El cuerpo humano es una sinfonía de ruidos. Los borborigmos de las tripas, los regüeldos, el ligero clic como de ala de mosquito al pestañear, el sorber por la nariz la destilación nasal como un cocainómano esnifando oxígeno, el chupar la comida con restallidos de la lengua, la sibilación quejumbrosa que recorre el ramaje de los bronquios, el chasquido de rama mojada de los metacarpianos, el gorgoteo de una flema profunda, el silbato que se origina en el tabique nasal como consecuencia de la cristalización de la mucosidad.
Gracias a este libro, llamado muy acertadamente Escucha tu cuerpo, de Joan Liebmann-Smith y Jacqueline Nardi Egan, sin embargo, podréis indagar sobre el origen de todos esos ruidos, la sinfonía horrísona del cuerpo humano, así como la razón de muchas otras cosas que le pasan al cuerpo, como que puede perder pelo (o ganarlo), que de repente puede oír voces, que pierde el sentido del gusto, que empieza a ver las cosas de otros colores, que se duerme en cualquier sitio, etc.
El libro está sistemáticamente organizado para explorar el cuerpo a través de sus peculiaridades y síntomas que llevan aparejados enfermedades. Y todo ello con un lenguaje muy asequible y pequeños recuadros de curiosidades históricas que hacen muy amena la lectura.
Por ejemplo, ¿alguna vez habéis estornudado cuando el sol os toca en la cara? No es nada extraño. Alrededor de una cuarta parte de las personas experimentan este fenómeno, que se conoce de diversas maneras: reflejo del estornudo fólico, reflejo de estornudo solar, reflejo de estornudo por luz brillante o, agarraos, síndrome de estornudos heliooftálmicos incoercibles autosómico dominante. Tal y como se señala en el libro: “Aunque la causa exacta de este fenómeno no se conoce, puede deberse a un cruce en el cerebro de señales reflejas de la vista y el olfato“.

Cuando la Editorial Paidós me hizo llegar Mala ciencia, de Ben Goldacre, a sabiendas de que me fascina leer ensayos de divulgación científica, no pude reprimir mi entusiasmo. No sólo se había traducido por fin el recomendadísimo Bad Science, sino que lo tenía en mi casa, dispuesto para ser devorado.
Benjamin Berkley Sherwood es un conocido escritor, periodista y empresario estadounidense. Y además es un experto en supervivencia, como demuestra en su último ensayo, best seller en medio mundo, El club de los supervivientes: los secretos y la ciencia que puede salvar tu vida.
Qué duda cabe de que el método científico es el procedimiento más depurado para alcanzar cotas de conocimiento empírico difícilmente alcanzables por cualquier otro medio intelectual. Por ello el método científico sólo puede aplicarse a determinados aspectos de la realidad; el resto queda fuera de la ciencia y, por tanto, lejos de su verificación: flotan en el éter de lo que llamamos intuición, mitología, misticismo o pseudociencia.
Desde la primera vez que leí a Oliver Sacks, con Un antropólogo en Marte, quedé absolutamente fascinada en dos sentidos: uno, por las extraordinarias historias que narraba sobre alteraciones neurológicas (un tema por el que siempre he sentido gran atracción) y, dos, y aquí reside el auténtico motivo de mi fascinación, por la perspectiva que defiende sobre la enfermedad y su tratamiento. Sus libros se centran en temas que, a priori, todos catalogaríamos como “científicos” y, por supuesto, lo son, ya que se trata de casos médicos. Pero lo que a Sacks le interesa no es realizar una exposición sobre la enfermedad en términos puramente científicos, mecánicos y químicos, sino dar una visión sobre los paisajes existenciales en los que viven los pacientes, las experiencias individuales de cada uno con su enfermedad.
Resulta gratificante encontrarse con obras como El mapa fantasma del periodista científico y columnista de la revista Discovery Steven Johnson. Se trata de un trabajo de investigación que desentraña uno de los episodios históricos más relevantes para el desarrollo de la sociedad occidental y a la vez uno de los más oscuros: el brote de cólera sufrido en el barrio londinense del Soho en 1854, que sólo en su primer día acabó con la vida de 500 personas; y cómo el médico John Snow y el pastor Henry Whitehead lograron ponerle fin mediante la observación directa y el método científico, salvando no sólo millares de vidas sino desterrando para siempre la superstición del ámbito de la medicina.