La literatura de Luis Mateo Díez dibuja geografías imaginarias, territorios conformados a los estados de ánimo y las experiencias de sus habitantes. Es al mismo tiempo un universo familiar, con los rasgos de una ciudad de provincias española de la posguerra, y uno onírico, brumoso y desleído. Su personajes parecen diluirse en una atmósfera irreal, como si vivieran en un mundo puramente simbólico y conceptual, como si no hubiera fronteras entre el suelo que pisan y sus monólogos interiores.
Es a esa región a la que regresamos en Los frutos de la niebla, que corresponde al ciclo de las ‘leyendas’ de Mateo Díez. Se trata de tres narraciones breves que basculan de lo mágico al realismo clásico. La primera trata de un encuentro entre dos antiguos amigos en el que uno le pide al otro, policía, que investigue la extraña ‘enfermedad’ que le aqueja y que va provocando la muerte a los que le rodean. La segunda es la historia de tres muchachos que se suicidaron o desaparecieron. La tercera, la defensa jurídica de una mujer humilde que sólo conoció el sufrimiento.
El nexo de coherencia de las tres historias lo encontramos en el estilo de Mateo Díez. Cabe decir que el autor en ningún momento narra: todos los párrafos son una generalización analítica, intelectual y distanciada. El argumento aparece así como pretexto para una descripción experimental de realidades emocionales. De ahí que la dificultad lectora sea notoria: para Mateo Díez en esta obra la forma más directa de contar nunca es la línea recta y procede por disquisiciones y rodeos cuyo abuso, honestamente, no está justificado.

Luis Mateo Díez es una rara avis dentro del panorama literario español. Se empeña en ser el Galdós del siglo XXI en una época en la que la novela parece haber llegado a un callejón evolutivo sin salida. Pero eso a él no le preocupa. Tiene su nicho de lectores y un puesto de funcionario que no le obliga a escribir para vivir. Y todos los años publica una novela que aspira a la perfección estilística. Un crítico y profesor me confesó una vez: Si fuéramos coherentes, el premio de la crítica se lo llevaba todos los años Luis Mateo Díez. Es el Galdós del siglo XXI, pocos le conocen, y él mientras sigue construyendo pausada y sabiamente una biblioteca singular de la novela contemporánea española.