El oficio de escritor siempre se me ha antojado como imán para desequilibrados. O quizá es que son los desequilibrados los que acaban haciendo catarsis vía literatura para soportar la vida.
La cuestión es que hay muchos escritores que están mal de la chaveta. Distintos trastornos mentales que acaso han funcionado como dinamo para una creatividad especial. Ya se dice que los locos abren caminos que más tarde seguirán los sabios.
Por ello no es difícil encajar que autores como Maupassant, Nietzsche, Schopenhauer o Mishima hayan estado turuletas en algún sentido. Para el psiquiatra Enrique González Duro esto no es simple azar:
Hay demasiados ejemplos de autores tratados, diagnosticados, recluidos, para que la relación entre locura y literatura sea casual. Es curioso cómo en muchas culturas el loco es un individuo inspirado, privilegiado, capaz de percibir y de decir lo que otros no captan, y siempre se ha buscado una conexión entre la locura y el arte. El artista, con su trabajo, tiende a crearse un mundo interior que le aleja de la realidad, y si ese proceso no se devuelve al mundo real en forma de producto artístico, se corre el riesgo de quedar encerrado en ese mundo imaginario. En cierta manera, podría decirse que la creación artística libera de la propia locura.

Friedrich Nietzsche es probablemente uno de los intelectuales alrededor de los cuales se han tejido más historias y mitos que lo contruyen y deconstruyen como uno de los pilares fundamentales de la filosofía del siglo pasado, si, pero también como una suerte de monstruo que anunció la muerte de Dios y que justificó la emergencia de los absolutismos políticos y, en especial, del nazismo.
Hay pocas sagas familiares tan sulfúreas, atormentadas y al mismo tiempo brillantes en la literatura española como la de los hijos de 