hubiera pensado con el auge de la imprenta.
Los cambios son así, dan miedo. Y nos encanta comparar, sobre todo bajo el prisma de “el pasado siempre fue mejor”. Ahora, un poco, todos somos como Platón, ante los SMS y la tecnología digital en general.
Relájate y disfruta (y III)
Bien. Llegados a este punto, ¿cuál es la conclusión de toda esta arenga en términos literarios y/o artísticos? La conclusión sería, en pocas palabras, que todos somos víctimas de nuestras miserias, que somos imperfectos, que hasta Terminator, Robocop y algún robot asimoviano (mentes todas ellas matemáticamente consecuentes) han llegado alguna vez a infringir sus directrices.
Conclusión que puede ramificarse con arreglo al siguiente esquema:
Que consumir sólo papillas para bebé o cultura popular es síntoma de un gusto poco adiestrado.
Que consumir sólo caviar o alta cultura y nunca un huevo frito con patatas es síntoma de impostura.
Que creerse superior consumiendo una u otra cosa es síntoma de falta de conciencia de uno mismo y del medio que le ha tocado vivir.
Relájate y disfruta (II)

Creo que el quid de todo este lío está la conciencia y la impostura. Dos palabras que realmente definen cualquier decisión o forma de ser ante el mundo. Sin haber calibrado antes la autoconciencia y la impostura de alguien, lo que diga ese alguien, a priori, no me parece más interesante que un ruido de fondo.
Primero la AUTOCONCIENCIA. Ser consciente de que todo lo que decides, haces, consumes es, en puridad, la misma papilla. Ser consciente de que es tan ridículo ser choni como ser gafapasta, heavy, hardcoreta, padre de familia o ejecutivo encorbatado. Ser consciente de que sólo son posturas que se valen del metalenguaje inconsciente para proyectarnos y reafirmar lo que somos. Conscientes de que no somos coherentes, ni honrados, ni listos, ni siquiera, aunque suene paradójico, conscientes. Tal vez lo seamos más o menos que el vecino, pero no lo seremos por lo que hagamos sino por la conciencia objetiva, distante, cenital de lo que hacemos, sea cual sea su naturaleza.
Dejando a un lado los infinitamente discutibles valores artísticos de tal o cual obra literaria o de determinado chute a portería (a ver quién es el listo que se pone a estas alturas de la película a introducir jerarquías… ¿jerarquías en base a qué? ¿A lo fructífera que es la actividad en el ámbito intelectual, psicoemocional, endorfínico…?), dejando a un lado esto, que sería otra larga reflexión, no puedo estar de acuerdo con ninguno de mis dos conocidos.
Relájate y disfruta (I)

Este artículo no trata sobre la autoayuda. Tampoco es una clase de 10 minutos orientada a disminuir tus niveles de estrés. No van a sonar temas chill out ni vais a ejecutar esa coreografía en microgravedad que es el tai chi.
Esto va de relajarse de otro modo. Básicamente, sacándote el palo del culo, si se me permite la chabacana expresión. Sin ese palo, os lo garantizo, todos estaremos más relajados y, también, lo pasaremos mucho mejor.
Que de eso trata la literatura, entre otras cosas, de pasarlo bien.
Esta reflexión viene a cuento de un par de hechos que me ocurrieron durante la semana pasada. Quizás parezca que no tengan mucho que ver con la literatura, pero si tenéis paciencia, la analogía no tardará en aflorar.
Escribir en 'modo zombi' para que los zombis te lean (y II)

