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'Escucha tu cuerpo’ de Joan Liebmann-Smith y Jacqueline Nardi Egan

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El cuerpo humano es una sinfonía de ruidos. Los borborigmos de las tripas, los regüeldos, el ligero clic como de ala de mosquito al pestañear, el sorber por la nariz la destilación nasal como un cocainómano esnifando oxígeno, el chupar la comida con restallidos de la lengua, la sibilación quejumbrosa que recorre el ramaje de los bronquios, el chasquido de rama mojada de los metacarpianos, el gorgoteo de una flema profunda, el silbato que se origina en el tabique nasal como consecuencia de la cristalización de la mucosidad.

Gracias a este libro, llamado muy acertadamente Escucha tu cuerpo, de Joan Liebmann-Smith y Jacqueline Nardi Egan, sin embargo, podréis indagar sobre el origen de todos esos ruidos, la sinfonía horrísona del cuerpo humano, así como la razón de muchas otras cosas que le pasan al cuerpo, como que puede perder pelo (o ganarlo), que de repente puede oír voces, que pierde el sentido del gusto, que empieza a ver las cosas de otros colores, que se duerme en cualquier sitio, etc.

El libro está sistemáticamente organizado para explorar el cuerpo a través de sus peculiaridades y síntomas que llevan aparejados enfermedades. Y todo ello con un lenguaje muy asequible y pequeños recuadros de curiosidades históricas que hacen muy amena la lectura.

Por ejemplo, ¿alguna vez habéis estornudado cuando el sol os toca en la cara? No es nada extraño. Alrededor de una cuarta parte de las personas experimentan este fenómeno, que se conoce de diversas maneras: reflejo del estornudo fólico, reflejo de estornudo solar, reflejo de estornudo por luz brillante o, agarraos, síndrome de estornudos heliooftálmicos incoercibles autosómico dominante. Tal y como se señala en el libro: “Aunque la causa exacta de este fenómeno no se conoce, puede deberse a un cruce en el cerebro de señales reflejas de la vista y el olfato“.

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‘Mala ciencia’ de Ben Goldacre: no te dejes engañar por curanderos, charlatantes y otros farsantes

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Cuando la Editorial Paidós me hizo llegar Mala ciencia, de Ben Goldacre, a sabiendas de que me fascina leer ensayos de divulgación científica, no pude reprimir mi entusiasmo. No sólo se había traducido por fin el recomendadísimo Bad Science, sino que lo tenía en mi casa, dispuesto para ser devorado.

Lo que no esperaba es que me gustara tanto. A pesar de que es un poco denso en algunos pasajes, Mala ciencia es uno de los mejores libros que he leído para comprender en qué consiste la investigación médica y por qué no debo tomarme en serio la actividad de curanderos o defensores de las terapias naturales (por ser naturales y no por pruebas de que realmente sean mejores).

Mala ciencia es como el grueso manual técnico de un Boeing 747 aplicado al mundo de la medicina. No en el sentido de que sea un manual sobre todo lo que debería saberse sobre medicina sino porque Mala Ciencia es una visión panorámica de los entresijos de cómo se hace medicina de verdad a fin de que el ciudadano lego advierta de una vez por todas que no sabe nada. Nada de nada.

Y que vive el mundo de la medicina como un niño frente a los mandos imponentes de un Boeing 747, con ristras de botoneras y rosarios de lucecitas que no sabe para que funcionan.

Mala ciencia es de obligada lectura precisamente porque son los legos los que se obcecan en asegurar que saben tal o cual cosa. Dietas, complementos vitamínicos, aceite de pescado, homeopatía, terapias alternativas… todos, en el bar, hablamos de ello con un grado tal de ignorancia que sólo así se explica nuestro atrevimiento.

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‘El club de los supervivientes’ de Ben Sherwood

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Benjamin Berkley Sherwood es un conocido escritor, periodista y empresario estadounidense. Y además es un experto en supervivencia, como demuestra en su último ensayo, best seller en medio mundo, El club de los supervivientes: los secretos y la ciencia que puede salvar tu vida.

El libro es tan entretenido que probablemente lo leáis sin apenas daros cuenta de que se mueven las agujas del reloj. Para mí, al menos, ha sido como ver un reportaje de National Geographic pasado por el tamiz de la MTV. Porque Sherwood nos permite conocer casos reales de todo tipo de personas que han logrado sobrevivir a accidentes increíbles, a la vez que se entrevista con expertos en diferentes áreas científicas para aportar una explicación sobre los detalles más insólitos de cada caso.

Una mujer empapada en gasolina y quemada por su marido. Un ciclista que una mañana se estrelló contra un camión de más de veinte toneladas. Unos veteranos que sobrevivieron al ataque japonés de Pearl Harbor. Una joven bailarina que se vio obligada a bailar ante Josef Mengele para conservar la vida en un campo de concentración de Auschwitz…

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‘Las mentiras de la ciencia’ de Dan Agin

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Qué duda cabe de que el método científico es el procedimiento más depurado para alcanzar cotas de conocimiento empírico difícilmente alcanzables por cualquier otro medio intelectual. Por ello el método científico sólo puede aplicarse a determinados aspectos de la realidad; el resto queda fuera de la ciencia y, por tanto, lejos de su verificación: flotan en el éter de lo que llamamos intuición, mitología, misticismo o pseudociencia.

