Los clichés en literatura (y II)
“El cielo parece estar en llamas a la puesta del sol.”
Esa imagen, aunque empleada con frecuencia, es totalmente acertada. ¿No son los clichés buenas ideas que han terminado por ser lógicamente populares? El problema estriba en que si ésta es la imagen que siempre escribimos o leemos sobre el atardecer, da la impresión de que ya nada nuevo se pueda decir sobre el atardecer. Si la literatura se conformara con adoptar una buena idea para siempre, entonces la literatura se estancaría. Y el arte paralizado o repetitivo no es arte sino la cadena de montaje de una fábrica.
Cualquier cosa que se exprese nunca debe ser la última cosa que se pueda decir, agotando así para siempre los infinitos cauces de la originalidad.
Un símil nuevo y original tendrá sus virtudes y defectos, pero será una genuina impresión del autor, una forma más honda y honesta de transmitir lo que verdaderamente siente. Mejorar las imágenes ya dichas (hasta que la nuestra, paradójicamente, se acabe convirtiendo en cliché) constituye una de las misiones del que quiere escribir, huyendo en lo posible de las convenciones. Porque las convenciones ya existen, no es necesario que las volvamos a escribir.
De todos es conocida esa ecuación que postula que cuanto más soporífero y enrevesado es un libro mayor es su grado de profundidad. También ocurre a la inversa: cuanto más entretenida y adictiva es una lectura, mayor es su grado de superficialidad. La mayoría de nosotros estamos en contra de esta idea, sabemos que diversión o frivolidad no son sinónimos de superficialidad, y que ampulosidad tampoco es sinónimo de pensamiento más potente, como ya demostró genialmente Alan Sokal y Jean Bricmont en
En busca del tiempo perdido de Marcel Proust crea adhesiones incondicionales o profundos bostezos, lo que todos estamos más o menos de acuerdo es que su extensión, al menos a priori, resulta intimidante. Recordamos que son 7 volúmenes con un buen número de páginas, y como ya decía el director de la editorial que a comienzos de 1913 recibió la petición de publicar su obra, encontramos, por ejemplo, que Proust necesita 30 páginas para describir cómo da vueltas en la cama antes de quedarse dormido.
