
Parece mentira como vuela el tiempo, pero ya hace dos meses que os anuncié que La muerte no es un juego de niños de Alan Bradley se había puesto a la venta. Dos meses, y yo lo he terminado hace dos días, pero eso es lo de menos. Lo importante es lo muchísimo que he disfrutado de mi reencuentro con Flavia de Luce, la original investigadora protagonista de esta historia.
Estamos en Bishop’s Lacey, en 1950. En este pequeño e idílico pueblo inglés vive Flavia de Luce junto a su padre y sus hermanas Feely y Daffy. Flavia tiene once años, pero no es una niña corriente. Con un particular gusto por la química en general, y por los venenos en particular, su visión de un día perfecto es pasarlo en el gran laboratorio de su mansión. Eso, o andar investigando asesinatos…
Hasta el pueblo ha llegado un espectáculo de marionetas famoso por salir en la BBC. Rupert Porson y su acompañante Nialla son los encargados de dar vida a los títeres que han robado el corazón a toda Inglaterra. Aprovechando que su furgoneta se ha estropeado, el vicario les propone ofrecer un espectáculo con el que podrán recaudar fondos. Pero lo que ninguno se espera es que se cometa un horrible crimen… Y, por supuesto, Flavia estará allí para utilizar al máximo sus dotes detectivescas.