Sin embargo, la ciencia, aunque es la forma más objetiva y mejor calibrada para acercarnos lo máximo posible a la verdad (o al menos a una verdad lo suficientemente objetiva como para que nos resulte útil), no puede desarrollarse en toda su amplitud a causa de un lastre en forma de ser humano: el científico.

De hecho, muchas personas (sobre todo los ignorantes científicos o los aquejados del síndrome de Frankenstein, ergo, del miedo irracional al progreso científico) suelen confundir la ciencia con el científico para así poder cargar las tintas contra el primero.

Y así, afirmaciones del tipo la ciencia se equivoca muchas veces, la ciencia es capaz de producir males terribles, la ciencia comete muchos fraudes, la ciencia no resuelve problemas importantes o cotidianos no son de recibo, pues en todas ellas debe sustituirse la palabra “ciencia” por la palabra “científico”. O lo que es lo mismo: “ser humano”. Es decir, una criatura falible, arrastrada por intereses personales, a veces inmoral, imperfecta.

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'Musicofilia', de Oliver Sacks

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MusicofiliaA lo largo de los años Oliver Sacks se ha convertido en un reputado neurólogo que, gracias a su forma de narrar historias clínicas, ha acercado al gran público esta rama de la ciencia tan intrincada y, en ocasiones, sorprendente. Cualquiera que lo haya leído sabe dónde reside su atractivo, lo que hace que alguien sin conocimientos médicos devore sus libros como si se tratara de cuentos o novelas. El doctor Sacks habla, más que de enfermedades o trastornos, de pacientes (mejor dicho, de personas) y de cómo esa dolencia afecta a una vida concreta. Como un Sherlock Holmes que ausculta la mente, analiza los sentidos y los observa a la luz de las acciones más cotidianas; lo que prima en sus textos es la experiencia de la enfermedad, su mano a mano con quien la vive a diario.

Su última obra, Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro, aúna dos de sus grandes pasiones: la neurología y la música, que en estas páginas se entretejen en un intento de comprenderse mutuamente. Cómo el cerebro percibe e interpreta la música, cómo ésta es capaz de despertar zonas dañadas de nuestra mente.

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'Despertares', de Oliver Sacks

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SacksDesde la primera vez que leí a Oliver Sacks, con Un antropólogo en Marte, quedé absolutamente fascinada en dos sentidos: uno, por las extraordinarias historias que narraba sobre alteraciones neurológicas (un tema por el que siempre he sentido gran atracción) y, dos, y aquí reside el auténtico motivo de mi fascinación, por la perspectiva que defiende sobre la enfermedad y su tratamiento. Sus libros se centran en temas que, a priori, todos catalogaríamos como “científicos” y, por supuesto, lo son, ya que se trata de casos médicos. Pero lo que a Sacks le interesa no es realizar una exposición sobre la enfermedad en términos puramente científicos, mecánicos y químicos, sino dar una visión sobre los paisajes existenciales en los que viven los pacientes, las experiencias individuales de cada uno con su enfermedad.

Aquí radica su éxito, no sólo el que cuantifica las ventas de sus libros, sino su calidad como científico y como persona. De ahí que, cuando en 2006, Dustin Hoffman presentó el premio ‘Music has power,’ que el Institute for Music and Neurologic Function le concedió a Oliver Sacks, afirmó que lo que en esos momentos estaban celebrando era su profunda humanidad.

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'El mapa fantasma', de Steven Johnson

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elmapa_port.jpgResulta gratificante encontrarse con obras como El mapa fantasma del periodista científico y columnista de la revista Discovery Steven Johnson. Se trata de un trabajo de investigación que desentraña uno de los episodios históricos más relevantes para el desarrollo de la sociedad occidental y a la vez uno de los más oscuros: el brote de cólera sufrido en el barrio londinense del Soho en 1854, que sólo en su primer día acabó con la vida de 500 personas; y cómo el médico John Snow y el pastor Henry Whitehead lograron ponerle fin mediante la observación directa y el método científico, salvando no sólo millares de vidas sino desterrando para siempre la superstición del ámbito de la medicina.

Johnson es un investigador solvente y riguroso, pero ante todo un divulgador. Su obra no busca el morbo de asustar hablando de la “epidemia más mortífera del siglo”, aunque sí se le podría acusar de cierta indulgencia con el alarmismo en sus conclusiones. Pero su descripción de la vida en el Londres popular del siglo XIX, las condiciones sanitarias, las razones socioeconómicas que las justificaban y finalmente el desarrollo paso a paso (incluso hora a hora) de la epidemia y su investigación proceden con paso firme, con apego al dato probado y al mismo tiempo con voluntad de narrar. De los titulares del Times del día a las citas de Dickens, Johnson no se limita al caso médico sino que crea un verdadero relato de vida.

Es sin duda el análisis sobre la epidemia lo que resulta más convincente y valioso de la obra de Johnson. El que dos personajes brillantes pero relativamente marginales fueran capaces de enfrentarse al establishment científico de la época, que consideraba el cólera una cuestión de malos vientos y poco más que se encogía de hombros, y realizaran un descubrimiento capital no sólo para la salud sino para el desarrollo urbano de la civilización, se desvela aquí con simplicidad y argumentos convincentes.

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