El otro día tuvieron la gentileza de invitarme a subir al primer vuelo español impulsado con biocombustibles a fin de que escribiera sobre la experiencia, y durante el viaje (que no difería de cualquier otro viaje con combustible normal), me imaginé que no aterrizábamos en Barcelona sino en Dafen, el pueblo donde se falsifican el 70 % de todas las pinturas del mundo). Un lugar ideal para discutir sobre qué es el arte y qué no lo es, rodeado de falsificaciones y de artistas que no buscan la gloria sino dar de comer a sus hijos. Pensé en Dafen porque precisamente en ese momento leía sobre Dafen.
Y también leía sobre el arte inspirado en animales. Concretamente en libros que han sido inspirados por animales o que cuentan con animales como protagonistas. Ello me llevó a tirar del hilo de la memoria y recordar todas mis novelas juveniles y no tan juveniles.
Así que reunámonos todos junto al fuego a recordar libros de animales, y como estamos en Dafen, que nos rodeen falsificaciones de los famosos cuadros de principios del siglo XX de C.M. Coolidge en los que aparecen perros adoptando actitudes humanas, sobre todo la serie de 16 óleos dedicada a perros jugando al poker. Los más conocidos son A Bold Bluff y Waterloo, que en Estados Unidos son un icono de la cultura pop: en el especial de Halloween de la quinta temporada serie televisiva Los Simpson, por ejemplo, aparece el mencionado lienzo y Homer, invadido por un ataque de terror, grita: “¡Son perros! ¡Perros jugando al poker! ¡Uaaaahh!“.



Uno de nuestros lectores,
Como os adelantaba en la anterior entrega de esta serie de artículos, la televisión también nos hace inteligentes, aunque desarrolle una inteligencia distinta a la que desarrolla la literatura.
Vamos a empezar dinamitando tópicos. Se suele afirmar que ver mucho la tele te atonta o que ver mucho la tele no es bueno en general, pero no suele escucharse lo mismo en referencia a leer demasiado. Si vemos a un tipo embobado delante de una pantalla durante ocho horas enseguida compondremos una imagen estereotipada del tipo: es un zombi, un idiota que no piensa, un vago, lo peor de la nevera, en resumidas cuentas.
Que existen recetas infalibles para convertirse en escritor es una leyenda urbana a la altura de que en las cloacas de Nueva York viven caimanes gigantes, que la llegada a la Luna es un camelo y fue filmada en un estudio de Hollywood o que el número de estrellas que hay dentro de la “P” del título de la portada de la revista Playboy indica las veces que Hugh Hefner ha tenido relaciones con la muchacha del desplegable.
Michael Gove, secretario de Educación del Reino Unido, afirmó que los niños de 11 años deberían leer 50 libros al año para mejorar sus niveles de alfabetización. A ojo cubero, eso supone un libro por semana.
Atención, señoras y señores, prepárense para averiguar cuál es la mejor novela de todos los tiempos, la novela que uno debería leer si se considerara un buen lector, la novela que es la suma de todas las novelas, la novela que te impelerá a dar un salto cuántico en la literatura, la novela con marchamo, glamour y profundidad por antonomasia.
Reírse de las cosas es saludable. Al menos eso dicen. También es bueno para la salud mental el reírse de uno mismo: si te tomas demasiado en serio, acabarás con cara de acidez estomacal. Pero ¿hasta qué punto nos podemos ridiculizar a los demás? ¿En una novela nos modemos mofar a un determinado colectivo con total libertad?