Quien dice Georges Perec dice “juego”, “divertimento”, “travesura literaria” si se quiere. En ningún caso encontraremos en sus libros un estilo, digamos, “tradicional” (si es que éste existe): Perec juega, experimenta con las palabras, con las frases, con la fonética y, por supuesto, con las historias que narra.
Con su primera obra, Las cosas, recibió el Premio Renaudot y fue aclamado por la crítica como una revelación de las letras francesas; de todos sus textos es, quizás, el menos experimental, si bien ya se aprecia su estilo y ese toque de ruptura, de visión inconforme e irónico-humorística. Un año después, en 1966, publicó ¿Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado en el fondo del patio?, que desconcertó al punto de no recibir casi ninguna mención en la prensa. Salta a la vista que el estilo de uno y otro libro es radicalmente diferente: la calma basada en el deseo de opulencia de ‘Las cosas’ choca con la velocidad argumental y literaria que transmite en esta novella en que la comicidad arranca ya en el título.
El argumento, sencillo, desopilante y no falto de un dramático realismo, termina al servicio del lenguaje y sus posibilidades. Con esto no quiero decir que su importancia sea menor, sino que resulta tan apabullante el despliegue de estilo (muchas veces mediante la ruptura) que el punto de partida de la historia se nos queda, dentro de su originalidad, en un lugar secundario.


