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¿Qué es lo que sabemos de Franz Kafka, al margen de algunos fríos datos biográficos? ¿Cómo era, en realidad, la personalidad de quien imaginó la historia de un hombre que, una mañana cualquiera, despertó convertido en un insecto? ¿Qué hay del verdadero Kafka en Gregor Samsa, en Josef K., en Karl, en K.? La imagen clásica es la un hombre introvertido, concentrado, de aspecto sencillo y alma torturada. Sus escritos nos internan en fantasías agónicas, desencajadas, en las que el insconsciente y el absurdo van de la mano a través de ambientes laberínticos. Hemos creado el adjetivo “kafkiano” para describir situaciones incomprensibles, fuera de toda lógica, pero seguimos sin saber lo que atesoraba la mente de Kafka.
Fue poco lo que publicó en vida y, antes de que se lo llevara la tuberculosis, formuló el deseo de que se destruyeran sus páginas escritas. Max Brod, amigo y albacea, no cumplió esa voluntad. Esa “traición”, tan clara pero tan contradictoria, fue la que nos permitió leer a Kafka. Así conocimos ‘El proceso’, ‘El castillo’, ‘América’, la ‘Carta al padre’. No envidio el papel de Brod. La traición a un amigo terminó siendo un regalo literario inmenso para la humanidad. No puedo olvidar mi lectura de ‘El proceso’, y tampoco sabría elegir entre la traición o el regalo…
En estos días la editorial Acantilado publica Cuando Kafka vino hacia mí..., una recopilación de textos diversos que pretenden acercarnos un poco más al enigmático autor checo. Se trata de páginas escritas tanto por quienes lo conocieron en profundidad, como por aquellos que lo trataron superficialmente, como compañeros de escuela o vecinos de edificio.
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