Vivimos en tiempos (afortunadamente cada vez menos) en los que parece que para granjearse el aplauso académico o popular hay que confesar que no se tiene televisión en casa (versión Light) o hay que despotricar contra la caja tonta (versión Premium).
Porque la tele embrutece, suspende las actividades cognitivas, induce al gregarismo. Basta con echar a un vistazo a ese niño que está frente al televisor, embobado, zombificado, incluso con un hilo de baba colgándole de la comisura de la boca, cual lobotomizado.
Pero esta imagen tan arquetípica es tremendamente errónea porque incurre en dos falacias diferentes. La primera: confundir contenido y continente: parece que la tele es el Mal porque es la tele, no porque se hayan analizado exhaustivamente todos los programas que emite.
La segunda: post hoc, ergo propter hoc, es decir, literalmente: “Después de esto, luego a causa de esto”. Observamos a una persona enganchada a la televisión y colegimos que está abducida, pero no nos planteamos que quizá esté alimentando su cerebro con una de las herramientas más enriquecedoras que existen en una casa. (¿Acaso somos tan críticos con alguien que está enganchado a un libro?) Colegimos que el televidente no piensa, cuando en realidad la neurociencia indica justo lo contrario (léase al respecto, Cultura basura, cerebros privilegiados, de Steven Johnson). Piensa, y mucho, aunque piense de manera diferente al lector de libros.
Los cerebros, sobre todo los infantiles, están diseñados para ser constantes adictos a la información y la resolución de problemas. No existen los cerebros vagos o que tienden a la vaguedad, salvo excepciones. Si una televisión, pues, concita hasta tal extremo la atención de los niños, no es porque la televisión los convierta en zombies o porque los niños se sientan más a gusto desconectando sus cerebros. La televisión es un estimulante cognitivo, y el telespectador está epistémicamente hambriento.