Escribir algo digerible por la mayoría no está mal. Pero siempre recuerda que lo estás haciendo para la mayoría, que no se te vaya la olla en este punto. Y, sobre todo, intenta tener las espaldas anchas para que algunos, con razón, te digan que sólo escribes papilla digerible para estómagos infantiles. Si esto queda claro y asumido por ti, pues adelante, que ancha es Castilla. Tú allí y yo aquí, que se dice.
Pero si no es así, escritorzuelo, tienes un problema.
En el mundo cinematográfico el asunto quizás se perciba con mayor claridad. Una peli cara requiere de una buena taquilla para recuperar el dinero invertido. Ello provoca un curioso fenómeno: cuantos más efectos especiales tenga una peli, más idiota y plana será. Por eso la ciencia ficción y la fantasía, a grandes rasgos, está quizá tan desprestigiada en el mundo cinematográfico. Por eso películas que se pretenden “filosóficas y profundas” como Dark Knight o Watchmen queden como digests o versiones sin mordiente de obras que fuera de la ciencia ficción y la fantasía ya han ido muchísimo más lejos, en todos los sentidos. (Como es cuestión de dinero, hay obras literarias de ciencia ficción que sí profundizan más que muchas obras generalistas, porque están dirigidas a minorías y la inversión económicas para sacarlas al mercado es mínima: Ciudad permutación sería un buen ejemplo, porque a ver quién es el listo que la lee sin haberse empollado antes unos cuantos años informática avanzada).
¿A quién le pertenece Borges?
En los últimos tiempos se han renovado las polémicas en torno a la vida y la obra de Jorge Luis Borges. E, incluso, podríamos decir que de su muerte, al entrar en diatriba el derecho o no de que sus restos reposen en el Cementerio de
Pere Lachaise Plain Palais en Ginebra y no en La Recoleta de Buenos Aires. Maria Kodama, viuda y heredera universal de la obra del escritor nacido en Buenos Aires en 1899, está por supuesto en el centro de la palestra mediática y presenta pruebas irrefutables del deseo del autor de ‘Ficciones’ y ‘El Aleph’ de permanecer en la ciudad suiza y no en su patria natal Argentina.
Los clichés en literatura (y II)
“El cielo parece estar en llamas a la puesta del sol.”
Esa imagen, aunque empleada con frecuencia, es totalmente acertada. ¿No son los clichés buenas ideas que han terminado por ser lógicamente populares? El problema estriba en que si ésta es la imagen que siempre escribimos o leemos sobre el atardecer, da la impresión de que ya nada nuevo se pueda decir sobre el atardecer. Si la literatura se conformara con adoptar una buena idea para siempre, entonces la literatura se estancaría. Y el arte paralizado o repetitivo no es arte sino la cadena de montaje de una fábrica.
Cualquier cosa que se exprese nunca debe ser la última cosa que se pueda decir, agotando así para siempre los infinitos cauces de la originalidad.
Un símil nuevo y original tendrá sus virtudes y defectos, pero será una genuina impresión del autor, una forma más honda y honesta de transmitir lo que verdaderamente siente. Mejorar las imágenes ya dichas (hasta que la nuestra, paradójicamente, se acabe convirtiendo en cliché) constituye una de las misiones del que quiere escribir, huyendo en lo posible de las convenciones. Porque las convenciones ya existen, no es necesario que las volvamos a escribir.
Los clichés en literatura (I)
Muchos lectores de novela recelan de las prosas crípticas, recargadas, originales y, sobre todo, pedantes. A tenor de ello, no hace mucho me formularon una pregunta que, aunque ingenua, no me veía capaz de responder sin perderme en mil y una ideas diferentes.
La pregunta fue: ¿No crees que si escribieras un poco menos complicado te leería más gente?
Son esa clase de preguntas infantiles tan elementales que te desarman. Pues sí, oye. Si escribiera más sencillito sin duda me leería más gente, hasta la que sólo lee a Pablo Cohelo. Es totalmente cierto. Pero no voy a usar este espacio público para torturaros con los personalísimos motivos por los que un día opté por escribir rarito, como ese empollón cuatro ojos que se sienta en primera fila de clase.
De lo que voy a hablaros hoy es de los clichés en literatura. De esto saben mucho los románticos ñoños que en realidad encubren el deseo primario de meterse en las bragas de una mujer (o fémina, poniendo pedante). Ya sabéis, del tipo: “Tus ojos son como dos soles, qué bonita eres entre todas las mujeres, eres tú mi príncipe azul” y todas esas fórmulas que de tan repetidas deberían poner en guardia a cualquier mujer u hombre inteligente. Pero muchos se lo tragan, como se tragan la prosa de Pablo Cohelo (pobre Cohelo, no es nada personal).
Don Juan Carlos, frente al análisis de 33 voces

Después de la repercusión alcanzada por las polémicas declaraciones de Su Majestad doña Sofía recogidas en el libro publicado por la periodista Pilar Urbano, llega el turno para Don Juan Carlos, cuya regia persona queda sometida a la opinión manifestada por treinta y tres acreditadas voces, recogidas todas ellas en el libro editado por la filial de Planeta, MR Ediciones, y firmado por Carlos García Retuerta: 33 españoles y el Rey.
Curioso triángulo literario de matices trigonométricos cuyo título juega a la conjugación entre el trigésimo aniversario de la Constitución y el número de voces seleccionadas para perfilar la semblanza de tan ilustre persona. Un espíritu ácido pudiera considerar en primera instancia esta publicación como un libro afín a Su Majestad, poblado de voces halagadoras dedicadas al enaltecimiento de don Juan Carlos.
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