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Cuando los libros no son tan interesantes como la realidad

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4526172814_7b1c10a8d5.jpgSí, los libros son importantes. Pero a menudo los grandes lectores confunden la función de los libros. Porque los libros no son más interesantes que la realidad sino que nos enseñan a registrar mejor la realidad, como ya esbocé en Los libros que me enseñaron a mirar.

Por ejemplo, nos podemos dejar hipnotizar por los eufónicos y sugerentes nombres de los lugares descritos en las novelas de fantasía, como la Tierra Media de Tolkien. Pero si aprendéis a mirar un atlas sobre nuestro mundo, descubriréis lugares como Wee Waa, Burrumbuttock, Boomahnoomoonah, Mullumbimby, Ewlyamartup, Jiggalong. Unos nombres extrañísimos que, sin embargo, existen en un país tan “normal” como Australia.

Y en Estados Unidos hallé calles con nombres tan fantásticos como Road to Happiness (Camino a la felicidad), None Such Place (No hay Tal Lugar) o Hell For Certain (El Infierno para algunos)

A partir de entonces, empecé a mirar, en vez de ver. Tal y como lo expresa Patricia Schultz es su libro con hechuras de Biblia 1.000 sitios que ver antes de morir:

Para mí todo se reduce a una cuestión de punto de vista: como le dijo el sherpa a Edmund Hillary en las laderas del monte Everest, algunas personas viajan sólo para mirar, mientras que otros lo hacen para ver. Algunos guerreros de la carretera pueden ir de Nueva York a Los Ángeles a toda mecha sin guardar ni un detalle del recorrido en su memoria; yo puedo pasear por una manzana en el centro de Manhattan y volver a casa con un cartón de leche y varias historias que contar. Al final, la cantidad de kilómetros recorridos no guarda relación con el placer real que nos proporciona un viaje; la belleza inherente del mundo y la promesa de todos los tesoros aún por descubrir nos rodea en todo momento.

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El top ranking de falsarios autobiográficos

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j-t-leroy.jpgRecientemente el mercado literario se ha visto sacudido por una oleada de escándalos sobre autobiografías falsarias. Al desenmascaramiento de Misha Defonseca, la niña-lobo judía, se unió poco después la de Margaret Seltzer, autora de unas memorias sobre su presunta vida como niña medio-india en los ghettos marginales y su supervivencia a pesar de las drogas, la violencia y el abandono. Ha resultado que Seltzer, quien montó una fundación contra la pobreza infantil con los beneficios obtenidos con su libro, no tiene una gota de sangre india y creció en un barrio acomodado y tranquilo de Los Ángeles.

A pesar del revuelo y la consiguiente decepción que estos casos provocan, varios críticos señalan que en realidad el fenómeno de la autobiografía falsaria no es ni mucho menos algo excepcional. No sólo lleva existiendo desde que nació el género (incluso antes: la contrafacta literaria fue una moda tan extendida en el siglo XVII español que aún hoy los investigadores tienen que ir con pies de plomo) sino que se producen con cierta frecuencia. Para demostrarlo el NY Times ha elaborado una particular “historia de la infamia biográfica” que saca a relucir lo que ocurre cuando un editor aplica la fórmula no dejes que la realidad te estropee una buena historia. Algunos de sus protagonistas son:

· Clifford Irving, que vendió una falsa autobiografía del legendario magnate Howard Hughes a la editorial McGraw Hill Book por 765,000 dólares de los setenta. Fue condenado a 17 de prisión por el timo. Treinta años después volvió a publicar la falsa autobiografía con un editor de internet y ha escrito varias novelas y obras de teatro. Su historia se adaptó al cine el año pasado con Richard Gere de protagonista, aunque Irving considera la película “un timo sobre el timo”.

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El caso de Misha Defonseca (o la falsa niña-lobo judía)

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sobreviviendo-lobos.bmpMisha Defonseca llegó a los Estados Unidos en la década de los ochenta procedente de Bélgica. A quienes le preguntaban por su vida les relataba una fantástica peripecia, cómo sus padres habían sido deportados por los nazis cuando sólo tenía nueve años, cómo ella había recorrido 3.000 kilómetros de una Europa en guerra para encontrarlos, cómo había estado en el ghetto de Varsovia, cómo había matado a un soldado alemán, cómo había sobrevivido en el bosque con una manada de lobos. Una editora la oyó contar su historia en una sinagoga y se la compró.

Esa historia se convirtió en Sobreviviendo con lobos, un best-seller mundial publicado en 1997, traducido a once idiomas y transformado recientemente en una superproducción de éxito en los países francófonos. El libro llegó a ser lectura obligatoria en los colegios franceses, a pesar que desde el primer momento le persiguieron las críticas por las incongruencias históricas y argumentales. Pero estas objeciones no eran suficientes como para disuadir a sus lectores, fascinados por una historia demasiado fantástica como para ponerle pegas.

Lástima que no fuera sólo fantástica. También era falsa.

La fachada de Misha Defonseca se ha venido abajo este fin de semana cuando una investigación periodística ha sumado las pruebas en su contra. La autora se llama en realidad Monique De Wael, nunca ha sido judía, no abandonó Bruselas durante la guerra, aunque sus padres – eso sí – fueron detenidos por colaborar con la resistencia y desaparecieron. Lo demás es inventado. No es la verdera realidad, pero es mi realidad – se justifica – Hay momentos en los que me cuesta diferenciar entre la realidad y mi mundo interior.

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