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Impagable el reportaje que encontramos en la edición electrónica de TIME sobre las maniobras de marketing que se están preparando para el lanzamiento de Harry Potter and the Deathly Hallows. Situémonos. J.K. Rowling termina de escribir su manuscrito el 11 de enero de 2007. El encargado de cruzar el charco para recogerlo es Mark Seidenfeld, abogado de la Editorial Scholastic. Para mantener la integridad y seguridad del texto – que por supuesto, no lee -, viaja sentado encima suyo. Siete horas de viaje. Hagánse una idea del sacrificio del mensajero… y de los lectores del facsímil.
Sólo unos pocos han tenido el privilegio de leer el original del último libro de la saga. Uno de ellos es Arthur A. Levine, editor y sabio consejero de Rowling. Otra es Cheryl Klein, editora de continuidad de la serie. Su trabajo consiste en vigilar los “fallos de raccord” de la novela y pasarle el filtro al universo Potter: Quién es quién, quién dice qué, qué grafía se usa en cada caso, en qué tipo de silla se sienta Myrtle la Llorona. Sin duda estamos ante la Potteróloga más avezada del mundo.
Seidenfield, Levine y Klein forman parte del selecto brain trust que prepara el lanzamiento de Deathly Hallows. O cómo ellos se llaman, “La cámara de la paranoia”. Desde el 11 de enero apenas hablan con sus familias, y nunca del trabajo: no lo harán hasta el 21 de Julio, fecha del lanzamiento. Su trabajo es el de preservar el “momento mágico”: aquél en el que el lector abrirá su ejemplar recién comprado de Harry Potter en completo desconocimiento de su contenido y se sumergirá en la magia.
El objetivo de la “cámara de la paranoia” es evitar cualquier filtración, cualquier indicio, cualquier destripe. Ni que decir tiene que el supuesto anuncio del final revelado por un hacker de hace unos días les puso el pelo como escarpias. Cuando Klein fue a recoger un borrador a Inglaterra, cuenta, empezó a sentir escalofríos y sudores mientras una policía le registraba el equipaje, comentado que llevaba mucho papel: “En cualquier momento va a leer Hermione o Harry y se acabó”, comenta. Klein puso cara de buena chica y la cosa terminó felizmente, evitándose de paso un registro por drogas por su extraña reacción.
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